Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

Esclerosis Múltiple. Enfermedad discreta

sábado, 30 de mayo de 2026

Hace unos días vi a una mujer detenerse en mitad de una acera concurrida. No ocurrió nada aparatoso. No tropezó, no pidió ayuda, no llamó la atención de nadie. Simplemente se paró. Bajó un instante la cabeza, como quien trata de recordar algo importante, respiró hondo y esperó. Al cabo de unos segundos siguió caminando con absoluta normalidad. La gente continuó a su alrededor como si nada hubiera pasado. Probablemente porque no había pasado nada visible.


Y, sin embargo, ahí estaba todo.

Hay dolencias que anuncian su llegada con estruendo. Irrumpen, ocupan la habitación y obligan al mundo a detenerse. Luego existen otras que entran de puntillas, casi con educación, y se acomodan en la vida de alguien sin hacer demasiado ruido. La esclerosis múltiple pertenece a esa clase de silencios.

A veces empieza con un cansancio raro que no se parece al cansancio. O con una torpeza inesperada al abrocharse una camisa. O con una pierna que no responde igual, una vista que se nubla, una palabra que se queda atrapada a mitad de camino. Son pequeñas traiciones del cuerpo. Lo bastante discretas como para que muchos las confundan con estrés o con una exageración.

Y ahí empieza una segunda batalla, menos visible todavía: la de la credibilidad. Porque lo invisible cuesta explicarlo. Y lo inexplicable termina, demasiadas veces, siendo minimizado.

Vivimos rodeados de lo inmediato, de lo que se puede mostrar, medir o fotografiar. Por eso estas enfermedades tienen algo de injusticia añadida: obligan a demostrar lo que no siempre deja pruebas claras. Y en esa exigencia silenciosa se desgasta también quien las padece.

El 30 de mayo es el Día Mundial de la Esclerosis Múltiple. Se recuerda, se visibiliza, se reclama. La esclerosis múltiple es una enfermedad neurológica, crónica y aún sin cura definitiva, que afecta al sistema nervioso central y altera de forma imprevisible la vida de quien la padece. En España conviven con ella más de 55.000 personas y cada diagnóstico suele llegar, además, en esa edad en la que uno está ocupado construyendo futuro, no renegociándolo.

Y no es una cuestión abstracta. Es vida cotidiana: trabajos interrumpidos, planes reescritos, cuerpos que un día responden y al siguiente no. La incertidumbre no es una categoría médica, pero lo impregna todo.

Por eso la investigación no es un lujo ni un gesto simbólico. Cada avance científico ha permitido mejorar tratamientos, retrasar brotes, abrir horizontes que hace apenas unas décadas parecían imposibles. Pero investigar exige dinero, voluntad política y una paciencia colectiva que rara vez se concede a lo que no da resultados inmediatos. La ciencia necesita tiempo; la enfermedad no lo concede.

La mujer de la acera siguió caminando. Nadie a su alrededor supo lo que acababa de ocurrir en su interior. Porque hay personas que llevan años aprendiendo a caminar sobre un suelo que se mueve. Y lo hacen con una dignidad tan discreta que casi nunca se nota. Tal vez por eso convenga recordarlo hoy: lo más importante de una vida casi siempre ocurre donde nadie está mirando.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

 


 

Los domingos de la señora Arencibia

domingo, 24 de mayo de 2026

La señora Arencibia tenía la puntualidad de quien espera, no de quien llega.

 


Salía los domingos vestida siempre igual: falda oscura, zapatos bajos, un abrigo ligero incluso en verano. En la mano derecha llevaba un bolso pequeño; en la izquierda, nada. No era temprano ni tarde: algunos vecinos decían que la veían pasar después de misa. Otros, antes.

Vivía sola en el tercer piso de un edificio antiguo, sin ascensor, y no recibía visitas. Saludaba con cortesía al pasar. Nadie recordaba haberla visto apurada.

Los domingos recorría las mismas calles, siempre el mismo trayecto. Giraba en la esquina de la panadería cerrada, cruzaba la plaza y continuaba hasta el final del paseo arbolado. Allí se sentaba en uno de los bancos, siempre el mismo, el tercero contando desde la farola. Permanecía quieta con la espalda recta y el bolso sobre el regazo. Luego se levantaba y regresaba por donde había venido.

