Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

El Mapa

lunes, 27 de abril de 2026

Había llenado el depósito tres días atrás. El indicador seguía en lleno.

Lo notó al aparcar frente a la plaza, justo antes de apagar el motor. Lo descartó enseguida, como se descartan las cosas que resultan difíciles de encajar.

 

 

El pueblo tenía la quietud específica de los lugares que no esperan ser visitados. Una fuente sin agua en el centro de la plaza. Casas con las persianas a medio bajar. Un árbol junto al ayuntamiento con el tronco tan oscuro que parecía mojado, aunque no había llovido.

Cogió el mapa del asiento del copiloto. Lo buscó. Lo buscó dos veces. El nombre que figuraba en la placa de entrada -madera sin pintar, letras grabadas a mano- no aparecía en ningún punto.

- Ese mapa tiene años -dijo una voz a su espalda.

Un hombre mayor, sentado en el banco junto a la fuente, lo miraba con la expresión de quien esperaba esa reacción desde antes de que ocurriera.

- ¿Y? -preguntó el viajero.

- Que ya no coincide con nada.

No explicó con qué. El viajero esperó, pero el hombre había vuelto a mirar hacia la plaza con esa atención vaga de quien ha terminado de decir lo que tenía que decir.

Caminó un poco. La calle principal tenía la longitud justa para sugerir que continuaba, pero terminaba en una curva que devolvía al mismo eje. Entró en el único bar que encontró, más por necesidad de hacer algo que por sed.

Dentro había cuatro personas. Dos hombres en una mesa, una mujer detrás del mostrador, un niño que leía algo en el rincón. Nadie levantó la vista. Eso le resultó más extraño que si lo hubieran hecho todos.

Pidió café. La mujer lo preparó en silencio, sin el comentario rutinario que en cualquier otro sitio habría llenado la espera.

- ¿Cómo se sale? -preguntó el viajero.

La mujer lo miró antes de responder.

- ¿Tiene prisa?

Algo en el tono lo desconcertó, aunque no habría sabido decir qué exactamente. Una cadencia distinta, o quizá la ausencia de sorpresa ante la pregunta, como si la hubiera estado esperando.

- Sí -dijo.

- Al sur, entonces. Por donde entró.

Bebió el café de pie. Tenía un sabor fuerte, más amargo de lo esperado, que tardó en disolverse.

Salió y condujo directo hacia donde había llegado. La carretera era la misma, las mismas curvas, los mismos árboles a intervalos regulares. Siguió un cuarto de hora, luego más. El paisaje no cambiaba de una forma describible, sino de esa manera que solo se nota a posteriori, cuando uno comprende que ha pasado por el mismo sitio sin recordar el instante exacto.

La plaza apareció al doblar una curva que no recordaba haber tomado.

Aparcó. Apagó el motor.

El hombre mayor seguía en el banco.

- Ha dado la vuelta -dijo.

- No he girado en ningún momento.

- Aun así.

El viajero se quedó dentro del coche un minuto largo mirando el volante. Después salió y fue directo al bar.

Esta vez se sentó.

Pidió algo sin saber bien qué. La mujer lo sirvió sin preguntar. El viajero apoyó las manos sobre la mesa y se quedó mirándolas.

Tenía un destino. Lo recordaba como algo firme, incluso necesario. Pero al intentar nombrarlo, aunque solo fuera para sí mismo, la imagen se disolvía antes de concretarse, igual que los sueños que uno sabe haber tenido, pero no puede recuperar al despertar.

La mujer no dijo nada.

Tampoco él.

Esa tarde intentó salir otras dos veces. La segunda, por un camino de tierra que prometía alejarse del pueblo en dirección contraria. Estuvo una hora conduciendo entre campos. Cuando el terreno empezó a inclinarse, reconoció el tejado de la iglesia, más abajo, en el sitio donde siempre había estado.

Al regresar, el hombre del banco ni lo miró.

