Hace unos días vi a una mujer detenerse en mitad de una acera concurrida. No ocurrió nada aparatoso. No tropezó, no pidió ayuda, no llamó la atención de nadie. Simplemente se paró. Bajó un instante la cabeza, como quien trata de recordar algo importante, respiró hondo y esperó. Al cabo de unos segundos siguió caminando con absoluta normalidad. La gente continuó a su alrededor como si nada hubiera pasado. Probablemente porque no había pasado nada visible.
Y, sin embargo, ahí estaba todo.
Hay dolencias que anuncian su llegada con estruendo. Irrumpen, ocupan la habitación y obligan al mundo a detenerse. Luego existen otras que entran de puntillas, casi con educación, y se acomodan en la vida de alguien sin hacer demasiado ruido. La esclerosis múltiple pertenece a esa clase de silencios.
A veces empieza con un cansancio raro que no se parece al cansancio. O con una torpeza inesperada al abrocharse una camisa. O con una pierna que no responde igual, una vista que se nubla, una palabra que se queda atrapada a mitad de camino. Son pequeñas traiciones del cuerpo. Lo bastante discretas como para que muchos las confundan con estrés o con una exageración.
Y ahí empieza una segunda batalla, menos visible todavía: la de la credibilidad. Porque lo invisible cuesta explicarlo. Y lo inexplicable termina, demasiadas veces, siendo minimizado.
Vivimos rodeados de lo inmediato, de lo que se puede mostrar, medir o fotografiar. Por eso estas enfermedades tienen algo de injusticia añadida: obligan a demostrar lo que no siempre deja pruebas claras. Y en esa exigencia silenciosa se desgasta también quien las padece.
El 30 de mayo es el Día Mundial de la Esclerosis Múltiple. Se recuerda, se visibiliza, se reclama. La esclerosis múltiple es una enfermedad neurológica, crónica y aún sin cura definitiva, que afecta al sistema nervioso central y altera de forma imprevisible la vida de quien la padece. En España conviven con ella más de 55.000 personas y cada diagnóstico suele llegar, además, en esa edad en la que uno está ocupado construyendo futuro, no renegociándolo.
Y no es una cuestión abstracta. Es vida cotidiana: trabajos interrumpidos, planes reescritos, cuerpos que un día responden y al siguiente no. La incertidumbre no es una categoría médica, pero lo impregna todo.
Por eso la investigación no es un lujo ni un gesto simbólico. Cada avance científico ha permitido mejorar tratamientos, retrasar brotes, abrir horizontes que hace apenas unas décadas parecían imposibles. Pero investigar exige dinero, voluntad política y una paciencia colectiva que rara vez se concede a lo que no da resultados inmediatos. La ciencia necesita tiempo; la enfermedad no lo concede.
La mujer de la acera siguió caminando. Nadie a su alrededor supo lo que acababa de ocurrir en su interior. Porque hay personas que llevan años aprendiendo a caminar sobre un suelo que se mueve. Y lo hacen con una dignidad tan discreta que casi nunca se nota. Tal vez por eso convenga recordarlo hoy: lo más importante de una vida casi siempre ocurre donde nadie está mirando.
@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

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