Nunca entraba en tiendas. No hablaba con nadie. Con el tiempo su presencia fue volviéndose parte del domingo, reconocible como las persianas a medio bajar o el ruido de la misa que termina sin que nadie la haya escuchado desde la calle. Al principio hubo alguna mirada curiosa desde los portales. Después dejó de notarse, por aquello de que las cosas que no cambian terminan volviéndose invisibles.

Un invierno, alguien reparó en que la señora Arencibia había faltado dos domingos seguidos. El tercero volvió a aparecer, igual que siempre, aunque caminaba un poco más despacio. Nadie comentó nada; los domingos siguientes continuaron.

Con el paso del tiempo, la señora Arencibia empezó a envejecer de una forma extraña. No de golpe, sino por zonas. Las manos primero. Después la espalda. El rostro tardó más. Aun así, la rutina no se alteró: la salida a la misma hora, el banco, el paseo de vuelta.

Un vecino recién llegado al edificio preguntó una vez por ella. Quiso saber si necesitaba algo, si alguien la esperaba en algún sitio. Nadie supo qué responderle.

Un domingo lluvioso, la señora Arencibia llegó al banco y no se sentó. Permaneció de pie, mirando el suelo. Pasaron varios minutos. Luego regresó a casa. Al domingo siguiente volvió a sentarse. Como si nada.

Los años hicieron su trabajo. Una mañana de entre semana, el portero encontró una nota bajo la puerta del tercero. La señora Arencibia no había bajado a recoger el pan desde hacía días. Avisaron a un familiar lejano, cuyo nombre nadie reconocía. El piso fue abierto con cuidado. Sin escándalo. Sin prisa.

La noticia circuló sin urgencia. Murió en su casa, dijeron. 

Durante algún tiempo, los domingos parecieron incompletos. El banco seguía allí. El recorrido también. 

Un mes después, el banco fue ocupado por otros. Primero por una pareja joven. Luego por un hombre con un perro. Nadie se sentaba exactamente en el mismo sitio.

El familiar regresó una sola vez para vaciar el piso. Sacó cajas, muebles, bolsas de ropa. Nadie preguntó qué haría con las cosas. Tampoco qué había sido de la señora Arencibia antes de llegar allí.

En una de las cajas había sobres sin abrir, calendarios antiguos con los domingos marcados, siempre el mismo. No había cartas recientes. Tampoco fotografías familiares. Solo una libreta pequeña, sin fechas, donde aparecía repetida una frase, escrita con la misma letra firme durante años:

"Hoy tampoco".

El familiar cerró la libreta y la dejó dentro de la caja. En el fondo, debajo de los calendarios, había un billete de tren sin usar. El papel estaba amarillo y el pliegue, deshecho. La fecha era un domingo.

Pasaron los meses. Los domingos recuperaron su ritmo habitual. A veces, algún vecino pensaba en la señora Arencibia y en su paseo. La pregunta era siempre la misma -¿adónde iba?- y siempre quedaba sin respuesta.

Ahora que ya no estaba, el banco parecía un poco más largo.

@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados.

 

Memoria de nadie

miércoles, 20 de mayo de 2026

Nadie sabía desde cuándo estaba Julián. No había una primera vez ni una anécdota que fijara su aparición en la memoria del pueblo; simplemente, en un momento impreciso, alguien reparó en que las velas no las encendía el párroco, sino un hombre de gesto sereno, manos limpias y una edad difícil de situar. A ratos parecía joven; otras veces, no tanto. Dependía de la luz, o quizá de cuánta atención se le prestara.


Se llamaba Julián. No añadió nada más, y nadie sintió la necesidad de pedírselo.

Hablaba poco, pero no evitaba la conversación; su voz, cuando intervenía, tenía un tono neutro, sin intención de imponerse. 

Se ocupaba de lo que no se ve: los bancos ordenados y el altar preparado antes de que hiciera falta. Las campanas, decía alguno, las ajustaba el también, aunque nadie lo había visto hacerlo. Los comentarios llegaron después, casi sin querer. La gente decía que siempre había sido así, que había personas que se conservaban bien o que sería la vida tranquila.

Pero los niños crecieron y, al hacerlo, descubrieron que Julián no había recorrido con ellos ese trayecto.

Tomás lo comprendió de golpe una tarde cualquiera. Recordaba haberlo visto desde el banco trasero de la iglesia cuando era niño, balanceando los pies sin tocar el suelo; Julián ya estaba entonces inclinado sobre las velas, repitiendo gestos que no parecían pertenecer a un momento concreto sino a todos a la vez. Ahora, con más de cincuenta años, lo veía desde otra altura, y la impresión era incómodamente nítida.

