El día que vaciaron el piso de mi madre, nadie quiso quedarse con la mesa del recibidor. No era fea, tampoco especialmente vieja; simplemente estaba ahí desde siempre, ocupando un lugar que nadie había discutido nunca. Era estrecha, de madera clara, gastada en los bordes y con una pata ligeramente más corta que las otras, lo suficiente para que el conjunto dudara.
Durante años la calzamos con un trozo de cartón doblado que, cada pocos días, terminaba en el suelo; alguien -casi siempre yo- lo recogía sin pensar demasiado.
Yo la recordaba cubierta de llaves: las de casa, las del trastero, unas de coche que siguieron ahí mucho después de que el coche dejara de existir. Mi madre tenía la costumbre de soltarlas al llegar, sin orden, con un ruido seco que anunciaba el resto: el abrigo, una frase de queja siempre igual en el fondo, algún desconocido que se había colado sin pedir permiso. Yo escuchaba a medias. La mesa sostenía lo que quedaba del día sin que nadie se lo pidiera.
Cuando entraron los de la empresa, el piso empezó a vaciarse sin dramatismo. Las cosas salían una detrás de otra y el silencio se iba formando en los rincones.
Encontré la mesa al final, arrinconada junto a la puerta. Uno de los chicos me preguntó si la bajaban también. Dije que no. Lo dije rápido, antes de pensarlo, y después no encontré una razón que pudiera explicarlo.
La moví yo mismo. Al separarla de la pared, la pata cedió apenas y el cartón se deslizó. El sonido fue leve. Me arrodillé en el suelo a recogerlo.
Era más grueso de lo que recordaba. Varias capas dobladas con cuidado. Al abrirlo, apareció la nota, casi borrada, escrita a lápiz con una presión irregular:
"No olvides llamar".
Nada más. Ni nombre ni fecha. Tampoco hacía falta.
Me quedé allí un rato, sentado en el suelo, sosteniendo ese trozo de cartón con las dos manos. Pensé en las llamadas que no hice. En el teléfono que a veces dejé sonar más de la cuenta. No supe a cuál de todas pertenecía esa frase.
Bajé la mesa al portal sin pedir ayuda. Pesaba menos de lo que recordaba y eso, más que aliviar, incomodaba. En casa la coloqué junto a la entrada, en un lugar que no era exactamente el suyo, pero se le parecía lo suficiente. Cojeaba igual que antes. Pensé en buscar algo para calzarla, cualquier cosa, aunque no fuera cartón, pero no encontré nada que me convenciera.
Dejé las llaves encima. El ruido fue distinto. Más corto, menos decidido. Se cortó antes de completarse. La mesa osciló un instante, apenas visible, y luego se quedó quieta.
Esa noche, al volver, encontré el cartón en el suelo.
No recordaba haberlo colocado.
Lo recogí. Volví a doblarlo con cuidado, más del necesario, y lo encajé bajo la pata. La mesa respondió, pero no con la firmeza de antes. Era otra cosa.
Al girarme para colgar el abrigo, tuve la impresión de que algo había sonado antes de que yo entrara. Un golpe seco, breve.
Como si alguien hubiera dejado unas llaves.
Me quedé quieto. El piso estaba en silencio, pero no vacío.
Miré la mesa.
Las llaves estaban donde las había dejado. No había más.
Aun así, al pasar la mano por la madera, una vibración leve subió hasta la muñeca y tardó un momento en desaparecer.
"No olvides llamar".
La frase volvió sin aviso. Ya no sonaba como un recordatorio.
Esa noche no llamé a nadie.
A la mañana siguiente, el cartón no estaba. La mesa seguía en pie, extrañamente firme, como si la pata hubiera decidido corregirse por sí sola.
Durante un segundo pensé que había encontrado otra cosa para calzarla y no lo recordaba.
Dejé las llaves. El golpe fue limpio, demasiado exacto. Me agaché a mirar debajo. No había cartón ni hueco. Pasé la mano por la madera. Sin vibración. La mesa no dudaba.
Me quedé un momento más de lo necesario. Luego me fui.
Mientras bajaba las escaleras, pensé que quizá ya había llamado.
@Joaquín M. Floriano.
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