Hoy, 13 de junio, mientras muchos celebran la festividad de San Antonio, otros saldrán a nuestras calles cargados con agujas, ovillos y una paciencia que parece llegada de otro tiempo. Y es que hoy también se conmemora el “Día Mundial de Tejer en Público”, una de esas efemérides discretas que rara vez encuentran espacio en los informativos y que, sin embargo, dicen más de nosotros de lo que parece.
Siempre me ha parecido que tejer encierra una enseñanza silenciosa. Consiste en unir lo disperso hasta formar algo nuevo, hebra a hebra, en un trabajo que exige paciencia, perseverancia y una confianza casi obstinada en el resultado final. Quien teje acepta que las cosas importantes no aparecen de golpe. Se construyen poco a poco, vuelta tras vuelta, incluso cuando el dibujo completo todavía permanece oculto.
Durante su reciente visita a España, el Papa León XIV insistió en una idea que no necesita creencias para sostenerse. No habló de ovillos ni de agujas, naturalmente, pero sí de la necesidad de reconstruir los vínculos que sostienen la convivencia. El mensaje central resultaba, con todo, difícil de discutir: necesitamos volver a tejer una red capaz de unir a personas, procedencias e incluso opiniones diferentes. Compartir un espacio común no exige pensar igual, sino reconocer que existe algo más importante que aquello que nos separa. Un mensaje evangélico, sin duda, pero también una verdadera invitación a la sensatez. Porque las sociedades también se tejen. Lo hacen mediante acuerdos, afectos, lealtades cotidianas y pequeñas renuncias. Ninguna comunidad se sostiene únicamente sobre leyes o reglamentos. Necesita un entramado invisible de respeto mutuo y voluntad de convivencia.
Sin embargo, vivimos tiempos particularmente fértiles para quienes prefieren dedicarse a descoser. Hay quienes convierten una lengua en frontera. Otros transforman una identidad cultural en un muro. Algunos encuentran rendimiento político, social o personal en alimentar agravios permanentes. No faltan tampoco quienes necesitan señalar constantemente quién pertenece al grupo correcto y quién debe permanecer fuera. Y están, por último, los que parecen sentirse incómodos cada vez que alguien intenta tender un puente sobre una grieta, quizá porque siempre han vivido mejor administrando rencores que construyendo acuerdos.
Por eso resultaron tan elocuentes ciertas ausencias y determinadas reacciones en algunos de los actos de la visita papal. No por las personas concretas, que son siempre circunstanciales, ni siquiera por el protocolo, siempre secundario, sino por su simbolismo. Cuando los particularismos, los cálculos partidistas o las discrepancias ideológicas pesan más que las mínimas normas de cortesía institucional, el mensaje termina siendo revelador. No se trata de discrepar, algo perfectamente legítimo. Se trata de decidir si uno desea contribuir al tejido común, al espacio compartido, o prefiere instalarse en la comodidad de la fractura.
Romper una red exige apenas un tirón. Construirla requiere cientos de nudos invisibles.
Tal vez por eso convenga prestar atención a quienes hoy salen a la calle con un ovillo entre las manos. Mientras tantos compiten por imponer su hilo sobre el de los demás, ellos recuerdan una verdad antigua, siempre vigente: el mundo no se rompe por falta de razones, sino por falta de costureros.
@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.















