Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

Donde el silencio se desborda

viernes, 27 de marzo de 2026

El primer día apareció un charco pequeño, casi educado, justo donde el pasillo se estrecha antes de llegar al dormitorio del fondo. Marta lo vio al levantarse, lo esquivó con cierta torpeza y fue a buscar la fregona pensando que habría dejado mal cerrada alguna ventana. No recordaba lluvia aquella noche, pero tampoco le dio importancia. Secó el suelo y siguió con su rutina.




Al día siguiente, el charco volvió a estar allí. Un poco más grande.

El pasillo era largo y estrecho, con baldosas claras y paredes demasiado blancas para una casa antigua. Al fondo estaba el cuarto que nadie usaba desde hacía años. Antes había sido el de su padre. Después, simplemente, quedó ahí. La puerta seguía cerrada, pero no con llave. Nunca con llave.

Marta llamó al fontanero esa misma mañana. Revisó cañerías, miró el baño, golpeó con los nudillos algunas baldosas y negó con la cabeza.

-No hay fuga -dijo-. A veces el agua aparece donde no debería. Cosas de casas viejas.

Ella aceptó la explicación con un gesto cansado. No tenía energía para discutir con un hombre que ya estaba guardando las herramientas. Cuando cerró la puerta, el pasillo estaba seco. Impecable.

Esa noche soñó con un sonido.

No era exactamente agua, pensó al despertar, sino algo parecido. Un murmullo constante, bajo, como si alguien respirara despacio detrás de una pared demasiado fina. Se levantó para ir al baño y volvió a encontrar el charco. Esta vez le mojó las zapatillas.

Durante los días siguientes, el agua empezó a avanzar. No de golpe, no de forma dramática. Avanzaba con una paciencia obstinada, casi incómoda, como si supiera exactamente hasta dónde quería llegar. Marta colocó toallas, luego un cubo. Después dejó de secar por las noches. Total, por la mañana volvería a estar allí.

Llamó a su hermana.

-Es absurdo -le dijo-. No hay ninguna fuga.

-¿Y el cuarto de papá? -preguntó su hermana, después de un silencio.

Marta apretó el teléfono.

-No tiene nada que ver.

Colgó antes de que la conversación se desviara hacia donde siempre acababa desviándose. Hacía años que ambas habían aprendido a no insistir demasiado. La casa era suya. El pasillo, también.

El agua no olía mal. Tampoco estaba fría. Era agua limpia, transparente, como si acabara de salir de un grifo invisible.
Marta empezó a notar, sin embargo, que al pisarla le recorría una sensación extraña por las piernas. No desagradable. Más bien reconocible. Como un recuerdo que no terminaba de tomar forma.

Una tarde, al volver del trabajo, encontró la puerta del cuarto del fondo entreabierta. No estaba segura de haberla dejado así. Dudó un segundo antes de empujarla del todo.

El cuarto seguía casi igual que la última vez. La cama estrecha, la mesilla, el armario que nunca se había atrevido a vaciar. El aire era distinto. Más denso. Más húmedo. El suelo estaba seco, pero al fondo, junto a la pared, había una mancha oscura, como si la humedad naciera allí y no en el pasillo.

Cerró la puerta con cuidado.

Aquella noche el sonido volvió. Más claro. Marta se despertó sobresaltada, convencida de que alguien estaba duchándose en mitad de la casa. Caminó por el pasillo a oscuras. El agua le cubría ya los pies. No encendió la luz. Avanzó despacio, guiándose por el ruido.

Venía del cuarto.

Apoyó la mano en la puerta cerrada. Al otro lado, el murmullo se detuvo.

-No es nada -murmuró, sin demasiada convicción.

No abrió.

A partir de entonces empezó a evitar el pasillo. Usaba el baño pequeño, junto al salón, dormía en el sofá algunas noches y entraba y salía con cuidado de no mirar demasiado hacia el fondo. El agua seguía avanzando. No invadía otras estancias. Respetaba los límites del pasillo como si obedeciera a una norma que solo ella desconocía.

Su hermana volvió a llamar.

