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Vacaciones sin factura

sábado, 22 de agosto de 2026

Llega agosto y el ritual se repite con precisión suiza. El español medio carga el coche como si fuera una mudanza: la sombrilla asomando por la ventanilla, la nevera amenazando con abrirse en cada curva y las maletas comprimidas por esa ley física según la cual siempre cabe un bulto más. Al llegar, descubre que otros tres millones tuvieron la misma idea. Empiezan las vacaciones. O, mejor dicho, la supervivencia estival.


 

Porque las vacaciones del contribuyente tienen algo de prueba de resistencia. Toca encajar la sombrilla sin invadir la toalla ajena, esquivar balonazos de futuros mundialistas y sobrevivir al vecino convencido de que su música es comunitaria.

Cuando por fin uno consigue relajarse, llegan los mosquitos, puntuales como si llevaran el itinerario del veraneante apuntado. Y regresa al apartamento con más picaduras que recuerdos, tras pagar una fortuna por compartir la arena con media provincia.

Y luego está el chiringuito, esa institución nacional donde la cola de cuarenta minutos es solo el aperitivo del aperitivo. Cuando llega su turno, el camarero -exhausto, heroico- anuncia que no queda lo que uno soñaba desde las once. No importa. Se acepta cualquier cosa con tal de justificar la espera.

Mientras tanto, en algún rincón privilegiado del mapa -pongamos una de nuestras islas o algún pazo con nombre de otro siglo-, el inquilino de la Moncloa disfruta de sus vacaciones. Pero las suyas pertenecen a otra categoría, casi mitológica: sin bosque de varillas, sin pelotazos, sin colchonetas invadiendo el horizonte. Quizá la "nueva normalidad", esa expresión tan manida, no sea otra cosa que esto: unos disfrutando sin red y otros remando sin descanso.

Unos esquivan medusas, otros encuentran aguas cristalinas. Unos hacen cola para una ración, otros tienen mesa reservada y cocinero propio. Y mientras la familia española supera una yincana playera, otros se reservan extensiones de costa donde ni siquiera el mar molesta.

La seguridad vigila. Los invitados llegan. El protocolo funciona con una eficacia que rara vez encuentra el ciudadano cuando necesita resolver un simple trámite. Y esas vacaciones, además, parecen exentas de otra cosa: la responsabilidad tampoco viaja con ellas. Se queda en tierra, esperando septiembre.

No se trata de negarle el descanso a nadie. Faltaría más. Porque el problema nunca ha sido que algunos vivan bien. El problema empieza cuando vivir bien depende del bolsillo de quienes apenas consiguen permitirse sobrevivir unos días lejos de casa.

Agosto tiene algo de espejo. En la misma costa conviven dos países. Uno hace equilibrios presupuestarios calculando hasta el precio de cada helado y vuelve a casa con arena hasta en el DNI. El otro contempla el horizonte con una tranquilidad que parece comprada al por mayor, aunque nunca la haya pagado él.

Y ahí está la diferencia que de verdad importa: el español medio paga sus propias vacaciones. Y, de propina, paga también las de algunos privilegiados.

Al final, cuando regresa con el coche otra vez cargado y la cartera más ligera, descubre que el verdadero recuerdo no son las puestas de sol ni los baños en el mar. Es la sospecha de que, en este país, hasta el descanso paga impuestos, mientras el privilegio sigue disfrutando de una curiosa exención moral.

Joaquín M. Floriano
Con otra mirada – Columnista 

 


 

No consta

sábado, 8 de agosto de 2026

Hay lugares que conservan un prestigio silencioso. Uno es la oficina de objetos perdidos. Allí terminan paraguas huérfanos, llaves sin cerradura, carteras y mochilas despistadas o ese móvil que alguien dejó en cualquier sitio. La gente acude con esperanza y resignación a partes iguales, sabiendo que pocas veces recupera lo que fue a buscar, pero confiando en que, por esta vez, las cosas regresen. Al fin y al cabo, todo objeto tiene dueño.


Con las responsabilidades ocurre justo lo contrario. Y con las acciones, también. Se anuncian investigaciones, se prometen comparecencias y todo se archiva en cuanto llega la siguiente urgencia.

Ocurrió con la pandemia. Entre comités de expertos que nadie llegó a conocer y criterios que cambiaban con desconcertante facilidad, el país aprendió que una responsabilidad podía confinarse mejor que una persona.

Después llegaron otros episodios que sería injusto mezclar. La DANA y las dudas sobre la información recibida. Los afectados por la erupción volcánica que siguen esperando ayudas prometidas. El gran apagón, convertido en una explicación pendiente que aún viaja por alguna carretera secundaria. Los fallos de las pulseras de seguimiento para víctimas de violencia de género. La tragedia de Barbate. La catástrofe de Adamuz. Asuntos distintos, sí, pero con un aire de familia inquietante: encontrar culpables resulta mucho más sencillo que encontrar responsables.

Lo hemos visto estos mismos días. Miles de personas cruzaron la frontera de Ceuta en veinticuatro horas, y el Ministerio del Interior aseguró que ningún informe había anticipado la magnitud del suceso. Distintos medios sostienen lo contrario: que los avisos existieron, semanas antes, con fecha y remitente. Mientras el desmentido se abría paso, cesaban a la funcionaria que había publicado una cifra. No al alto cargo. A ella. Como si el problema no fuera lo ocurrido en la frontera, sino que alguien lo hubiera contado con demasiada precisión.

Cuando las cosas salen bien sucede un fenómeno digno de estudio. Para inaugurar una infraestructura o atribuirse un acierto siempre aparece una larga fila de voluntarios. Las medallas encuentran pecho con rapidez admirable. Los errores desarrollan, en cambio, una extraña vocación por el anonimato.

Quizá el verdadero milagro administrativo de nuestro tiempo no consista en resolver los problemas, sino en lograr que ningún fracaso tenga autor conocido. Es un escapismo que ya quisieran para sí los grandes ilusionistas. Mientras el ciudadano intenta entender qué ha ocurrido, la explicación ya se ha desplazado unos metros más allá, justo donde empieza la siguiente polémica.

No es cuestión de siglas ni de colores: los gobiernos se turnan y la costumbre permanece intacta, como un mueble que sobrevive a todas las mudanzas.

Y así vamos enlazando crisis con expediente, expediente con promesa, mientras las respuestas se aplazan, las responsabilidades se diluyen y la confianza se desgasta en silencio, que es la forma más eficaz de desgastarla.

Dicen que las oficinas de objetos perdidos conservan durante meses aquello que nadie reclama, hasta que un día alguien aparece, demuestra que le pertenece y se lo lleva de vuelta a casa.

Quizá haya llegado el momento de abrir una ventanilla para las responsabilidades. No hace falta que aparezcan todas. Bastaría con que alguien entrara por la puerta y reconociera una sola como suya.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.