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No consta

sábado, 8 de agosto de 2026

Hay lugares que conservan un prestigio silencioso. Uno es la oficina de objetos perdidos. Allí terminan paraguas huérfanos, llaves sin cerradura, carteras y mochilas despistadas o ese móvil que alguien dejó en cualquier sitio. La gente acude con esperanza y resignación a partes iguales, sabiendo que pocas veces recupera lo que fue a buscar, pero confiando en que, por esta vez, las cosas regresen. Al fin y al cabo, todo objeto tiene dueño.


Con las responsabilidades ocurre justo lo contrario. Y con las acciones, también. Se anuncian investigaciones, se prometen comparecencias y todo se archiva en cuanto llega la siguiente urgencia.

Ocurrió con la pandemia. Entre comités de expertos que nadie llegó a conocer y criterios que cambiaban con desconcertante facilidad, el país aprendió que una responsabilidad podía confinarse mejor que una persona.

Después llegaron otros episodios que sería injusto mezclar. La DANA y las dudas sobre la información recibida. Los afectados por la erupción volcánica que siguen esperando ayudas prometidas. El gran apagón, convertido en una explicación pendiente que aún viaja por alguna carretera secundaria. Los fallos de las pulseras de seguimiento para víctimas de violencia de género. La tragedia de Barbate. La catástrofe de Adamuz. Asuntos distintos, sí, pero con un aire de familia inquietante: encontrar culpables resulta mucho más sencillo que encontrar responsables.

Lo hemos visto estos mismos días. Miles de personas cruzaron la frontera de Ceuta en veinticuatro horas, y el Ministerio del Interior aseguró que ningún informe había anticipado la magnitud del suceso. Distintos medios sostienen lo contrario: que los avisos existieron, semanas antes, con fecha y remitente. Mientras el desmentido se abría paso, cesaban a la funcionaria que había publicado una cifra. No al alto cargo. A ella. Como si el problema no fuera lo ocurrido en la frontera, sino que alguien lo hubiera contado con demasiada precisión.

Cuando las cosas salen bien sucede un fenómeno digno de estudio. Para inaugurar una infraestructura o atribuirse un acierto siempre aparece una larga fila de voluntarios. Las medallas encuentran pecho con rapidez admirable. Los errores desarrollan, en cambio, una extraña vocación por el anonimato.

Quizá el verdadero milagro administrativo de nuestro tiempo no consista en resolver los problemas, sino en lograr que ningún fracaso tenga autor conocido. Es un escapismo que ya quisieran para sí los grandes ilusionistas. Mientras el ciudadano intenta entender qué ha ocurrido, la explicación ya se ha desplazado unos metros más allá, justo donde empieza la siguiente polémica.

No es cuestión de siglas ni de colores: los gobiernos se turnan y la costumbre permanece intacta, como un mueble que sobrevive a todas las mudanzas.

Y así vamos enlazando crisis con expediente, expediente con promesa, mientras las respuestas se aplazan, las responsabilidades se diluyen y la confianza se desgasta en silencio, que es la forma más eficaz de desgastarla.

Dicen que las oficinas de objetos perdidos conservan durante meses aquello que nadie reclama, hasta que un día alguien aparece, demuestra que le pertenece y se lo lleva de vuelta a casa.

Quizá haya llegado el momento de abrir una ventanilla para las responsabilidades. No hace falta que aparezcan todas. Bastaría con que alguien entrara por la puerta y reconociera una sola como suya.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

 


2 comentarios on "No consta"
  1. Nunca existirá esa ventanilla. Incluso cuando se trata de responsabilidades de guerra o de crímenes contra la humanidad la gente cuestiona a aquellos que intentan juzgar a los criminales o como está haciendo Trump o Netanyahu intentar criminalizarlos a su vez.

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    1. No perdamos la esperanza.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Saludos.

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