Encontró una habitación para alquilar en una casa de la calle de atrás. La señora le cobró una cantidad razonable y le dio una llave sin ningún comentario sobre cuántas noches. El cuarto era pequeño. Sobre la mesilla había un vaso con agua y una flor seca que nadie había retirado.

Aquella noche, antes de dormir, sacó el mapa una última vez.

El nombre de la placa de entrada no estaba. Tampoco ninguna referencia que permitiera situar el pueblo en relación con algo conocido. El dedo recorría las líneas sin encontrar ancla. Dobló el papel y lo guardó en el cajón.

Los días siguientes pasaron con una regularidad que no resultaba opresiva. El viajero desayunaba en el bar, caminaba, observaba. Los habitantes se movían con la rutina de quienes llevan mucho tiempo sin necesitar explicar nada. Respondían cuando se les preguntaba. No hacían preguntas. Había en ese trato una cortesía sin esfuerzo que no era frialdad.

Una mañana encontró al hombre mayor en el banco y se sentó a su lado.

- ¿Usted también llegó así? -preguntó el viajero.

El hombre tardó.

- Todos llegamos de alguna manera.

- ¿Y los que intentan irse?

- A veces lo consiguen.

El viajero lo miró.

- ¿Cuándo?

El hombre consideró la pregunta durante un tiempo que parecía excesivo para lo que respondió.

- Cuando ya no necesitan irse.

La mañana tenía una claridad fría, de esa clase que endurece los contornos. La fuente seguía seca. El árbol junto al ayuntamiento, oscuro.

El viajero no respondió.

Esa tarde no intentó marcharse. Tampoco al día siguiente.

Llegó un momento -no supo precisar cuándo- en que dejó de llevar el mapa encima. Lo había sacado del cajón varias veces, siempre lo había vuelto a guardar sin encontrar nada útil en él. Un día simplemente no lo sacó.

Alguien le propuso ocuparse de una tarea pequeña en la plaza, algo relacionado con el mantenimiento de la fuente. Aceptó sin pensarlo demasiado.

Una tarde, mientras limpiaba el borde de piedra, llegó un coche por la calle principal. El conductor redujo la velocidad, miró a su alrededor con esa expresión específica de quien busca algo que debería estar señalizado y aparcó frente a la plaza.

Bajó con un mapa en la mano.

El viajero observó ese gesto y reconoció algo en él que no supo cómo nombrar. Una certeza incómoda, anterior al pensamiento.

Se acercó despacio.

- ¿Busca algo? -preguntó.

El recién llegado lo miró con alivio.

- Este pueblo no aparece en el mapa.

- No -dijo el viajero.

- ¿Cómo se llama?

El viajero consideró la pregunta. Nadie se lo había dicho explícitamente. Pero lo sabía, de la misma manera que se saben las cosas que llevan tiempo siendo ciertas.

- Tiene varios -dijo.

El recién llegado frunció el ceño.

El viajero miró hacia la plaza, luego otra vez al hombre. El árbol oscuro junto al ayuntamiento. La fuente seca. El banco vacío frente a ella.

- ¿Tiene prisa?


@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados.

El encanto perdido

sábado, 18 de abril de 2026

Hay lugares que no se olvidan, aunque uno se empeñe. A mí me ocurre con la plaza de San Jorge. No sé si recordarla o pedirle disculpas cada vez que paso por allí.


 

Porque uno la conoció de otra manera.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que bastaba una guitarra, un poco de ganas y cuatro voces sin demasiada vergüenza para llenar aquella plaza de vida. Nos sentábamos en corro, sin plan, sin reloj, a cantar lo que saliera y a hablar de todo y de nada. Con esa sensación de que el mundo quedaba lejos. No hacía falta nada más. Y luego estaba el jardín de Cristina de Ulloa, medio escondido, con ese aire entre íntimo y tranquilo que lo convertía en un lugar casi obligatorio cuando uno quería impresionar o simplemente quedarse un rato en silencio.