No parecido. Igual.

Se lo dijo mientras trasladaban unas cajas en la sacristía, más por necesidad que por decisión.

- Usted no cambia.

Julián dejó la caja en el suelo sin prisa. No respondió enseguida; parecía escuchar algo que no estaba en la habitación, o tal vez elegir el momento exacto en que la respuesta dejara de ser una reacción.

- Todos cambiamos -dijo al fin.

La frase quedó suspendida, sin más apoyo. Tomás no insistió, aunque desde entonces empezó a fijarse en él como no lo había hecho antes, y ya no pudo dejar de hacerlo.

Descubrió que Julián no hablaba nunca de su pasado. No mencionaba familia ni lugares, ni ofrecía recuerdos que permitieran situarlo fuera del pueblo; cuando alguien le preguntaba de dónde venía, desviaba la conversación con una habilidad discreta, casi amable, nunca ofensiva, aunque sí definitiva. Los registros parroquiales, revisados con el tiempo por una inquietud mal disimulada que nadie admitía del todo, no ofrecían nada sólido. Su nombre aparecía, sí, pero sin fecha de inicio ni firma reconocible, como si hubiera sido añadido en un margen que no pertenecía a ninguna página concreta.

Los párrocos se sucedieron: uno murió, llegó otro, después otro más.

Julián permaneció.

Tomás envejeció. El pueblo también. Las casas cambiaban sin terminar de ser nuevas, y los nombres de los muertos dejaban de pronunciarse hasta desaparecer. Hubo bodas y entierros, y temporadas largas en que no parecía ocurrir nada.

Julián seguía encendiendo velas.

Una mañana de invierno, Tomás faltó a misa. Su ausencia se notó antes de que alguien la nombrara. Murió esa misma noche. El médico habló de un proceso rápido, sin dolor, y nadie discutió el diagnóstico.

El entierro reunió a los pocos vecinos que aún conservaban memoria suficiente para recordar el pueblo de otra manera. No eran muchos: apenas una docena de rostros en los que el tiempo había trabajado sin reservas. Julián preparó la iglesia antes de que llegara nadie. Colocó las flores, extendió la tela oscura sobre el atril y encendió las velas una por una, de izquierda a derecha, como siempre lo había hecho.  

Esa misma tarde murió la señora Elvira.

Había sido una de las más viejas del pueblo. De niña, decía, ya había visto a Julián en la iglesia. En los últimos años hablaba poco, pero cuando lo hacía lo mencionaba sin énfasis, sin el tono de quien refiere algo extraño.

Con su muerte desapareció el último testigo capaz de recordar un tiempo anterior a Julián.

El pueblo no lo comentó. Esas cosas no se comentan.

Esa noche la iglesia permaneció abierta más tiempo de lo habitual. No había misa, y aun así algunos vecinos pasaron frente a la puerta y vieron la luz encendida. No era la de siempre: tenía una cualidad más contenida, menos interesada en iluminar.

Clara se detuvo en el umbral con la sensación imprecisa de que tal vez no le correspondía cruzarlo. No supo por qué entró.

El silencio dentro era más denso que de costumbre.

Julián estaba de pie frente al altar. No llevaba la ropa habitual; vestía de forma sencilla, casi neutra, y durante un instante Clara pensó que, de cruzárselo fuera de allí, tal vez no lo reconocería. Algo en su rostro había cambiado: no había arrugas nuevas ni signos claros de envejecimiento, sino una fijación nueva, como si por fin hubiera adoptado una edad concreta. Tenía la quietud de quien ha dejado de esperar algo.

Se acercó unos pasos.

- ¿Todo bien?

Julián no se volvió.

- Ya no queda nadie.

No parecía hablarle a ella.

Clara miró alrededor.

- ¿Nadie?

- Nadie que me recuerde de antes.

Entonces se giró. Clara lo miró un instante. Y dijo, sin saber por qué lo decía:

- Yo te recuerdo.

Julián sostuvo la mirada. Asintió una sola ve, despacio, con el gesto de quien acepta algo que no cambia nada.

- Tú eres de ahora -dijo-. No es lo mismo.

Caminó hasta uno de los bancos y se sentó con el peso de alguien que lleva demasiado tiempo de pie.

- Pensé que tardaríais más.

Clara no entendió la frase, ni sintió la necesidad de hacerlo. El silencio se acomodó entre los dos, y lo dejó estar.

