El día que regresó al pueblo, el ciprés seguía allí. Había crecido, eso sí, como crecen las cosas que no necesitan permiso: recto, oscuro, ligeramente inclinado hacia el norte, como si escuchara una voz que nadie más oía. Desde la carretera, su sombra parecía una aguja clavada en la tierra, señalando un límite que no se marcaba con cercas ni planos, sino con presencia silenciosa y constante.
No volvía por nostalgia. Volvía por un trámite.
La herencia consistía en una franja de terreno junto al cementerio, demasiado pequeña para venderse, demasiado incómoda para ignorarla. Un resto. Algo que había quedado fuera de los repartos sensatos. El notario, con una cortesía automática, le explicó que debía delimitarla antes de decidir qué hacer con ella. Nadie parecía interesado en ese pedazo de tierra que olía a resina y humedad antigua.
El ciprés marcaba el límite. O eso decía el plano.
Creció escuchando que aquel árbol había sido plantado el mismo año que el primer muerto del cementerio nuevo, cuando trasladaron las tumbas desde la colina. Decían que sus raíces habían aprendido pronto el camino hacia abajo. Nadie lo afirmaba con certeza, pero todos hablaban del ciprés con una mezcla de respeto y cautela, como si no fuera del todo vegetal.
Caminó hasta allí al atardecer. El sol descendía despacio y la sombra del ciprés se alargaba sobre la tierra irregular, cruzando la verja oxidada y avanzando como una mancha de tinta. Entonces observó algo extraño: la sombra no se comportaba como las demás. No seguía exactamente el movimiento del sol. Parecía detenerse en un punto preciso, siempre el mismo, como si existiera un borde que no podía traspasar.
Recordó una escena olvidada. Él, niño, jugando cerca del cementerio. Una advertencia seca de su madre: no cruces ahí. No hubo gesto, ni señal. Solo esa frase y una urgencia inexplicable en la voz, como si supiera que explicar más habría sido peligroso.
Volvió al día siguiente con una cinta métrica. Midió el terreno según el plano. Todo coincidía, excepto un tramo de apenas dos metros, justo donde la sombra se detenía. El papel decía que era suyo. El suelo, no.
La sensación no era miedo. Era otra cosa. Una resistencia muda, como cuando se empuja una puerta que ha sido cerrada desde dentro.
Regresó varias veces. A distintas horas. En distintos días. Siempre lo mismo. La sombra avanzaba hasta ese punto exacto y se detenía, incluso cuando el sol ya estaba bajo, incluso cuando las demás sombras se estiraban sin pudor sobre las lápidas.
Empezó a notar cambios pequeños en sí mismo. Un cansancio que no se justificaba. Sueños fragmentarios, llenos de espacios sin luz, como habitaciones olvidadas. Pensó en irse, dejar el asunto en manos de un gestor. Pero algo lo retenía. No curiosidad. No del todo. Tal vez responsabilidad. O la vaga certeza de que aquel límite no había sido trazado para impedir el paso a cualquiera, sino a él.
Una tarde, sin decidirlo del todo, dio un paso más allá del borde de la sombra.
El aire cambió. No la temperatura, sino la densidad. Como si el silencio tuviera peso. No vio nada distinto. Pero supo, con una claridad que no necesitó explicación, que había entrado en un lugar donde las cosas no terminaban de morir.
No permaneció mucho tiempo. Dio un paso atrás y la sensación se disipó de inmediato. La sombra volvió a cerrarse, obediente, como si aceptara el gesto.
Esa noche entendió el sentido del terreno heredado.
No era una posesión. Era una custodia. Alguien debía asegurarse de que nadie, por error o ambición, cruzara donde no correspondía.
A la mañana siguiente firmó la renuncia. Donó el terreno al municipio con una cláusula extraña que nadie leyó con atención. Se marchó sin despedirse, como quien abandona una tarea cumplida.
El ciprés sigue allí. Creciendo. Alargando su sombra cada tarde hasta el mismo punto exacto. Y aunque nadie habla de ello, todos evitan ese lugar sin saber por qué.
Porque hay límites que no se trazan con cercas ni escrituras. Hay fronteras que existen solo para recordarnos que no todo lo heredado debe ser usado. Algunas cosas, simplemente, deben ser vigiladas desde este lado de la sombra.
©Joaquín M. Floriano

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