-Deberías vender la casa -dijo-. No tiene sentido seguir ahí sola.

Marta miró el agua, ya a media altura del tobillo.

-Aún no.

No supo explicar por qué lo decía, pero lo dijo con una seguridad que no esperaba.

Una tarde decidió abrir el armario del cuarto. Lo hizo de una vez, sin prepararse. Dentro estaban las camisas de su padre, colgadas y ordenadas, aunque nadie las había tocado en años. Al fondo, en el suelo, había una caja de cartón húmeda. La abrió.

Dentro encontró fotos antiguas, algunas cartas, un cuaderno.

El cuaderno estaba empapado. Las hojas se deshacían al tocarlas. Aun así, pudo leer algunas frases sueltas. Nombres. Fechas. Y, repetida varias veces, siempre con la misma letra insegura, una frase breve:

“No supe decirlo”.

Cerró la caja y la dejó donde estaba.

Esa noche no durmió. Permaneció escuchando. El sonido del agua ya no era un murmullo. Era un fluir continuo, abierto, como si algo hubiera cedido por fin.

Se levantó y caminó por el pasillo sin encender la luz. El agua le llegaba a los gemelos.

Abrió la puerta del cuarto.

El suelo estaba cubierto. No había muebles flotando ni nada espectacular. Solo agua, tranquila, ocupándolo todo.

En el centro de la habitación, de pie, estaba su padre.

No parecía sorprendido. Tampoco triste. La miró como la había mirado siempre cuando no encontraba las palabras adecuadas.

Marta no gritó. Tampoco lloró. Dio un paso dentro del cuarto y el agua le cubrió las rodillas.

-Lo sé.

No supo si lo dijo él o si lo pensó ella.

Avanzó otro paso. El agua estaba templada. Reconocible.

Entonces lo entendió.

El agua no estaba entrando en la casa. Estaba saliendo. Era lo que se había quedado dentro durante años: las palabras no dichas, las tardes en silencio, las explicaciones aplazadas hasta volverse imposibles.

Cuando el agua le llegó al pecho, el pasillo quedó vacío. Seco. Como si nunca hubiera pasado nada.

A la mañana siguiente, la casa estaba en silencio. No había charcos. No había humedad.

Marta despertó en su cama, con la sensación de haber dormido profundamente por primera vez en mucho tiempo.

La puerta del cuarto del fondo estaba abierta.

Dentro no había agua. Tampoco muebles. Ni armario. Ni cama.

Solo una habitación vacía, recién pintada, que olía levemente a algo limpio y antiguo.

Marta cerró la puerta sin prisa.

No volvió a llamar al fontanero. Tampoco a su hermana.

Desde entonces, cuando camina por el pasillo, escucha a veces un sonido leve, casi imperceptible.

No viene del fondo.

Viene de ella.

Y ya no intenta secarlo.
 

@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados.

Camino a 2031

domingo, 22 de marzo de 2026

El cartel lleva meses en la puerta. Plastificado, con las esquinas levantadas por la humedad, anuncia el horario de cualquier biblioteca municipal: lunes, miércoles y viernes de diez a dos. Los martes y los jueves, cerrada por falta de personal. Los sábados, cerrada. Las tardes, cerradas. Si alguien quiere leer, que madrugue.



Nadie ha quitado el cartel. Nadie lo quitará. Forma parte ya del paisaje urbano de muchos pueblos españoles, como los buzones sin cartas, las cabinas sin teléfono o los museos cerrados: objetos que fueron útiles y ahora son decoración de sí mismos.

Esta semana, Cáceres pasó a la final para ser Capital Europea de la Cultura en 2031. Junto a Granada, Las Palmas de Gran Canaria y Oviedo, compite por un título anunciado por un comité de expertos. Nueve ciudades se presentaron. Cinco se quedaron fuera. La decisión llegará en diciembre.

