Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

Del otro lado

domingo, 5 de julio de 2026

- Por la noche hablan más.

Andrés lo dijo mirando el plato, sin elevar la voz, y nadie dejó de comer. Era una cena cualquiera, con el ruido habitual de los cubiertos y las conversaciones cruzadas: esa clase de murmullo que absorbe una frase antes de que tenga tiempo de pesar.



Su madre frunció el ceño.

- ¿Quiénes?

El niño dudó, no por inseguridad, sino con la pausa de quien considera que la respuesta es demasiado evidente para tener que pronunciarla.

- Los del cementerio.

Alguien se rio, con esa risa breve que se reserva para las ocurrencias de los niños, y la conversación siguió. No hubo más preguntas, al menos esa noche.

El asunto reapareció días después, cuando Andrés empezó a precisar. No añadía dramatismo ni parecía buscar ningún efecto; se mostraba molesto, en cambio, cuando alguien le pedía que repitiera lo que había dicho, con esa irritación suave de quien no entiende por qué no se le escuchó la primera vez.

- No es que me hablen a mí -dijo una tarde-. Hablan. Yo escucho.

Su padre intentó darle una explicación razonable. El viento, los animales nocturnos, la imaginación, que a su edad podía hacer cosas así. Andrés asintió sin discutir, con la deferencia tranquila de quien no ve ningún motivo para insistir. Pero no corrigió nada.

Los adultos lo comentaron entre ellos, siempre en voz baja, mezclando condescendencia con prudencia, sin decidir si convenía investigarlo o dejarlo pasar. Lo que torció el tono fue algo que nadie esperaba: Andrés empezó a mencionar nombres. Nombres completos, con apellidos que no se oían desde hacía años, algunos pertenecientes a lápidas tan antiguas que la piedra ya no los dejaba leer bien.

- Don Eusebio dice que no fue un accidente.

Tomás se detuvo. Estaban junto al camino y el niño jugaba con una piedra plana, distraído y preciso a la vez, como si la información no le costara darla.

- ¿Quién?

- El que está al lado del ciprés torcido. El de la tumba rota.

Tomás conocía esa tumba, como todos la conocían. Pero hacía décadas que nadie mencionaba al que estaba enterrado allí.

- ¿Qué accidente?

- El del río.

Andrés se encogió de hombros y siguió con la piedra. Tomás podría haber preguntado; eligió callarse. Esa noche, en el bar, el nombre apareció en las conversaciones con cautela, como una comprobación incómoda que nadie quería terminar de articular: don Eusebio había muerto en el río. Siempre se dijo que había resbalado. Siempre se dijo así.

A partir de entonces las conversaciones cambiaron de lugar: ya no se hablaba del niño en voz baja, sino con él, con cuidado, con preguntas formuladas de manera que no comprometieran demasiado a quien las hacía.

- ¿Y qué dicen?

Andrés no siempre contestaba. Cuando lo hacía, no parecía disfrutarlo.

- Cosas que se quedaron sin decir.

No era una frase aprendida. La pronunciaba igual que habría descrito un ruido: sin adorno, sin conciencia de su peso.

Los nombres se multiplicaron, y con ellos fragmentos de historias menores, detalles que no encajaban con las versiones que el pueblo había sostenido durante años. Nada espectacular, nada verificable, pero suficiente para producir una inquietud que fue instalándose despacio, con la paciencia de lo que no necesita urgencia. Una mujer dejó de pasar por el cementerio después de que Andrés le dijera, sin mirarla, que su hermana no había querido irse. La mujer no tenía hermana, o eso era lo que siempre había dicho. El médico del pueblo, ya mayor, empezó a torcer el camino para evitar cruzarse con el niño después de que este le comentara, casi distraído, que aquel niño no estaba enfermo. Nadie supo a qué niño se refería. El médico tampoco preguntó.

Había nombres que Andrés pronunciaba una sola vez. Si alguien insistía después, negaba haberlos mencionado, y aquello no sonaba a mentira ni a olvido; sonaba a algo para lo que el idioma no tenía palabra exacta, como si esos nombres hubieran dejado de existir en el momento en que volvía a hablar de ellos.

- Yo no he dicho eso.

Y nadie sabía qué hacer con una afirmación así.

