La segunda, por lo inhabitual del caso, la petición pública de perdón del alcalde Salaya a los cacereños, por el “error de previsión” que conllevó una aglomeración de personas durante el rodaje de Masterchef.
Pedir perdón y reconocer nuestros errores, es un acto de honestidad que nos permite empatizar emocionalmente con nuestros semejantes. Un acto humilde y valiente que significa reconocer que nuestro deseo de clemencia es más fuerte que nuestro orgullo. Por desgracia, en la esfera política no estamos habituados a esta clase de actos, porque la soberbia y los inflados egos de los distintos líderes, les impiden reconocerse como falibles. Pero a nivel local, esta práctica debería ser algo mucho más frecuente, dada la cercanía, el nivel de exposición y la relación más humanizada que se le supone a los alcaldes y concejales con sus ciudadanos. El perdón solicitado por Salaya, dada la eficacia de su inmediatez, seguro que le será concedido. Pero no debe de olvidar que, al igual que en la confesión cristiana, también es parte importante el propósito de enmienda y, si diera lugar, el pago de la penitencia que le fuera impuesta.



