Arriba, el mirador: abierto, libre, sin horarios y sin consumo mínimo.

Y a un lado, las tiendas. Ocho. Pequeñas, distintas, vivas. El cobre de Guadalupe, el mimbre de Baños, la cerámica de Arroyo, la orfebrería de Ceclavín. Y aquel hombre, inclinado sobre su trabajo, tejiendo mantas sin prisa. Aquello no era solo comercio. Era identidad.

Después llegaron las decisiones. Las de despacho.

Se cerró el paso. Se desalojaron los locales. Se decidió que todo aquello debía transformarse en una cafetería. Se perdió el mirador. Se perdió el acceso. Y lo que era un rincón abierto empezó a parecer un espacio prestado.

La cosa no salió bien. La cafetería duró lo que duran las decisiones que no nacen del sentido común. Cerró en pandemia, sí, pero ya venía herida. Informes, pleitos y responsabilidades cruzadas. Y mientras tanto, la plaza esperando. Como esas casas viejas donde alguien dejó de vivir sin avisar.

Ahora se hunde una cubierta. Se apuntala lo que queda. Se cierra el jardín. Y se anuncia una cesión a otra fundación, con cifras que suenan bien sobre el papel. Nuevos usos. Nombres serios. Muy institucional.

Pero uno no puede evitar pensar, a riesgo de equivocarse, que llevamos años jugando a un extraño “ni contigo ni sin ti” con ese bello rincón. Ni es lo que fue, ni ha llegado a ser lo que prometieron. Ni es espacio público, ni ha funcionado como negocio. Ni tiene vida, ni se le espera a corto plazo. Ni es de todos, ni ha servido a nadie.

Y en medio de todo eso, Cáceres ha perdido algo que no se mide en inversiones.

Se han perdido pequeños trabajos. Se ha perdido un pequeño mercado de identidad. Se ha perdido un mirador que no necesitaba camareros. Se ha cerrado un jardín que no pedía entrada. Se han perdido aseos públicos. Se ha perdido, en fin, un trozo de ciudad que no estorbaba a nadie.

Quizá lo más triste no sea el derrumbe reciente. Eso tiene arreglo técnico.

Lo preocupante es lo otro: que lo que se vino abajo hace años no era una cubierta. Era el sentido común. Y eso, por desgracia, no hay andamio que lo sostenga. 

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
Derechos reservados.
 

 


La claridad del fondo

viernes, 10 de abril de 2026

La librería de la calle San Martín nunca cerraba del todo. Irene bajaba la verja a la hora acostumbrada, giraba dos veces la llave y apagaba las luces, pero siempre quedaba una claridad mínima al fondo, como si alguna lámpara olvidada insistiera en seguir encendida. Nadie se lo había dicho nunca, pero ella lo sabía, y en más de una ocasión, al cruzar la acera de enfrente, había tenido la impresión incómoda de que alguien se quedaba dentro, leyendo.

 


Aquella noche regresó porque había olvidado el móvil. La niebla había bajado temprano y desdibujaba los contornos de la calle; la persiana metálica parecía más vieja de lo que era y, al levantarla, el sonido le resultó extraño, como si perteneciera a otro local. Dudó un segundo antes de entrar, retenida por algo difícil de nombrar.

Dentro, el aire estaba tibio. No había luces encendidas, aunque los lomos de los libros, las mesas y el mostrador se distinguían sin dificultad. Avanzó despacio, tanteando un recorrido que conocía de memoria, hasta que, al fondo, en la sección de saldos, algo crujió con una cadencia que no le sonó de nada.

- ¿Hay alguien?

No alzó demasiado la voz, como si temiera interrumpir algo que no le correspondía.

Nadie respondió. Sin embargo, el sonido volvió a repetirse, más leve esta vez, con ese matiz casi deliberado de quien procura no ser oído. Irene se detuvo y pensó en los gatos que a veces se colaban por la ventana del patio, aunque enseguida descartó la idea: aquello no sonaba igual.