Cuando volvió a mirarlo, Julián ya no estaba. No hubo ruido ni puerta. Solo el banco vacío y las velas siguiendo su curso.

Clara salió sin prisa.

A la mañana siguiente, alguien preguntó por el sacristán, con una curiosidad leve, casi administrativa.

- ¿Quién?

La respuesta fue inmediata. Natural. Nadie recordaba haber tenido sacristán. La iglesia estaba limpia, las velas encendidas, pero no había nombre que atribuirle.

Clara volvió esa tarde. Se quedó allí unos minutos tratando de fijar una idea que se le escapaba sin resistencia. Luego salió.

Al cruzar la puerta, tuvo la sensación -breve, pero nítida- de haber olvidado algo importante.

No supo qué.

Aunque eso, pensó sin saber exactamente a qué se refería, tampoco cambiaba nada.

@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados. 

La luz de los demás

sábado, 16 de mayo de 2026

Conocí a un hombre en mi antiguo barrio que bajaba cada mañana al bar de referencia, con un periódico doblado bajo el brazo y una paciencia que hoy parece de otra época. Pedía café solo, dejaba las gafas junto al cenicero y discutía con cualquiera que estuviera dispuesto a perder diez minutos hablando del mundo, del Gobierno, del precio de la fruta o del último penalti del domingo. Nunca levantaba la voz. En aquellos años todavía existía gente que discutía para entenderse y no para vencer. Y eso, ahora que lo pienso, era ya una forma de educación sentimental.


Un día apareció fascinado con el teletexto. Corría 1988 y Televisión Española acababa de estrenarlo. Lo mencionaba como quien descubre un prodigio pequeño y doméstico. Recuerdo aquellas páginas negras, las letras rígidas y los colores construidos a base de mosaicos electrónicos. Todo era lento, muy lento. Pero había algo hermoso en aquella lentitud. Uno pulsaba un número y debía esperar. La información todavía exigía paciencia. Hoy las noticias llegan incluso antes de que ocurran. Entonces existía un pequeño silencio entre la pregunta y la respuesta.

En este mismo día, además del aniversario del teletexto, también coinciden otras dos celebraciones discretas que casi nadie atiende: el Día Internacional de la Luz, promovido por la UNESCO, y el Día Internacional de la Convivencia en Paz, impulsado por Naciones Unidas. Dicho así suena a cartel de jornadas municipales con café aguado y sillas de plástico, pero quizá ambas fechas esconden algo más serio de lo que aparentan.

Porque la luz no sirve únicamente para ver. También sirve para reconocer al que está enfrente. Y convivir, en el fondo, consiste en aceptar que el otro exista incluso cuando no se parece a nosotros. Parece una obviedad; sin embargo, basta entrar en cualquier red social o escuchar cinco minutos de debate político para comprobar que seguimos suspendiendo en lo elemental.

En mayo de 1865, España abolió oficialmente los Estatutos de Limpieza de Sangre, aquella vieja maquinaria moral que clasificaba a las personas según sus apellidos, sus antepasados o sus orígenes religiosos. Durante siglos hubo ciudadanos obligados a demostrar que descendían de cristianos viejos para poder estudiar o aspirar a determinados cargos. El prejuicio tenía formularios, sellos y funcionarios. La intolerancia, cuando se organiza bien, siempre acaba pareciendo burocracia.

A veces creemos que hemos avanzado mucho porque cambiaron las herramientas. Ya no existen aquellas leyes y el teletexto terminó convertido en una reliquia doméstica, como los teléfonos con disco o las mantas eléctricas. Sin embargo, persiste una tentación muy parecida: reducir al otro a una etiqueta rápida. Antes se vigilaba la sangre. Ahora basta el acento o la opinión equivocada.

Quizá por eso recuerdo tanto a aquel hombre del periódico doblado. Discutía de política con media ciudad y luego se despedía igual que había llegado, con una calma casi absurda para estos tiempos. Y uno empieza a sospechar que convivir consiste, sobre todo, en no apagar constantemente la luz de los demás.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

 


 

 

La última ronda

sábado, 9 de mayo de 2026

El día que anunciaron que el bar cerraba definitivamente, nadie pareció sorprendido. Lo raro fue lo contrario: que alguien siguiera entrando como si nada, empujara la puerta de cristal con el mismo gesto de siempre y pidiera lo de siempre, aunque ya no quedara casi nada.