Uno debería alegrarse sin reservas, y en parte lo hace. Cáceres tiene razones de sobra. El casco antiguo es Patrimonio de la Humanidad desde 1986, el Museo Helga de Alvear figura entre los mejores del país, y la ciudad lleva décadas demostrando que la cultura no es un adorno sino parte constitutiva de lo que es. Que lo haya reconocido un comité de expertos internacionales no sorprende a quien conozca la ciudad de cerca.

Pero España, en general, tiene una habilidad especial para hablar de cultura en mayúsculas mientras la practica en minúsculas. Capitales europeas, candidaturas a la Unesco, años temáticos, semanas del libro, días mundiales de esto y de aquello. El calendario cultural español es una obra maestra de la nomenclatura. Celebramos con más entusiasmo las candidaturas que las cosas pequeñas que las sostienen. Y lo que falla, a veces, es el lunes por la tarde.

Porque una biblioteca -sirva de ejemplo- abierta cinco tardes a la semana importa más que cualquier título europeo para el vecino sin ordenador que necesita realizar una consulta, para el adolescente que no sabe dónde estudiar después de clase, o para el jubilado que lee porque si no lee se le para el mundo. Pero la biblioteca abierta no da ruedas de prensa. No convoca a nadie, ni genera foto.

La coordinadora de Cáceres 2031 explicó que la candidatura nace de un territorio entero, bajo el concepto de “Transcultura”, con tres ejes: tierra, camino y ciclo. Suena bien. Suena, incluso, a algo que merece existir con independencia de lo que decida un comité en diciembre. Y lo sería más si ese valioso documento de cientos de páginas, sobre visión cultural, identidad o proyección europea, al terminar el concurso, no acabara, como suele ocurrir, en un cajón esperando la siguiente candidatura. No es un reproche a Cáceres ni a nadie. Es una pregunta que la candidatura misma debería hacerse: ¿qué queda cuando no se gana? ¿El proyecto cultural sobrevive al título, o era el título el proyecto?

El cartel de la biblioteca sigue en la puerta. Lunes, miércoles y viernes de diez a dos. Alguien lo plastificó con cuidado, como si fuera a durar mucho tiempo. Lleva razón.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
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Cuentas abiertas

domingo, 15 de marzo de 2026

Nadie recordaba exactamente cuándo empezó.

Una mañana de lunes, al abrir el despacho parroquial, el cura encontró un sobre marrón apoyado junto al misal. No llevaba sello ni dirección. Estaba limpio, casi nuevo, como si alguien lo hubiera dejado allí unos minutos antes y hubiera salido sin hacer ruido.


No dijo nada a nadie. En un pueblo pequeño, las rarezas tardan en convertirse en historias. Guardó el sobre en el cajón del escritorio.

Dentro había dinero.

No mucho. Algunos billetes doblados con cuidado y unas monedas envueltas en papel.

El lunes siguiente apareció otro.

A partir de entonces empezó a ocurrir con cierta regularidad. El sobre aparecía sin aviso en el despacho parroquial, siempre apoyado junto al misal, siempre sin nombre ni señal que permitiera adivinar de dónde venía.

La cantidad cambiaba, pero casi siempre alcanzaba para resolver algo concreto: una bombona de butano para una viuda, un recibo de luz atrasado, el arreglo discreto de una tubería.

Al principio el cura lo contó con escrúpulo. Anotaba cada cifra en un cuaderno viejo que guardaba en el mismo cajón. Con el tiempo dejó de hacerlo con tanta precisión. El sobre aparecía, el dinero encontraba destino y la semana seguía su curso.

El pueblo terminó aceptándolo con una naturalidad tranquila. En lugares así, la curiosidad suele agotarse pronto cuando no promete escándalo.

Pasaron los años.

Cambió el cura. Cambió la mesa del despacho. Cambió incluso la cerradura de la puerta, después de un intento torpe de robo que nadie se molestó demasiado en recordar.

El sobre siguió apareciendo.

Algunos inviernos llegaba dos veces. Otros meses no aparecía. Nadie consiguió encontrar un patrón claro.

O casi nadie.

El único que parecía advertir esas variaciones era Emilio Sanz.