Al acercarse, vio el libro. Estaba abierto sobre la mesa, justo en el centro, como si alguien lo hubiera dejado allí esperándola. No recordaba haberlo visto antes. La cubierta no tenía título. Al pasar la mano por el papel, notó una ligera tibieza impropia de una habitación cerrada.

Leyó la primera línea.

"Hoy he vuelto a la librería. Irene no me ha visto".

Sonrió por puro reflejo, pensando en algún cliente con pretensiones literarias. Aun así, siguió leyendo.

"Se mueve igual que antes, con ese cuidado que tenía cuando ordenaba mis cosas para que no parecieran tocadas. Aún cree que no me di cuenta".

El gesto se le quedó suspendido. Cerró el libro de golpe, aunque no llegó a soltarlo. Se quedó unos segundos con la palma apoyada en la cubierta, como si necesitara comprobar que seguía allí.

- Esto no tiene gracia.

Volvió a abrirlo.

"Ha venido esta noche. Ha olvidado el móvil, como tantas veces antes de que yo desapareciera. Siempre tan distraída cuando quería no pensar".

Irene levantó la cabeza y miró entre los pasillos. La librería estaba inmóvil, pero en ella había una presencia difusa, sin lugar preciso.

Pasó la página.

"Si sigue leyendo, llegará a lo importante. Pero no sé si quiero que lo recuerde".

Notó un latido irregular en la garganta, aunque aun así continuó.

"Yo no me fui. Eso es lo primero que tendría que aceptar. Nadie se va sin más. Siempre queda algo que lo sujeta".

Las palabras tenían un leve brillo, como si hubieran sido trazadas con algo que aún no terminaba de secarse.

Un roce a su espalda, apenas un suspiro, la hizo girarse. Entre las estanterías creyó percibir un movimiento, no una figura nítida, sino algo más impreciso, una falta de luz que se retiraba.

- ¿Quién está ahí?

El silencio que siguió ya no era el habitual del local, sino otro más atento, como si aguardara.

Volvió al libro.

"Se lo expliqué aquella tarde, pero no quiso escuchar. Dijo que no era asunto suyo, que cada uno carga con lo que puede. Y yo no podía".

Irene sintió un frío repentino en las manos. Recordaba vagamente una discusión, una voz elevada, una puerta cerrándose con demasiada fuerza, aunque los detalles no terminaban de encajar.

"Discutimos junto a la escalera del altillo. Ella quería cerrar. Yo quería quedarme. No por los libros. Por otra cosa que nunca le dije".

Levantó la vista hacia la barandilla oscura.

"Fue un empujón torpe. Ni siquiera sé si lo recuerda, o si prefiere no hacerlo. Hay cosas que uno hace y después no puede volver a colocar en ningún sitio".

Subió una presión incómoda desde el estómago hasta la garganta.

"No bajó. Pensó que me había ido dando un portazo. Siempre fui así, dijo después. Incómodo. Alguien a quien era fácil no echar de menos".

Irene cerró los ojos un momento.

"Cuando por fin decidió mirar, ya era tarde. Me encontró al pie de la escalera, pero no llamó a nadie. Se sentó a mi lado. Y se quedó en silencio".

La librería crujió, algo que se asentaba en las vigas del techo.

"Después hizo lo que mejor sabía hacer. Ordenar. Colocó cada cosa en su sitio. A mí también".

Un golpe seco resonó en el techo del altillo. Irene alzó la cabeza, sin moverse.

"Desde entonces, sigo aquí. No en un lugar concreto. En todos. En cada libro que toca, en cada historia que prefiere no terminar".

La última línea ocupaba media página.

"Si hoy ha vuelto es porque, por fin, está dispuesta a leer hasta el final".

Irene notó la humedad en el rostro sin recordar cuándo había empezado a llorar. Cerró el libro con cuidado.

- Empiezo a recordarlo.