 

El aviso llevaba semanas pegado junto a la caja, escrito con rotulador azul sobre una hoja arrancada de un cuaderno escolar. "Última semana". Después alguien añadió la fecha. Luego alguien la tachó y escribió otra. Al final quedó así, con números superpuestos, como si el cierre fuera una aproximación, no un hecho.

El bar había sobrevivido a dos reformas del barrio, a una crisis y a una moda absurda de locales con nombres en inglés. Sobrevivió porque no intentó cambiar. El suelo seguía pegajoso incluso cuando estaba limpio, las mesas cojeaban un poco y la televisión colgada en la esquina siempre iba con un segundo de retraso respecto al sonido. A nadie le importaba.

Yo empecé a ir después del trabajo, casi por inercia. No porque me gustara especialmente el sitio, sino porque era el único donde nadie me preguntaba nada. Entraba, saludaba con la cabeza, me sentaba al fondo y pedía una cerveza. A veces hablaba con alguien. A veces no. De todas formas, daba igual.

El dueño, Mateo, llevaba detrás de la barra desde antes de que yo naciera. O eso parecía. No recuerdo haberlo visto nunca fuera del bar. Era delgado, de manos grandes y voz baja, y servía sin mirar, como si los pedidos fueran una prolongación natural del cuerpo de cada cliente. Cuando dijo que cerraba, lo dijo como quien termina una frase que lleva años a medias. "Ya está bien", explicó, y nadie le pidió más detalles.

La última noche, el bar se llenó como no se llenaba desde hacía años. Aparecieron caras que no veía desde hacía décadas, gente que había jurado no volver, gente que se había ido del barrio. Incluso alguno cuya presencia no supe cómo explicarme, aunque en ese momento no lo intenté. Nadie hizo comentarios al respecto. Pedían, brindaban, recordaban anécdotas que no siempre coincidían. El bar parecía ensancharse para que cupiéramos todos.

A eso de las diez entró Clara.

No venía desde hacía mucho. Demasiado. Se quedó un segundo en la puerta, como midiendo el ruido, y luego avanzó hasta la barra. Llevaba el mismo abrigo gris de siempre, aunque ahora le quedaba un poco grande. Cuando me vio, levantó la mano a modo de saludo. No sonrió.

Se sentó a mi lado sin decir nada. Dejó el bolso en el suelo, a la izquierda, como hacía siempre. Eso me resultó más difícil de mirar que cualquier otra cosa. Mateo le sirvió una copa sin hacer preguntas. Ella la sostuvo un rato sin beber.

-Así que era verdad -dijo al fin.

-¿El cierre?

Asintió. Miró alrededor. El bar estaba más vivo que nunca.

-No parece un final -añadió.

Nunca supe qué decirle a Clara cuando hablaba así. Así que bebí.

Habíamos dejado de vernos una tarde cualquiera, sin discusión. Simplemente dejamos de coincidir. Durante un tiempo pensé en llamarla; después entendí que ya no tenía sentido, aunque eso tampoco era del todo verdad. El bar había sido siempre el lugar intermedio, el territorio neutral. Quizá por eso ella había tardado tanto en volver.

Las conversaciones crecieron alrededor de nosotros, los vasos circularon, alguien propuso quedarse hasta el amanecer. Mateo no dijo nada. No había manera de saber si lo oyó.

Cerca de medianoche, cuando el ruido empezó a cansar, Clara me miró de nuevo.

-¿Te acuerdas de aquella noche? -preguntó.

Sabía a cuál se refería. La noche en que todo quedó sin terminar. Asentí sin ganas.

-Yo no he vuelto desde entonces -dijo.

Yo sí. Muchas veces, demasiadas. Durante meses me había sentado siempre en la misma mesa, pedía dos cervezas, aunque estuviera solo; a veces, en el espejo del fondo, entre la gente, creía reconocer su manera de inclinar la cabeza al escuchar. No se lo conté porque no hacía ninguna falta.

Cuando Mateo anunció que iba a cerrar, nadie protestó. Apagó una de las luces. Luego otra. La gente empezó a despedirse con la solemnidad extraña de quien no sabe si va a llegar a algún sitio.

Clara terminó su copa. Se levantó.

-Bueno -dijo-. Supongo que ya está.

La acompañé hasta la puerta. Antes de salir, se volvió hacia el interior del bar, buscando algo que no encontró o que no quiso nombrar.

