La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Así arranca el Juan de Mairena de Machado, y el diálogo que sigue después cabe en dos líneas. Agamenón, rey de reyes, dice "Conforme". El porquero, que lleva la vida entera mirando a los poderosos desde el cercado, responde "No me convence".
Quizá a la frase no le pone pegas. Es quien la pronuncia lo que no le cuadra, y motivos no le faltan.
La Real Academia Española llama mendacidad al hábito o costumbre de mentir. Conviene detenerse en la primera palabra. Todos soltamos alguna mentira de vez en cuando: la excusa para no ir a una comida, el "ya voy llegando" dicho desde el sofá. Eso es lubricante social y no tiene mayor historia. La mendacidad empieza cuando la primera versión de los hechos nace ya con fecha de caducidad y a nadie le extraña.
Maquiavelo lo vio venir, aunque no le pusiera ese nombre. Nunca escribió que el fin justifique los medios, por más que se le atribuya, pero en el capítulo XVIII de El príncipe dedicó sus párrafos a si el gobernante debe cumplir su palabra. Respondió que solo mientras le conviniera y aconsejó que aprendiera del zorro. Añadió algo todavía más fino: que todos ven lo que el príncipe parece y pocos advierten lo que es. Aquel florentino recomendaba el engaño como herramienta de uso ocasional. Lo que no llegó a imaginar es que la herramienta acabara convertida en costumbre.
Ahí está la diferencia. La mentira de conveniencia se abandona en cuanto deja de convenir; la mendacidad, en cambio, se queda a vivir. Cambia de despacho y de portavoz, pero conserva la costumbre.
Ceuta, entre otros muchos ejemplos, acaba de enseñar cómo se amontonan las versiones. Desde la entrada masiva, la explicación oficial ha sido que ningún aviso anticipaba la magnitud de lo ocurrido. El pasado lunes, al despedirse, el delegado del Gobierno recordó que él había alertado a Madrid semanas antes. Cambien ustedes el escenario y las siglas: el guion aguanta cualquier reparto.
Las consecuencias de la mendacidad casi nunca llegan de golpe. Los periódicos, que de esto saben, guardan las rectificaciones en un recuadro de letra menuda y a distancia prudente del titular que las provocó. La verdad rectificada viaja siempre en segunda clase.
Mientras tanto, se gasta algo que no figura en ningún presupuesto: el crédito. Quien ha oído varias versiones de lo mismo deja de llevar la cuenta y se limita a esperar la siguiente. Termina por no necesitar que le mientan otra vez para desconfiar. Le basta con oír hablar.
Ese es el porquero de Machado, y hoy lo encuentra uno en la cola de la pescadería y en el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos. El porquero somos casi todos, con más memoria de la que se nos supone. La verdad, dicha por cualquiera, le parece muy bien. Pero que se la cuente el mismo Agamenón que le contó otra cosa el mes pasado, eso ya no. Así que el día que el rey de reyes diga por fin la verdad, sin adornos, el porquero seguirá donde estaba, de brazos cruzados y con la misma respuesta: "No me convence".
@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