Subió los escalones del altillo apoyando la mano en la pared. Cada paso despertaba algo antiguo, apenas reconocido, que ella no quiso nombrar todavía. Arriba, entre cajas de libros sin catalogar, el polvo dibujaba formas irregulares que parecían alterarse con su presencia. Se quedó un momento largo, más de lo necesario, como si el cuerpo supiera que bajar supondría aceptar algo que subir todavía no exigía del todo.

No había nada visible. Ningún rastro concreto.

- No supe qué hacer entonces.

Cuando bajó, la librería había recuperado su aspecto habitual. El libro seguía sobre la mesa. Irene lo colocó en una estantería cualquiera, sin buscar una sección precisa.

Al salir, la niebla comenzaba a disiparse. Cerró la verja, giró la llave y, antes de marcharse, miró el interior a través del cristal.

La claridad del fondo seguía allí.

Esta vez no apartó la mirada.

@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados.

Bastará con mirar

viernes, 3 de abril de 2026

Paseando por Pintores me crucé con un buen amigo cofrade de los de siempre. Uno de los que ya ha visto pasar muchas Semanas Santas. Me contó que este año no saldría. Problemas médicos, dijo. Pero, “hay más jóvenes que nunca. Y vienen empujando fuerte”, añadió. Lo dijo con orgullo, como quien deja algo en buenas manos.



En Cáceres, la Semana Santa no es solo una cita en el calendario. Es una manera de estar, de ocupar la calle sin estridencias, de sostener una práctica que no necesita explicarse demasiado. Porque no nace de la nada. Es el resultado del trabajo de muchas generaciones que han ido dejando su huella.

Y uno puede llamarlo tradición, con esa palabra que suena tan gastada. Pero basta acercarse un poco para entender que ahí hay algo más. Hay patrimonio, hay historia, hay una densidad artística que no admite el desprecio fácil. Esas esculturas -madera, peso, siglos-, que algunos reducen a simples “muñecos” merecen, al menos, una mirada detenida antes de hablar. No hace falta ser creyente, pero conviene detenerse un poco y observar en silencio. Aunque cueste, porque el silencio, cuando es reflexivo, obliga a pensar. Y pensar, en estos tiempos, resulta incómodo.

También hay fe, claro. Una fe que no se impone, que no exige, que simplemente se muestra. Y que convive con otras formas de mirar la vida. Porque en esas calles hay de todo: creyentes, curiosos, indiferentes, turistas y vecinos. Y, cada vez más, jóvenes comprometidos. Chicos y chicas que se colocan la túnica con una naturalidad que desarma prejuicios y que lucen, con orgullo y sin complejos, la medalla de su cofradía. Relevos que no parecen improvisados, sino firmes. Como si la tradición, lejos de agotarse, hubiera encontrado otra forma de seguir.

Mientras tanto, hay quien observa desde fuera con cierta distancia. A veces con ironía, otras con un desdén que se disfraza de humor. Es una actitud conocida. No hace ruido excesivo, pero se deja oír. Y suele aparecer justo cuando esta forma de vivir la calle deja de ser discreta y se hace visible.

Es curioso, porque hablamos mucho de respeto, de convivencia, de tolerancia, de diversidad. Y, sin embargo, cuando la tradición cristiana ocupa su espacio, parece que pierde automáticamente su condición de cultura o de patrimonio para convertirse en algo discutible. No es una gran polémica, pero sutilmente está ahí.

Frente a eso, la respuesta nunca es el enfrentamiento. Es, más bien, la presencia. Callada y constante. La de quienes siguen saliendo, la de quienes miran con respeto o la de quienes, sin compartirlo, se acercan sin necesidad de explicaciones. 

Porque la Semana Santa no obliga a creer. Ni siquiera exige participar. Solo pide algo más sencillo, y quizá más difícil: respeto. Ese respeto que no se anuncia ni se convierte en bandera. El que consiste, simplemente, en saber estar.

Hoy es Viernes Santo. Y en Cáceres, como tantas veces, bastará con mirar para entenderlo.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
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