Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

Antes del reflejo

jueves, 4 de junio de 2026

Nadie recordaba la última vez que alguien se había ido.



No es que el tema estuviera prohibido. A veces, en el bar de Rufino, cuando la tarde empezaba a espesarse y el vino deshacía las convicciones más firmes, alguien dejaba caer una historia antigua: un primo, o el hijo de un primo, que un día se marchó y no volvió. La anécdota cambiaba de boca en boca, nunca en lo esencial, siempre en los detalles. Las versiones más recientes tenían más años que ninguno de los que las contaban.

Mateo escuchaba sin intervenir. Aquellas historias le parecían una forma de consuelo.

Decidió marcharse una mañana cualquiera, sin ceremonia. No lo anunció ni buscó excusas. Abrió el armario, eligió lo imprescindible y lo metió en una mochila vieja, la misma que había usado de niño para ir a la escuela. Una camisa limpia, algo de dinero, una fotografía que guardó sin mirarla. Le sorprendió la facilidad con la que pudo reducir su vida a ese puñado de cosas. Como si ya lo hubiera hecho antes, en algún sitio que no recordaba.

Bajó por la calle principal, cruzó la plaza y saludó a la panadera con un leve movimiento de cabeza. Nadie le preguntó nada.

El coche estaba aparcado a la salida, donde lo dejaba siempre. El camino describía una curva suave después del último edificio, y Mateo lo conocía de tanto haberlo recorrido: siempre hasta el mismo punto, nunca más allá del segundo recodo.

El coche no arrancó.

Giró la llave varias veces. El motor respondió con un sonido breve, inseguro, y se apagó. Mateo esperó un poco más de lo razonable, con la mano aún en el contacto. Salió, levantó el capó sin convicción. No encontró nada fuera de lugar.

Se pasó la mano por la nuca antes de llegar a casa.

Al día siguiente lo intentó de nuevo. El coche arrancó a la primera. Mateo condujo sin mirar atrás. Pasó el primer recodo, luego el segundo, y el hombro derecho se le relajó solo, sin que lo hubiera decidido.

La tormenta llegó sin aviso.

El cielo se cerró de golpe, sin transición, y la lluvia empezó a golpear el parabrisas con una violencia casi personal. Mateo redujo la velocidad. Apenas distinguía el camino. Entonces vio cruzar algo -una forma oscura, indefinida- y frenó en seco. El coche patinó levemente antes de detenerse.

Cuando volvió a mirar, no había nada.

Se quedó unos minutos con el motor en marcha, esperando a que la lluvia amainara. No lo hizo.

Dio la vuelta.

Al regresar, nadie le preguntó nada.

La tercera vez lo preparó con más cuidado. Revisó el coche con Tomás, el mecánico. Llenó el depósito y consultó el tiempo la noche anterior. Eligió el único día sin nubes de toda la semana.

Antes de salir, pasó por la casa de su madre. Hacía años que no vivía allí, pero la puerta respondía al peso de su mano con una familiaridad que el tiempo no había borrado. Cedió con la familiaridad de siempre, y Mateo entró.

Todo estaba en orden. Demasiado en orden.

No era solo la disposición de los muebles o el polvo ausente. Había una intención en aquella quietud, como si la casa hubiera sido preparada para alguien que aún no había llegado.

Se detuvo en el pasillo.

La fotografía que había guardado el primer día estaba allí, sobre una repisa. Mateo frunció el ceño y apoyó una mano en el marco de la puerta.

Se acercó.

En la imagen aparecía él, de niño, junto a su madre. Detrás, la casa. La misma casa. Lo que no recordaba era la silueta en la ventana del fondo. Apenas visible, detenida, mirando hacia la cámara. No podía distinguir el rostro, pero la presencia era inequívoca.

Mateo dejó la fotografía donde estaba. No sintió miedo, aunque los dedos le temblaron sobre el marco y los cerró con fuerza antes de soltarlos.

Salió y fue directo al coche.

Esta vez no hubo averías ni tormentas. Condujo más allá de donde había llegado nunca. El paisaje no cambiaba en los elementos, sino en la manera de repetirlos: las curvas demasiado similares entre sí, los mismos árboles a los mismos intervalos, todo repetido con una exactitud que nadie había pedido.

Después de un rato, reconoció un árbol.

Un tronco inclinado, una rama rota hacia el mismo lado. Nada especial. Aun así, estaba seguro.

Siguió conduciendo.

Unos minutos más tarde, volvió a verlo.

Esta vez se detuvo. Apagó el motor y salió del coche. El silencio era limpio, casi artificial. Ni viento, ni insectos. Apoyó la mano en la corteza. Era el mismo. No había duda.

Se quedó así un momento, con la palma sobre la madera, mirando el camino abrirse en ambas direcciones con la misma promesa. Después arrancó.

Volvió al pueblo sin prisa.

Esa noche, en el bar de Rufino, alguien contó que un hombre había intentado marcharse tres veces y siempre había vuelto. La historia circuló sin nombre, sin detalles. Nadie preguntó.

Mateo la escuchó sin reconocerse.

Al fondo, una voz dijo:

- De aquí no se va nadie.

No sonó como una advertencia.

Mateo asintió.

Al salir, pasó frente a la casa de su madre. La luz del pasillo estaba encendida.

Se detuvo.

Recordaba haber apagado todo antes de marcharse. O creyó recordarlo.

Se acercó a la ventana. Dentro, alguien se movía. La figura se desplazaba despacio. Tenía los hombros de Mateo cuando estaba cansado.

Mateo no entró.

Permaneció frente al cristal.

Al cabo de un rato, la figura se detuvo frente al espejo del pasillo. Permaneció quieta unos segundos y luego, con una lentitud deliberada, levantó la cabeza.

Mateo no necesitó ver el reflejo. 

@Joaquín M. Floriano.
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