Emilio llevaba toda la vida en el pueblo, aunque siempre había algo en él que lo mantenía ligeramente al margen. Trabajaba como auxiliar administrativo en el ayuntamiento, rodeado de expedientes ajenos. Era de esos hombres que saben dónde está cada papel sin figurar nunca en ninguno.

Vivía solo desde hacía años. Cuando murió su mujer, algunos vecinos se enteraron semanas después. Emilio faltó al trabajo unos días, regresó un lunes cualquiera y continuó ordenando archivos como si la rutina tuviera una fuerza propia.

Pagaba sus impuestos puntualmente. Saludaba con una leve inclinación de cabeza. No se le conocían aficiones ni discusiones.

Iba a misa los domingos.

Siempre se sentaba en los últimos bancos.

A veces, antes de que empezara la ceremonia, observaba a la gente que entraba. No parecía curiosidad exactamente. Más bien la atención tranquila de quien repasa algo en silencio.

Una mañana, al terminar la misa, comentó algo al cura casi de pasada.

- No ha habido sobre este mes.

El cura lo miró sorprendido.

-¿Cómo lo sabes?

Emilio tardó un momento en responder. Miró hacia la puerta cerrada del despacho parroquial.

- Se nota.

No añadió nada más.

Aquel invierno algunas cosas empezaron a torcerse con una discreción que casi nadie comentó en voz alta. Hubo tres recibos que la parroquia no pudo pagar. Una mujer preguntó si había ayuda para la calefacción y el cura tuvo que encogerse de hombros. Un anciano pasó varios días sin encender la estufa.

Nada grave.

Pero ocurrió.

En marzo el sobre volvió a aparecer.

Era algo más grueso que otras veces.

El cura lo contó dos veces, sin saber muy bien por qué.

A partir de entonces Emilio empezó a entrar en la iglesia los lunes por la mañana. No rezaba. Se sentaba en el último banco y permanecía allí unos minutos mirando hacia el despacho. Después se levantaba y se marchaba.

Una de aquellas mañanas el sacristán lo vio levantarse antes de salir. Emilio se acercó al cepillo de las limosnas, dejó una moneda y permaneció un instante con la mano apoyada en la madera, como si recordara algo que no terminaba de decirse.

Luego salió.

Murió en verano.

Un infarto limpio, dijeron los médicos. De esos que llegan sin avisar y no dejan tiempo para despedidas.

En su piso encontraron lo que cabía esperar: papeles del ayuntamiento, recibos antiguos, sobres vacíos guardados en un cajón de la cocina. Todo ordenado con una pulcritud obstinada.

El ayuntamiento se hizo cargo del piso.

No había herederos.

El lunes siguiente no apareció ningún sobre en el despacho parroquial.

Ni el siguiente.

Ni el mes después.

El nuevo cura pensó que aquella costumbre, como tantas otras, había terminado por agotarse. Cerró el cuaderno donde se anotaban las cifras y lo guardó en un cajón.

Pasó casi un año.

Una tarde de invierno, mientras ordenaba archivos antiguos en el armario parroquial, encontró una carpeta delgada escondida entre papeles administrativos de hacía décadas.

Dentro había varias hojas escritas con letra pequeña y meticulosa.

No eran cuentas.

Eran listas.

Iniciales. Fechas. A veces solo un nombre. En el margen de cada línea había un pequeño círculo, y muchos de esos círculos estaban tachados con un trazo firme.

El cura pasó varias páginas sin entender demasiado. Reconoció algunos apellidos del pueblo. Otros pertenecían a gente que ya no vivía allí.

Al final de la carpeta encontró una hoja suelta.

En ella había una sola línea, escrita con la misma letra precisa: “Hay cosas que no se pagan cuando ocurren. Se pagan cuando ya no están”.

El cura dejó la hoja sobre la mesa.

La iglesia estaba vacía y el frío de la tarde se colaba por la puerta entreabierta. Pensó en devolver la carpeta al archivo. Pensó también en romper aquella página.

No hizo ninguna de las dos cosas.

El lunes siguiente, al entrar en el despacho, encontró un sobre marrón apoyado junto al misal.

