El día que anunciaron que el bar cerraba definitivamente, nadie pareció sorprendido. Lo raro fue lo contrario: que alguien siguiera entrando como si nada, empujara la puerta de cristal con el mismo gesto de siempre y pidiera lo de siempre, aunque ya no quedara casi nada.
El aviso llevaba semanas pegado junto a la caja, escrito con rotulador azul sobre una hoja arrancada de un cuaderno escolar. "Última semana". Después alguien añadió la fecha. Luego alguien la tachó y escribió otra. Al final quedó así, con números superpuestos, como si el cierre fuera una aproximación, no un hecho.
El bar había sobrevivido a dos reformas del barrio, a una crisis y a una moda absurda de locales con nombres en inglés. Sobrevivió porque no intentó cambiar. El suelo seguía pegajoso incluso cuando estaba limpio, las mesas cojeaban un poco y la televisión colgada en la esquina siempre iba con un segundo de retraso respecto al sonido. A nadie le importaba.
Yo empecé a ir después del trabajo, casi por inercia. No porque me gustara especialmente el sitio, sino porque era el único donde nadie me preguntaba nada. Entraba, saludaba con la cabeza, me sentaba al fondo y pedía una cerveza. A veces hablaba con alguien. A veces no. De todas formas, daba igual.
El dueño, Mateo, llevaba detrás de la barra desde antes de que yo naciera. O eso parecía. No recuerdo haberlo visto nunca fuera del bar. Era delgado, de manos grandes y voz baja, y servía sin mirar, como si los pedidos fueran una prolongación natural del cuerpo de cada cliente. Cuando dijo que cerraba, lo dijo como quien termina una frase que lleva años a medias. "Ya está bien", explicó, y nadie le pidió más detalles.
La última noche, el bar se llenó como no se llenaba desde hacía años. Aparecieron caras que no veía desde hacía décadas, gente que había jurado no volver, gente que se había ido del barrio. Incluso alguno cuya presencia no supe cómo explicarme, aunque en ese momento no lo intenté. Nadie hizo comentarios al respecto. Pedían, brindaban, recordaban anécdotas que no siempre coincidían. El bar parecía ensancharse para que cupiéramos todos.
A eso de las diez entró Clara.
No venía desde hacía mucho. Demasiado. Se quedó un segundo en la puerta, como midiendo el ruido, y luego avanzó hasta la barra. Llevaba el mismo abrigo gris de siempre, aunque ahora le quedaba un poco grande. Cuando me vio, levantó la mano a modo de saludo. No sonrió.
Se sentó a mi lado sin decir nada. Dejó el bolso en el suelo, a la izquierda, como hacía siempre. Eso me resultó más difícil de mirar que cualquier otra cosa. Mateo le sirvió una copa sin hacer preguntas. Ella la sostuvo un rato sin beber.
-Así que era verdad -dijo al fin.
-¿El cierre?
Asintió. Miró alrededor. El bar estaba más vivo que nunca.
-No parece un final -añadió.
Nunca supe qué decirle a Clara cuando hablaba así. Así que bebí.
Habíamos dejado de vernos una tarde cualquiera, sin discusión. Simplemente dejamos de coincidir. Durante un tiempo pensé en llamarla; después entendí que ya no tenía sentido, aunque eso tampoco era del todo verdad. El bar había sido siempre el lugar intermedio, el territorio neutral. Quizá por eso ella había tardado tanto en volver.
Las conversaciones crecieron alrededor de nosotros, los vasos circularon, alguien propuso quedarse hasta el amanecer. Mateo no dijo nada. No había manera de saber si lo oyó.
Cerca de medianoche, cuando el ruido empezó a cansar, Clara me miró de nuevo.
-¿Te acuerdas de aquella noche? -preguntó.
Sabía a cuál se refería. La noche en que todo quedó sin terminar. Asentí sin ganas.
-Yo no he vuelto desde entonces -dijo.
Yo sí. Muchas veces, demasiadas. Durante meses me había sentado siempre en la misma mesa, pedía dos cervezas, aunque estuviera solo; a veces, en el espejo del fondo, entre la gente, creía reconocer su manera de inclinar la cabeza al escuchar. No se lo conté porque no hacía ninguna falta.
Cuando Mateo anunció que iba a cerrar, nadie protestó. Apagó una de las luces. Luego otra. La gente empezó a despedirse con la solemnidad extraña de quien no sabe si va a llegar a algún sitio.
Clara terminó su copa. Se levantó.
-Bueno -dijo-. Supongo que ya está.
La acompañé hasta la puerta. Antes de salir, se volvió hacia el interior del bar, buscando algo que no encontró o que no quiso nombrar.
-No fue culpa tuya -dijo, y abrió la puerta.
No respondió cuando la llamé por su nombre. Salió. La puerta se cerró detrás de ella con un sonido limpio, definitivo.
Volví a la barra. Mateo limpiaba un vaso con una parsimonia ceremoniosa y los ojos fijos en el cristal como si leyera algo en él.
-¿No cierras? -pregunté.
Me miró como si no entendiera la pregunta.
-Aún no.
Mateo me sirvió la última cerveza y bebí despacio. Solo quedábamos él y yo.
Cuando terminé, dejé el vaso sobre la barra y busqué la cartera.
-No hace falta -dijo él.
Entonces hizo algo que nunca le había visto hacer. Se quitó el delantal, lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la caja. Apagó la última luz. El bar quedó en penumbra, aunque no oscuro del todo.
-Ya puedes irte -añadió.
Me dirigí a la puerta. Antes de salir, miré atrás.
Mateo seguía allí, de pie, detrás de la barra, con las manos apoyadas en la madera, mirando el espacio vacío como quien espera a alguien que llega siempre tarde.
Cerré la puerta.
En la calle no había nadie. Saqué el reloj de bolsillo: las once menos cuarto, igual que cuando había llegado. Lo guardé sin darle más vueltas y eché a andar, aunque tardé un momento en recordar hacia dónde quedaba mi casa.
@Joaquín M. Floriano.
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