Una vez más los vi pasar. Imposible perdérselo. Podrán cambiar las fisonomías, pero no la magia; podrán cambiar los deseos, pero no la ilusión. Los Reyes Magos volvieron a recorrer las calles y, un año más, el tiempo pareció concedernos una tregua. Una pausa necesaria para recordar que todavía existen espacios donde la esperanza se permite levantar la voz y hacerse visible.
Fue la noche más mágica y misteriosa del año. Esa en la que los corazones laten con un ritmo distinto porque con ella llegan la ilusión, la sorpresa y los sueños que seguimos confiando a Sus Majestades, aun sabiendo que no siempre se cumplen. Una fe que resiste al desgaste de los años. Una noche que nos devuelve, aunque solo sea durante unas horas, a ese territorio íntimo donde nos reconciliamos con la infancia, por más que el tiempo se empeñe en alejarnos de ella.
Con ánimo renovado y mirada expectante, los vi pasar casi desde el mismo lugar de siempre. Llegaron radiantes, poderosos, envueltos en luces, música y emoción compartida. Repartieron sonrisas, miradas cómplices y saludos espontáneos, endulzando con pequeñas gotas de cariño el clamor de todos los presentes. Por unas horas, desaparecieron las prisas, las diferencias y ese ruido constante que suele acompañarnos el resto del año.
Como tantos otros años, les entregué mis deseos. Lo hice con emoción contenida y alguna lágrima inevitable, porque uno no dejará de pedir mientras conserve la capacidad de creer y esperar que el mundo todavía puede ser un lugar un poco mejor.
A ti, querido Melchor, portador del todopoderoso oro, te pedí que los recursos llegaran a todos los necesitados. Que no existiera un solo niño sobre la faz de la tierra viviendo en la calle, atemorizado, explotado, con hambre, con sed o descalzo. Que tu presente no se malgastara en destrucción, sino en creación, dignidad y nuevas oportunidades. Y que el poder se ejerciera con sabiduría y justicia, desterrando la soberbia, la sinrazón y el egoísmo.
A ti, queridísimo Gaspar, portador del fragante incienso, te pedí que encendieras de amor los corazones más endurecidos. Que desapareciera el maltrato, en cualquiera de sus crueles direcciones. Que aromatizaras de felicidad las relaciones fraternas. Que nuestros mayores recuperaran el lugar que, sin duda, merecen y que perfumaras de salud y esperanza a quienes luchan contra la enfermedad.
Y a ti, respetado Baltasar, portador de la mirra, te pedí que devolvieras al mal llamado “Dios Hombre” el sentido de humanidad. Que valores como el respeto, el esfuerzo, la dignidad, la justicia, la igualdad, la tolerancia, la solidaridad y la generosidad volvieran a presidir nuestras vidas.
Sé que es mucho y que no son regalos fáciles. Pero la magia nunca fue cómoda ni discreta. Siempre exige creer cuando ya parece tarde. Y quizá de eso se trate la Noche de Reyes, incluso después de haber pasado: de no renunciar a pedir un mundo mejor y de no olvidar que el milagro siempre empieza por nosotros.


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