No llevaba sello.

No llevaba remitente.

Dentro había dinero.

El cura lo contó despacio. Cuando terminó, permaneció un momento mirando los billetes extendidos sobre la mesa.

Luego cerró el sobre y lo dejó en el cajón, junto al cuaderno donde durante años se habían anotado las cifras.

Antes de cerrar, hojeó algunas páginas al azar.

Números. Fechas. Pequeñas cantidades destinadas a cosas que ya nadie recordaba demasiado bien.

Cerró el cuaderno.

Al salir a la calle vio pasar a la gente de siempre: vecinos que se saludaban, niños que corrían hacia la plaza, conversaciones que empezaban y terminaban sin importancia.

Durante un instante pensó en el hombre que había pasado tantos años dejando aquellos sobres sin decir nada a nadie.

Después miró el pueblo, con sus casas, sus rutinas, sus silencios.

Y comprendió que, en lugares así, algunas cuentas tardan mucho en cerrarse.

A veces toda una vida.

@Joaquín M. Floriano.
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Parlamento de barra

sábado, 7 de marzo de 2026

La escena es conocida. Barra de bar, café, zumo o cerveza temprana y televisión encendida sin sonido. El camarero limpia vasos con un gesto automático y alguien comenta la última ocurrencia política como quien comenta el tiempo por decir algo. Nadie responde. No porque falte opinión, sino porque ya no merece el esfuerzo. La política sigue hablando, pero el público ha dejado de escuchar. Y eso es más grave que cualquier insulto parlamentario.

 

 

La barra del bar es uno de los últimos parlamentos sinceros que quedan en este país. No hay escaños, pero sí codos apoyados. No hay micrófonos, pero sobra oído crítico. Y, sobre todo, no hay paciencia para discursos largos. Allí la política entra de refilón, como entra el ruido de la calle, y casi siempre sale igual: con un gesto de cansancio y un comentario irónico.

La conversación política se ha convertido en un monólogo cansino. Los dirigentes hablan entre ellos, para ellos y por ellos. Se interrumpen, se acusan, se repiten. Todo suena igual. Da lo mismo el tema: presupuestos, pactos, investiduras, crisis, trapicheos o chanchullos varios. El tono es idéntico, la indignación prefabricada y el argumento intercambiable.

En la barra, mientras tanto, la vida sigue. El cliente paga más por lo mismo y ya nadie espera soluciones; a lo sumo, no empeorar más su situación. Ese descenso de expectativas es el verdadero termómetro democrático. No hay enfado, que sería saludable. Hay desinterés. Y el desinterés es una derrota silenciosa.

La política ha confundido comunicación con saturación. Hay declaraciones para todo, incluso para nada. Se opina antes de pensar y se rectifica sin rubor. El resultado es un lenguaje gastado que ya no significa nada. Palabras grandes usadas para asuntos pequeños y silencios prolongados para problemas enormes. Se habla mucho y se dice poco. Y cuando se dice algo relevante, llega tarde o se diluye en el ruido general.

En lugares como Extremadura este fenómeno se percibe con mayor claridad. Aquí las consecuencias son concretas. Menos inversión, menos servicios, menos oportunidades. Pero el discurso sigue siendo igual de genérico y abstracto. La política no conecta porque no pisa suelo, porque no baja a la barra ni escucha lo que allí se repite cada día.

Porque allí se habla de lo concreto, de lo que no llega, de lo que se fue y de lo que probablemente no volverá. Del hijo que trabaja fuera, del pueblo que envejece, del tren eterno de los sueños, de la espera del médico, del cierre de otro comercio, de los bajos sueldos y pensiones o de esa vivienda convertida en tierra prometida. Por eso la política chirría cuando intenta colarse con consignas prefabricadas y palabras aprendidas de memoria.

La barra es testigo mudo de promesas incumplidas y debates que no llegan a nada.

"El problema no es que la gente no entienda la política. Es que la política ha dejado de interesarse por entender a la gente".

Y así nos va.

@Joaquín M. Floriano.
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