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La nueva normalidad

sábado, 5 de septiembre de 2026

Hay expresiones que, por mucho que uno las repita, siguen sonando a contradicción. "Nueva normalidad" es una de ellas. Quizá porque la normalidad, por definición, no necesita apellidos. Es normal lo que ocurre sin levantar preguntas, lo que no exige explicación. Lo demás podrá ser nuevo o preocupante, pero llamarlo normalidad se parece más a tranquilizar la conciencia que a describir la realidad.



Nació durante la pandemia, cuando hacía falta ponerle nombre a algo que no tenía nada de normal: calles vacías, hospitales desbordados, una vida entera que había que rehacer gesto a gesto. Hablar de "nueva normalidad" permitía imaginar que aquello, con el tiempo, dejaría de doler. Durante un tiempo, incluso, funcionó como consuelo. El problema es que aprendimos demasiado bien.

Porque la expresión sobrevivió al virus y se quedó para servir a casi cualquier anomalía siguiente. Cuando una anomalía se repite, solo caben dos salidas: resolverla o acostumbrarse a ella. La segunda sale mucho más barata para quien debería ocuparse de la primera, y además no exige comparecencia ni disculpa pública.

Lo hemos vuelto a escuchar estos días, a cuenta de la última avalancha de decenas de miles de personas sobre Ceuta, con más de cien muertos que ya empiezan a diluirse en el relato oficial. También aparecerá, con toda probabilidad, cuando vuelva a producirse aquello que hoy nos parece excepcional y mañana alguien nos explique que forma parte de la "nueva normalidad": una frontera que termina desbordándose, o simplemente alguna institución instalada desde hace tiempo en la costumbre de llegar tarde. Basta cambiar lo suficiente el significado de la palabra para que todo empiece a parecer normal.

Y ahí está el verdadero peligro.

Porque la nueva normalidad no resuelve nada. Solo logra que dejemos de exigirlo. La excepción se vuelve rutina y la incapacidad, adaptación. Lo que antes provocaba preguntas hoy provoca, a lo sumo, un suspiro resignado. Y lo que debería generar responsabilidades termina disuelto en una fórmula lo bastante neutra como para que no haga falta dar explicaciones a nadie.

Es una fórmula eficaz, casi elegante, y sobre todo barata de aplicar. Basta explicar después que aquello era inevitable y esperar a que amaine el interés informativo. El que insista en preguntar quién debía haberlo impedido se encontrará con el mismo recurso de siempre: el gesto grave y el recordatorio de que vivimos tiempos difíciles, como si eso explicara algo.

Pero una cosa es aceptar que el mundo cambia y otra muy distinta aceptar que cualquier deterioro deba convertirse en norma. No conviene confundir adaptación con resignación, por mucho que ambas palabras compartan últimamente el mismo despacho.

Porque lo anormal no se vuelve normal por repetirse. Una gotera que lleva años goteando sigue siendo una gotera, aunque alguien coloque un cubo debajo y explique, muy serio, que esa es la nueva normalidad del tejado.

Tal vez haya que recuperar la responsabilidad, sin matices. Y, ya puestos, algo todavía más incómodo: la solución. Porque una sociedad no debería acostumbrarse a sus problemas. Debería resolverlos, aunque eso no dé ni una sola fotografía o un triste titular.

Mientras tanto, detrás de cada nueva normalidad, sigue esperando la misma pregunta que nadie quiere responder: ¿quién debería haber actuado para que esto no hiciera falta?

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.