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La baguette electoral

sábado, 13 de diciembre de 2025

Uno entra en una panadería de cualquier pueblo extremeño y descubre que allí late el verdadero pulso democrático del país. No porque entre hogazas y molletes se discuta sobre pactos postelectorales, sino porque la panadera -oráculo vestida con delantal- pregunta, con la naturalidad de quien pide la hora: “¿Y usted, en las elecciones, cómo quiere la baguette: más o menos cocida?”. Y uno queda desarmado ante la sabiduría popular que convierte la política en masa madre y los programas electorales en migas con secreto.

 

 

Extremadura vive otro de esos comicios que parecen repetirse más que el ajo en mal guiso. Y no porque la región sea especialmente electoral, sino porque los partidos, incapaces de hacer pan con sus propias harinas, regresan a las urnas cada vez que sus alianzas se desmontan como rosquillas mal horneadas. Lo fascinante es que, mientras los dirigentes se marean en los despachos calculando mayorías que duran lo que un bollo en recreo, la ciudadanía afronta la cuestión con un estoicismo admirable: “Pues habrá que votar otra vez, qué le vamos a hacer”. Ese fatalismo tranquilo, tan extremeño, que convierte el caos en rutina.

Pero lo sustancial no es la votación en sí, sino el vértigo institucional que provoca en Madrid, donde algunos líderes observan Extremadura como quien mira una olla exprés sin válvula: saben que puede estallar en cualquier momento, pero nadie se atreve a levantar la tapa. Porque lo que ocurra aquí, en esta tierra heroica de encinas y silencios, puede trastocar la coreografía nacional. Y el vértigo, en política, es contagioso.

La campaña, como todas las anteriores, llega plagada de promesas que huelen más a rebanada recién tostada que a realidad. Desde bajar impuestos y subir la autoestima del votante, hasta crear empleos, que siempre aparecen mágicamente la semana previa al voto, o edificar viviendas por el noble arte de birlibirloque. Mientras tanto, los candidatos pasean por los mercados besando bebés que no quieren ser besados y estrechando manos que preferirían seguir sujetando la compra del día.

 


Es en ese teatro donde la metáfora panadera cobra todo su sentido: el elector extremeño no vota por ideología, sino por textura. Quiere gobiernos crujientes por fuera y tiernos por dentro, que no se desmiguen al primer acuerdo incómodo ni acaben abrasados por la impaciencia de salir del horno antes de estar en su punto. Así que, visto lo visto, no descartemos que muchos opten por lo único que nunca defrauda: el pan de siempre, el de tahona, y que la política siga medio cruda.

 


  

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