Su madre empezó a dormir peor, aunque no habría podido describirlo como miedo. Era más una sensación de convivir con algo que no terminaba de resolverse, cierta dificultad para leer a su propio hijo. 

Una noche, al apagar la luz, creyó oírlo murmurar desde la cama.

- No todos quieren que escuche.

No volvió a decirlo.

Andrés comía, jugaba, respondía cuando se le hablaba, no mostraba nada que un maestro o un médico hubiera señalado. Pero por las noches, a veces, se levantaba en silencio y se quedaba de pie junto a la ventana de su habitación, mirando hacia la oscuridad donde empezaba el camino al cementerio. No buscaba nada. Esperaba.

Una noche, el padre decidió observarlo. Se levantó sin encender la luz y se acercó por el pasillo. La puerta del cuarto estaba entreabierta y desde allí pudo ver la silueta de Andrés, inmóvil frente a la ventana, con los brazos pegados al cuerpo y los hombros quietos. El suelo crujió un poco y el niño giró la cabeza sin sobresaltarse.

- Hoy no hablan -dijo.

- ¿Por qué?

Andrés volvió a mirar hacia fuera y tardó en responder, como si la respuesta llegara de otro lado.

- Porque hay alguien nuevo.

El padre se quedó quieto, en el borde exacto del miedo.

- ¿Quién?

Andrés no contestó. Regresó a la cama y en cuestión de segundos se durmió, con esa facilidad de los niños para dormirse que a los adultos les resulta, a veces, incomprensible.

A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una noticia: habían encontrado el cuerpo de Lucía en su casa, sin signos de violencia. El médico habló de causa natural. Nadie lo cuestionó, aunque el comentario de Andrés de la noche anterior se coló en algunas conversaciones como una corriente que nadie terminaba de reconocer en voz alta. El entierro fue breve. El cementerio, más concurrido de lo habitual.

Andrés no fue. Dijo que no hacía falta.

- Ya está allí.

Nadie supo si se refería al cuerpo o a otra cosa, y nadie lo preguntó.

Esa misma noche volvió a levantarse, y esta vez fue su madre quien lo siguió hasta la ventana. Se colocó a su lado y miró hacia donde él miraba, pero no vio más que el contorno oscuro de las tumbas bajo la luna, formas quietas y conocidas.

- ¿Qué dicen ahora? -preguntó.

- No hablan de ellos.

A la madre le temblaron las manos.

- ¿De quién hablan?

Andrés parpadeó despacio.

- De nosotros.

El silencio que siguió no era diferente de otros silencios, al menos en apariencia. Pero tenía algo dentro que la madre no encontró manera de nombrar, algo parecido a la diferencia entre un cuarto vacío y uno que alguien acaba de abandonar. Retrocedió un paso sin darse cuenta. Andrés permaneció donde estaba unos segundos más, luego dijo algo en voz baja:

- Antes era más fácil.

- ¿Qué?

- Escuchar.

Se metió en la cama. La madre se quedó un rato junto a la ventana, mirando el cementerio, sin saber ya qué buscaba. Y sin embargo, durante un instante, tuvo la impresión de que algo había cambiado de lugar entre las tumbas: no una figura ni una forma, sino una ausencia ligeramente distinta de sí misma, como si alguien hubiera decidido moverse sin haber estado nunca del todo quieto.

A la mañana siguiente, Andrés no dijo nada. Los nombres fueron diluyéndose con los días; las historias se disolvieron en la memoria del pueblo con la misma lentitud con que habían llegado, y la vida continuó, aunque de otra forma. Una normalidad más atenta, que ya no era del todo la misma.

Andrés creció. Dejó de mirar por la ventana, o al menos dejó de hacerlo cuando alguien podía verlo. Nunca volvió a hablar de los muertos. Pero cuando alguien del pueblo fallecía, se producía una pausa en las conversaciones, una espera breve que nadie habría reconocido como tal y que sin embargo ocurría, casi involuntaria, como si todos aguardaran, sin acabar de saber por qué, a que él dijera algo.

No lo hacía.

Se limitaba a escuchar. Con la misma atención de siempre, tranquilo y un poco aparte. Como si aún quedara algo por decir.


@Joaquín M. Floriano.
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