Había llenado el depósito tres días atrás. El indicador seguía en lleno.
Lo notó al aparcar frente a la plaza, justo antes de apagar el motor. Lo descartó enseguida, como se descartan las cosas que resultan difíciles de encajar.
El pueblo tenía la quietud específica de los lugares que no esperan ser visitados. Una fuente sin agua en el centro de la plaza. Casas con las persianas a medio bajar. Un árbol junto al ayuntamiento con el tronco tan oscuro que parecía mojado, aunque no había llovido.
Cogió el mapa del asiento del copiloto. Lo buscó. Lo buscó dos veces. El nombre que figuraba en la placa de entrada -madera sin pintar, letras grabadas a mano- no aparecía en ningún punto.
- Ese mapa tiene años -dijo una voz a su espalda.
Un hombre mayor, sentado en el banco junto a la fuente, lo miraba con la expresión de quien esperaba esa reacción desde antes de que ocurriera.
- ¿Y? -preguntó el viajero.
- Que ya no coincide con nada.
No explicó con qué. El viajero esperó, pero el hombre había vuelto a mirar hacia la plaza con esa atención vaga de quien ha terminado de decir lo que tenía que decir.
Caminó un poco. La calle principal tenía la longitud justa para sugerir que continuaba, pero terminaba en una curva que devolvía al mismo eje. Entró en el único bar que encontró, más por necesidad de hacer algo que por sed.
Dentro había cuatro personas. Dos hombres en una mesa, una mujer detrás del mostrador, un niño que leía algo en el rincón. Nadie levantó la vista. Eso le resultó más extraño que si lo hubieran hecho todos.
Pidió café. La mujer lo preparó en silencio, sin el comentario rutinario que en cualquier otro sitio habría llenado la espera.
- ¿Cómo se sale? -preguntó el viajero.
La mujer lo miró antes de responder.
- ¿Tiene prisa?
Algo en el tono lo desconcertó, aunque no habría sabido decir qué exactamente. Una cadencia distinta, o quizá la ausencia de sorpresa ante la pregunta, como si la hubiera estado esperando.
- Sí -dijo.
- Al sur, entonces. Por donde entró.
Bebió el café de pie. Tenía un sabor fuerte, más amargo de lo esperado, que tardó en disolverse.
Salió y condujo directo hacia donde había llegado. La carretera era la misma, las mismas curvas, los mismos árboles a intervalos regulares. Siguió un cuarto de hora, luego más. El paisaje no cambiaba de una forma describible, sino de esa manera que solo se nota a posteriori, cuando uno comprende que ha pasado por el mismo sitio sin recordar el instante exacto.
La plaza apareció al doblar una curva que no recordaba haber tomado.
Aparcó. Apagó el motor.
El hombre mayor seguía en el banco.
- Ha dado la vuelta -dijo.
- No he girado en ningún momento.
- Aun así.
El viajero se quedó dentro del coche un minuto largo mirando el volante. Después salió y fue directo al bar.
Esta vez se sentó.
Pidió algo sin saber bien qué. La mujer lo sirvió sin preguntar. El viajero apoyó las manos sobre la mesa y se quedó mirándolas.
Tenía un destino. Lo recordaba como algo firme, incluso necesario. Pero al intentar nombrarlo, aunque solo fuera para sí mismo, la imagen se disolvía antes de concretarse, igual que los sueños que uno sabe haber tenido, pero no puede recuperar al despertar.
La mujer no dijo nada.
Tampoco él.
Esa tarde intentó salir otras dos veces. La segunda, por un camino de tierra que prometía alejarse del pueblo en dirección contraria. Estuvo una hora conduciendo entre campos. Cuando el terreno empezó a inclinarse, reconoció el tejado de la iglesia, más abajo, en el sitio donde siempre había estado.
Al regresar, el hombre del banco ni lo miró.
Encontró una habitación para alquilar en una casa de la calle de atrás. La señora le cobró una cantidad razonable y le dio una llave sin ningún comentario sobre cuántas noches. El cuarto era pequeño. Sobre la mesilla había un vaso con agua y una flor seca que nadie había retirado.
Aquella noche, antes de dormir, sacó el mapa una última vez.
El nombre de la placa de entrada no estaba. Tampoco ninguna referencia que permitiera situar el pueblo en relación con algo conocido. El dedo recorría las líneas sin encontrar ancla. Dobló el papel y lo guardó en el cajón.
Los días siguientes pasaron con una regularidad que no resultaba opresiva. El viajero desayunaba en el bar, caminaba, observaba. Los habitantes se movían con la rutina de quienes llevan mucho tiempo sin necesitar explicar nada. Respondían cuando se les preguntaba. No hacían preguntas. Había en ese trato una cortesía sin esfuerzo que no era frialdad.
Una mañana encontró al hombre mayor en el banco y se sentó a su lado.
- ¿Usted también llegó así? -preguntó el viajero.
El hombre tardó.
- Todos llegamos de alguna manera.
- ¿Y los que intentan irse?
- A veces lo consiguen.
El viajero lo miró.
- ¿Cuándo?
El hombre consideró la pregunta durante un tiempo que parecía excesivo para lo que respondió.
- Cuando ya no necesitan irse.
La mañana tenía una claridad fría, de esa clase que endurece los contornos. La fuente seguía seca. El árbol junto al ayuntamiento, oscuro.
El viajero no respondió.
Esa tarde no intentó marcharse. Tampoco al día siguiente.
Llegó un momento -no supo precisar cuándo- en que dejó de llevar el mapa encima. Lo había sacado del cajón varias veces, siempre lo había vuelto a guardar sin encontrar nada útil en él. Un día simplemente no lo sacó.
Alguien le propuso ocuparse de una tarea pequeña en la plaza, algo relacionado con el mantenimiento de la fuente. Aceptó sin pensarlo demasiado.
Una tarde, mientras limpiaba el borde de piedra, llegó un coche por la calle principal. El conductor redujo la velocidad, miró a su alrededor con esa expresión específica de quien busca algo que debería estar señalizado y aparcó frente a la plaza.
Bajó con un mapa en la mano.
El viajero observó ese gesto y reconoció algo en él que no supo cómo nombrar. Una certeza incómoda, anterior al pensamiento.
Se acercó despacio.
- ¿Busca algo? -preguntó.
El recién llegado lo miró con alivio.
- Este pueblo no aparece en el mapa.
- No -dijo el viajero.
- ¿Cómo se llama?
El viajero consideró la pregunta. Nadie se lo había dicho explícitamente. Pero lo sabía, de la misma manera que se saben las cosas que llevan tiempo siendo ciertas.
- Tiene varios -dijo.
El recién llegado frunció el ceño.
El viajero miró hacia la plaza, luego otra vez al hombre. El árbol oscuro junto al ayuntamiento. La fuente seca. El banco vacío frente a ella.
- ¿Tiene prisa?

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