El cartel lleva meses en la puerta. Plastificado, con las esquinas levantadas por la humedad, anuncia el horario de cualquier biblioteca municipal: lunes, miércoles y viernes de diez a dos. Los martes y los jueves, cerrada por falta de personal. Los sábados, cerrada. Las tardes, cerradas. Si alguien quiere leer, que madrugue.
Nadie ha quitado el cartel. Nadie lo quitará. Forma parte ya del paisaje urbano de muchos pueblos españoles, como los buzones sin cartas, las cabinas sin teléfono o los museos cerrados: objetos que fueron útiles y ahora son decoración de sí mismos.
Esta semana, Cáceres pasó a la final para ser Capital Europea de la Cultura en 2031. Junto a Granada, Las Palmas de Gran Canaria y Oviedo, compite por un título anunciado por un comité de expertos. Nueve ciudades se presentaron. Cinco se quedaron fuera. La decisión llegará en diciembre.
Uno debería alegrarse sin reservas, y en parte lo hace. Cáceres tiene razones de sobra. El casco antiguo es Patrimonio de la Humanidad desde 1986, el Museo Helga de Alvear figura entre los mejores del país, y la ciudad lleva décadas demostrando que la cultura no es un adorno sino parte constitutiva de lo que es. Que lo haya reconocido un comité de expertos internacionales no sorprende a quien conozca la ciudad de cerca.
Pero España, en general, tiene una habilidad especial para hablar de cultura en mayúsculas mientras la practica en minúsculas. Capitales europeas, candidaturas a la Unesco, años temáticos, semanas del libro, días mundiales de esto y de aquello. El calendario cultural español es una obra maestra de la nomenclatura. Celebramos con más entusiasmo las candidaturas que las cosas pequeñas que las sostienen. Y lo que falla, a veces, es el lunes por la tarde.
Porque una biblioteca -sirva de ejemplo- abierta cinco tardes a la semana importa más que cualquier título europeo para el vecino sin ordenador que necesita realizar una consulta, para el adolescente que no sabe dónde estudiar después de clase, o para el jubilado que lee porque si no lee se le para el mundo. Pero la biblioteca abierta no da ruedas de prensa. No convoca a nadie, ni genera foto.
La coordinadora de Cáceres 2031 explicó que la candidatura nace de un territorio entero, bajo el concepto de “Transcultura”, con tres ejes: tierra, camino y ciclo. Suena bien. Suena, incluso, a algo que merece existir con independencia de lo que decida un comité en diciembre. Y lo sería más si ese valioso documento de cientos de páginas, sobre visión cultural, identidad o proyección europea, al terminar el concurso, no acabara, como suele ocurrir, en un cajón esperando la siguiente candidatura. No es un reproche a Cáceres ni a nadie. Es una pregunta que la candidatura misma debería hacerse: ¿qué queda cuando no se gana? ¿El proyecto cultural sobrevive al título, o era el título el proyecto?
El cartel de la biblioteca sigue en la puerta. Lunes, miércoles y viernes de diez a dos. Alguien lo plastificó con cuidado, como si fuera a durar mucho tiempo. Lleva razón.
@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.



















