Hay días en Cáceres que no necesitan calendario. Se reconocen por el rumor. Por ese ir y venir que no responde a prisa alguna, sino a una costumbre antigua que se lleva dentro. Basta asomarse a la calle, dejarse caer por el centro, para notarlo.
Llevamos días así.
La ciudad ha vivido este paréntesis, tan nuestro, en el que todo parece girar en torno a una presencia que no necesita explicaciones. Ni falta que hace. Porque en Cáceres hay certezas que no se discuten: se heredan. Y una de ellas es esa forma de mirar hacia arriba, hacia la Montaña, incluso cuando la tenemos aquí, entre nosotros, al alcance de un beso.
Durante estos días, la rutina ha cedido terreno. Las calles han recuperado un pulso más lento. Ha habido colas sin que irritaran, silencios llenos, miradas que dicen mucho sin necesidad de palabras. Gente que entra y sale, que vuelve. Cada cual con su fe o con su memoria, con su necesidad o con su costumbre. Y eso, que podría parecer poco, lo es todo.
Porque la Virgen de la Montaña no es solo una devoción. Es un punto de encuentro. Algo que nos iguala sin pedirnos nada. Da lo mismo cómo se llegue. Lo importante es que se llega. Y que, al hacerlo, cada uno encuentra algo que quizá no sabía que venía buscando.
Mañana volverá a subir.
Y en ese verbo corto caben muchas cosas. Es la despedida compartida, el tramo en que la ciudad acompaña despacio, como si quisiera alargar el instante. Y después, ese cambio de ritmo, casi alegre, que toma el camino cuando la subida se vuelve definitiva: paradas breves, relevos, respiración que se ajusta y hospitalidad que asoma al borde del camino. Como si la despedida hubiera encontrado una forma de consuelo.
Yo no estaré. Después de tantos años, de tantas subidas vividas sin pensarlas -como se viven las cosas que forman parte de uno- este año la vida me lleva a otra alegría. A quinientos kilómetros de aquí, donde también habrá emoción contenida; algo que no se explica del todo pero que se lleva dentro sin que nadie te lo enseñe. Y es entonces cuando uno entiende mejor lo que significan ciertas cosas. Cuando la costumbre se revela como lo que siempre fue: un privilegio.
Quizá por eso escribo hoy.
Porque hay ausencias que no se llenan, pero sí se acompañan. Y aunque uno no esté, puede imaginar el murmullo, el paso, las miradas, el instante en que la ciudad empieza a quedarse más callada. Ese momento en que la calle exhala y todo regresa, poco a poco, a su sitio. Aunque no del todo.
Cáceres tiene algo de eso. Una forma discreta de retener lo que importa.
La Montaña seguirá ahí, como siempre. Y nosotros, aquí abajo, con la sensación extraña y familiar a la vez, de que nunca termina de irse. Que cada regreso empieza mucho antes de que ocurra. Y que quedarse con el hueco exacto de lo que se fue es, quizá, la única manera honesta de despedirse.
Con otra mirada - Columnista.

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