Llega agosto y el ritual se repite con precisión suiza. El español medio carga el coche como si fuera una mudanza: la sombrilla asomando por la ventanilla, la nevera amenazando con abrirse en cada curva y las maletas comprimidas por esa ley física según la cual siempre cabe un bulto más. Al llegar, descubre que otros tres millones tuvieron la misma idea. Empiezan las vacaciones. O, mejor dicho, la supervivencia estival.
Porque las vacaciones del contribuyente tienen algo de prueba de resistencia. Toca encajar la sombrilla sin invadir la toalla ajena, esquivar balonazos de futuros mundialistas y sobrevivir al vecino convencido de que su música es comunitaria.
Cuando por fin uno consigue relajarse, llegan los mosquitos, puntuales como si llevaran el itinerario del veraneante apuntado. Y regresa al apartamento con más picaduras que recuerdos, tras pagar una fortuna por compartir la arena con media provincia.
Y luego está el chiringuito, esa institución nacional donde la cola de cuarenta minutos es solo el aperitivo del aperitivo. Cuando llega su turno, el camarero -exhausto, heroico- anuncia que no queda lo que uno soñaba desde las once. No importa. Se acepta cualquier cosa con tal de justificar la espera.
Mientras tanto, en algún rincón privilegiado del mapa -pongamos una de nuestras islas o algún pazo con nombre de otro siglo-, el inquilino de la Moncloa disfruta de sus vacaciones. Pero las suyas pertenecen a otra categoría, casi mitológica: sin bosque de varillas, sin pelotazos, sin colchonetas invadiendo el horizonte. Quizá la "nueva normalidad", esa expresión tan manida, no sea otra cosa que esto: unos disfrutando sin red y otros remando sin descanso.
Unos esquivan medusas, otros encuentran aguas cristalinas. Unos hacen cola para una ración, otros tienen mesa reservada y cocinero propio. Y mientras la familia española supera una yincana playera, otros se reservan extensiones de costa donde ni siquiera el mar molesta.
La seguridad vigila. Los invitados llegan. El protocolo funciona con una eficacia que rara vez encuentra el ciudadano cuando necesita resolver un simple trámite. Y esas vacaciones, además, parecen exentas de otra cosa: la responsabilidad tampoco viaja con ellas. Se queda en tierra, esperando septiembre.
No se trata de negarle el descanso a nadie. Faltaría más. Porque el problema nunca ha sido que algunos vivan bien. El problema empieza cuando vivir bien depende del bolsillo de quienes apenas consiguen permitirse sobrevivir unos días lejos de casa.
Agosto tiene algo de espejo. En la misma costa conviven dos países. Uno hace equilibrios presupuestarios calculando hasta el precio de cada helado y vuelve a casa con arena hasta en el DNI. El otro contempla el horizonte con una tranquilidad que parece comprada al por mayor, aunque nunca la haya pagado él.
Y ahí está la diferencia que de verdad importa: el español medio paga sus propias vacaciones. Y, de propina, paga también las de algunos privilegiados.
Al final, cuando regresa con el coche otra vez cargado y la cartera más ligera, descubre que el verdadero recuerdo no son las puestas de sol ni los baños en el mar. Es la sospecha de que, en este país, hasta el descanso paga impuestos, mientras el privilegio sigue disfrutando de una curiosa exención moral.
Joaquín M. Floriano
Con otra mirada – Columnista

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