El café de la mañana siempre se enfría antes de que Ana recuerde beberlo. No es por descuido ni es una manía consciente. Es una forma de permanecer suspendida, como si el tiempo en la cocina avanzara con más cautela que en el resto del mundo. Se sienta frente a la mesa, apoya el móvil boca abajo, como si quisiera impedir que el mundo la alcance, y fija la vista en la pared, en la grieta fina que nace cerca del interruptor y sube en diagonal hasta perderse detrás del mueble alto, que nadie ha decidido arreglar. La grieta no es reciente. Tampoco es lo bastante grave como para obligar a una reparación urgente. Existe en ese territorio ambiguo de lo que podría arreglarse, pero no hoy. Dice que algún día la tapará, pero lleva más de tres años diciéndolo. A veces piensa que ya forma parte de la casa.
Luis entra descalzo, arrastrando un poco los pies, todavía a medio camino entre el sueño y el día. Lleva el pelo revuelto y la camiseta torcida sobre el hombro. No se hablan de inmediato. Comparten el silencio como se comparte una manta: sin ceremonia. Él abre la ventana y el aire frío entra sin pedir permiso, trayendo consigo los ruidos dispersos de la calle, un motor lejano, una persiana que sube, y por un momento todo parece normal. Demasiado normal, quizá.
- ¿Dormiste? -pregunta él, sin mirarla.
La pregunta llega sin intención, casi como una comprobación rutinaria.
Ana asiente con un gesto suave, casi convincente. No es exactamente una mentira, pero tampoco la verdad completa. Dormir ya no significa lo mismo que antes.
Luis consulta el móvil, revisa el correo, frunce el ceño un instante y vuelve a guardarlo. Ana observa ese gesto como si fuera nuevo, como si no lo hubiera visto cientos de veces. Se pregunta cuándo empezó a fijarse tanto en esas cosas pequeñas. Tal vez nunca hubo un momento exacto, o quizá las cosas no cambian, solo dejan de ser visibles de la misma forma. O quizá fue cuando lo importante dejó de decirse en voz alta.
- Hoy llego tarde -dice él.
- Vale -contesta Ana.
No hay reproche. Tampoco alivio. Solo una frase que cae en medio de la cocina y se queda ahí, ocupando espacio. Un espacio donde antes ocurrían otras cosas que ninguno de los dos nombra ya.
Ana por fin prueba el café. Está frío. Hace una mueca, pero sigue bebiéndolo. Antes lo calentaba de nuevo. Ahora no. A veces piensa que se ha acostumbrado demasiado a aceptar lo que no es ideal. Luego se corrige: no es resignación, es continuidad. Todos lo hacemos, solo que no solemos admitirlo.
Luis se inclina y la besa en la cabeza antes de salir. Es un gesto rápido, automático, pero no vacío. Ella cierra los ojos un segundo más de lo necesario. No quiere que ese momento termine. No porque sea extraordinario, sino porque aún es reconocible. Él lo nota, aunque no dice nada. Apenas se trata de un momento en el que ocurre algo que ninguno de los dos examina, aunque ambos lo perciben.
Después, la puerta se cierra y sus pasos se alejan por la escalera con una claridad que Ana no recordaba haber escuchado antes, como si el edificio entero se hubiera vuelto más sensible a las separaciones.
Permanece sentada un momento más, observando la cocina con una atención nueva, como si acabara de entrar en ella por primera vez y algo en la disposición de los objetos hubiera cambiado durante la noche. Recoge la taza, limpia la mesa y al levantar la vista vuelve a mirar la grieta de la pared. No la odia. Tampoco la ignora. Está ahí, como tantas otras cosas que no se rompen del todo, pero tampoco están bien.
Se acerca lo suficiente como para ver sus pequeñas bifurcaciones, líneas secundarias que no recuerda haber visto antes, aunque tampoco puede asegurar que no estuvieran ahí desde el principio. Tiene el impulso de tocarla, pero no lo hace, porque entiende de manera inexplicable que la grieta no pertenece del todo a la pared, o al menos no únicamente a la pared.
Recuerda el primer día que entraron al piso, la manera en que Luis caminaba delante de ella, señalando los espacios con una seguridad que entonces le parecía indiscutible, como si el futuro fuera una extensión natural del presente y bastara con nombrarlo para que adquiriera forma.
Antes de salir, Ana deja una nota sobre la mesa: “No olvides comer”.
No es un recordatorio necesario. Lo escribe porque eso la tranquiliza. Es su manera de seguir cuidando algo que aún importa, una forma de preservar un gesto que todavía existe, aunque ya no esté sostenido por las mismas certezas.
Ana se pone el abrigo y, antes de apagar la luz, mira la cocina por última vez, consciente de que no es el lugar lo que ha cambiado, sino la forma en que ella lo habita, como si algo se hubiera desplazado ligeramente fuera de su alcance sin romperse del todo.
Cierra la puerta con cuidado, como si en el piso quedara alguien dormido. Mientras baja las escaleras, piensa que quizá la vida no se desmorona de golpe, sino en detalles mínimos: cafés fríos, frases cortas, besos rápidos.
Al salir a la calle, el aire frío le toca la cara y, por un instante, tiene la certeza de que hay grietas que no anuncian el final de nada, sino el comienzo silencioso de una forma distinta de permanecer.
Y aun así, piensa, mientras empieza a caminar sin volver la vista atrás, todavía hay algo que merece ser sostenido. No sabe cuánto durará, pero sigue ahí. Y eso es suficiente.






















