Hay quien teme a las arañas, quien teme a volar y quien teme abrir la aplicación del banco después de un fin de semana especialmente optimista. Pero existe un miedo más complejo y probablemente más humano que todos los anteriores: "el miedo al miedo".
Es un temor curioso porque ni siquiera necesita estar ocurriendo nada para instalarse entre nosotros. A veces nace de la memoria. Hemos sufrido una pérdida, una enfermedad, una decepción o una mala noticia y no tememos tanto el dolor pasado como la posibilidad de volver a atravesarlo. Otras veces surge precisamente de lo contrario: de lo desconocido. De aquello que nunca nos ha sucedido y que, sin embargo, imaginamos con una precisión casi artesanal. El ser humano posee la extraordinaria capacidad de sufrir dos veces: cuando le ocurre algo malo y cuando sospecha que podría ocurrirle.
Y quizá sea justamente esa condición tan humana la que explica ciertas expresiones de inquietud que estos días asoman en algunos despachos. Mientras la actualidad española continúa produciendo titulares a una velocidad incompatible con la salud mental, las sentencias judiciales, las investigaciones y los procedimientos que avanzan con la paciencia de un reloj antiguo parecen haber introducido una incómoda variable en la vida de determinados responsables públicos: "la posibilidad de consecuencias".
Y las consecuencias tienen una desagradable costumbre. Acaban llegando.
Durante años hemos escuchado que todo era una persecución, una conspiración o una casualidad estadísticamente asombrosa. Sin embargo, cuando los autos judiciales empiezan a acumularse sobre la mesa, el miedo adquiere una textura distinta. Ya no es el miedo a lo desconocido. Es algo mucho más concreto. Es el miedo a reencontrarse con los propios actos.
Ahí aparece nuevamente el miedo al miedo.
Porque algunos temen la condena, pero otros temen algo anterior: el simple avance de los acontecimientos. Temen la investigación, la pregunta incómoda, el documento que aparece donde no debía aparecer o el antiguo colaborador que descubre repentinamente las virtudes terapéuticas de la sinceridad. El miedo no siempre nace del castigo. A menudo nace de la sospecha de que el castigo podría ser merecido.
Y, sin embargo, mientras observamos estas tragedias contemporáneas con el café en la mano y la opinión preparada para las redes sociales, conviene recordar una verdad elemental. Existen miedos mucho más próximos.
Por ejemplo, el dentista.
Porque uno puede analizar la actualidad política con serenidad, discutir sobre sentencias, corrupción o responsabilidades institucionales sin que le tiemble el pulso. Pero basta cruzar la puerta de una clínica dental para que desaparezcan de golpe las grandes preocupaciones nacionales.
Uno se sienta en el sillón intentando aparentar normalidad. Entonces aparece una figura cubierta por gorra, mascarilla e instrumentos metálicos que jamás inspiraron tranquilidad a nadie. Y el miedo comienza incluso antes de escuchar la frase: "Abra la boca".
En ese instante ya no existen partidos, tribunales ni estrategias parlamentarias. Solo queda el ser humano frente a sus temores más primitivos. Quizá por eso el miedo resulta tan democrático. Persigue por igual al ministro y al contribuyente, al poderoso y al anónimo. Con una diferencia. Al menos en el dentista, normalmente, uno sale mejor de como entró.
Con otra mirada - Columnista.

