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La última palabra

domingo, 18 de octubre de 2026

Hay gente con la que se empieza hablando del tiempo y se termina buscando abogado. El asunto es lo de menos: ciertas conversaciones parecen organizadas para que nadie salga de ellas con la camisa limpia. Uno opina, el otro retuerce la opinión, uno intenta aclararla y, cuando quiere darse cuenta, está defendiendo hasta el buenos días con que empezó la mañana.



Se tarda años en aprenderlo: “no todo el mundo conversa para entenderse”. Algunos necesitan llevar la contraria como otros necesitan el café de media mañana, y lo practican con método. Otros confunden tener razón con conseguir que el otro se calle, y perder una discusión les sienta como un insulto a la familia. Hay quien no quiere ganar la discusión: quiere que el otro pierda las ganas de volver a tenerla.

Nuestro error es de buena fe: creemos que basta con explicar bien las cosas. Exponemos argumentos, datos, la hemeroteca y, si hace falta, un libro de la estantería que luego queda abierto sobre la mesa como prueba de cargo. Todo en vano. Quien escucha no busca entender, busca el hueco para replicar: mantener una posición sale más barato que revisarla.

Platón ya lo contó en “La República”, con sus prisioneros de la caverna. Quien vuelve con noticias de la luz no recibe un aplauso, recibe sospechas y, si pudieran, algo peor. A los acostumbrados a las sombras la claridad les parece una impertinencia. Resulta más cómodo discutir con el mensajero que preguntarse si llevan demasiado tiempo equivocados.

También Schopenhauer lo dejó escrito hace casi dos siglos. En “El arte de tener razón”, publicado tras su muerte, reunió treinta y ocho estratagemas para ganar una disputa sin necesidad de llevar razón: exagerar lo que dijo el contrario, cambiar de tema cuando se pierde terreno, irritarlo hasta que pierda el hilo. Un catálogo de trampas que hoy muchos leen como recetario.

Discrepar es legítimo, y una sociedad donde nadie contradijera a nadie daría más miedo que cualquier sobremesa de Nochebuena. Conozco matrimonios que llevan cuarenta años discutiendo si la tortilla lleva cebolla y nadie diría que les va mal. La diferencia está en el propósito: acorralar al contrario hasta que pida perdón sin saber muy bien por qué, acusado de todo menos de lo que realmente dijo.

Hay debates imposibles de ganar y casi imposibles de abandonar. El del grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos, por ejemplo, donde una discrepancia sobre el cubo de la basura alcanza la solemnidad de una sesión parlamentaria, con réplica, dúplica, un pantallazo de los estatutos y un audio de once minutos que nadie ha pedido. Termina imponiéndose el que más aguanta o el que más tiempo libre tiene, que rara vez coincide con el que más razón lleva.

Retirarse a tiempo no tiene nada de cobardía, sino de higiene. Nadie nos obliga a corregir cada falsedad ni a contestar cada insinuación. La vida no es un juzgado de guardia, por mucho que algunos la tomen como tal. La paz tiene un precio y no conviene gastarla en cualquier pleito. Cansa más una discusión inútil que una obra en casa, con la diferencia de que la obra, al final, algo deja.

Pues que se queden con la última palabra. Es lo único que nadie les va a discutir.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

 


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