-No fue culpa tuya -dijo, y abrió la puerta.

No respondió cuando la llamé por su nombre. Salió. La puerta se cerró detrás de ella con un sonido limpio, definitivo.

Volví a la barra. Mateo limpiaba un vaso con una parsimonia ceremoniosa y los ojos fijos en el cristal como si leyera algo en él.

-¿No cierras? -pregunté.

Me miró como si no entendiera la pregunta.

-Aún no.

Mateo me sirvió la última cerveza y bebí despacio. Solo quedábamos él y yo.

Cuando terminé, dejé el vaso sobre la barra y busqué la cartera.

-No hace falta -dijo él.

Entonces hizo algo que nunca le había visto hacer. Se quitó el delantal, lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la caja. Apagó la última luz. El bar quedó en penumbra, aunque no oscuro del todo.

-Ya puedes irte -añadió.

Me dirigí a la puerta. Antes de salir, miré atrás.

Mateo seguía allí, de pie, detrás de la barra, con las manos apoyadas en la madera, mirando el espacio vacío como quien espera a alguien que llega siempre tarde.

Cerré la puerta.

En la calle no había nadie. Saqué el reloj de bolsillo: las once menos cuarto, igual que cuando había llegado. Lo guardé sin darle más vueltas y eché a andar, aunque tardé un momento en recordar hacia dónde quedaba mi casa. 

 

@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados.


Lejos, pero aquí.

sábado, 2 de mayo de 2026

Hay días en Cáceres que no necesitan calendario. Se reconocen por el rumor. Por ese ir y venir que no responde a prisa alguna, sino a una costumbre antigua que se lleva dentro. Basta asomarse a la calle, dejarse caer por el centro, para notarlo.

 


Llevamos días así.

La ciudad ha vivido este paréntesis, tan nuestro, en el que todo parece girar en torno a una presencia que no necesita explicaciones. Ni falta que hace. Porque en Cáceres hay certezas que no se discuten: se heredan. Y una de ellas es esa forma de mirar hacia arriba, hacia la Montaña, incluso cuando la tenemos aquí, entre nosotros, al alcance de un beso.

Durante estos días, la rutina ha cedido terreno. Las calles han recuperado un pulso más lento. Ha habido colas sin que irritaran, silencios llenos, miradas que dicen mucho sin necesidad de palabras. Gente que entra y sale, que vuelve. Cada cual con su fe o con su memoria, con su necesidad o con su costumbre. Y eso, que podría parecer poco, lo es todo.

Porque la Virgen de la Montaña no es solo una devoción. Es un punto de encuentro. Algo que nos iguala sin pedirnos nada. Da lo mismo cómo se llegue. Lo importante es que se llega. Y que, al hacerlo, cada uno encuentra algo que quizá no sabía que venía buscando.

Mañana volverá a subir.

Y en ese verbo corto caben muchas cosas. Es la despedida compartida, el tramo en que la ciudad acompaña despacio, como si quisiera alargar el instante. Y después, ese cambio de ritmo, casi alegre, que toma el camino cuando la subida se vuelve definitiva: paradas breves, relevos, respiración que se ajusta y hospitalidad que asoma al borde del camino. Como si la despedida hubiera encontrado una forma de consuelo.

Yo no estaré. Después de tantos años, de tantas subidas vividas sin pensarlas -como se viven las cosas que forman parte de uno- este año la vida me lleva a otra alegría. A quinientos kilómetros de aquí, donde también habrá emoción contenida; algo que no se explica del todo pero que se lleva dentro sin que nadie te lo enseñe. Y es entonces cuando uno entiende mejor lo que significan ciertas cosas. Cuando la costumbre se revela como lo que siempre fue: un privilegio.

Quizá por eso escribo hoy.

Porque hay ausencias que no se llenan, pero sí se acompañan. Y aunque uno no esté, puede imaginar el murmullo, el paso, las miradas, el instante en que la ciudad empieza a quedarse más callada. Ese momento en que la calle exhala y todo regresa, poco a poco, a su sitio. Aunque no del todo.

Cáceres tiene algo de eso. Una forma discreta de retener lo que importa.

La Montaña seguirá ahí, como siempre. Y nosotros, aquí abajo, con la sensación extraña y familiar a la vez, de que nunca termina de irse. Que cada regreso empieza mucho antes de que ocurra. Y que quedarse con el hueco exacto de lo que se fue es, quizá, la única manera honesta de despedirse.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
Derechos reservados.