Nadie sabía desde cuándo estaba Julián. No había una primera vez ni una anécdota que fijara su aparición en la memoria del pueblo; simplemente, en un momento impreciso, alguien reparó en que las velas no las encendía el párroco, sino un hombre de gesto sereno, manos limpias y una edad difícil de situar. A ratos parecía joven; otras veces, no tanto. Dependía de la luz, o quizá de cuánta atención se le prestara.
Se llamaba Julián. No añadió nada más, y nadie sintió la necesidad de pedírselo.
Hablaba poco, pero no evitaba la conversación; su voz, cuando intervenía, tenía un tono neutro, sin intención de imponerse.
Se ocupaba de lo que no se ve: los bancos ordenados y el altar preparado antes de que hiciera falta. Las campanas, decía alguno, las ajustaba el también, aunque nadie lo había visto hacerlo. Los comentarios llegaron después, casi sin querer. La gente decía que siempre había sido así, que había personas que se conservaban bien o que sería la vida tranquila.
Pero los niños crecieron y, al hacerlo, descubrieron que Julián no había recorrido con ellos ese trayecto.
Tomás lo comprendió de golpe una tarde cualquiera. Recordaba haberlo visto desde el banco trasero de la iglesia cuando era niño, balanceando los pies sin tocar el suelo; Julián ya estaba entonces inclinado sobre las velas, repitiendo gestos que no parecían pertenecer a un momento concreto sino a todos a la vez. Ahora, con más de cincuenta años, lo veía desde otra altura, y la impresión era incómodamente nítida.
No parecido. Igual.
Se lo dijo mientras trasladaban unas cajas en la sacristía, más por necesidad que por decisión.
- Usted no cambia.
Julián dejó la caja en el suelo sin prisa. No respondió enseguida; parecía escuchar algo que no estaba en la habitación, o tal vez elegir el momento exacto en que la respuesta dejara de ser una reacción.
- Todos cambiamos -dijo al fin.
La frase quedó suspendida, sin más apoyo. Tomás no insistió, aunque desde entonces empezó a fijarse en él como no lo había hecho antes, y ya no pudo dejar de hacerlo.
Descubrió que Julián no hablaba nunca de su pasado. No mencionaba familia ni lugares, ni ofrecía recuerdos que permitieran situarlo fuera del pueblo; cuando alguien le preguntaba de dónde venía, desviaba la conversación con una habilidad discreta, casi amable, nunca ofensiva, aunque sí definitiva. Los registros parroquiales, revisados con el tiempo por una inquietud mal disimulada que nadie admitía del todo, no ofrecían nada sólido. Su nombre aparecía, sí, pero sin fecha de inicio ni firma reconocible, como si hubiera sido añadido en un margen que no pertenecía a ninguna página concreta.
Los párrocos se sucedieron: uno murió, llegó otro, después otro más.
Julián permaneció.
Tomás envejeció. El pueblo también. Las casas cambiaban sin terminar de ser nuevas, y los nombres de los muertos dejaban de pronunciarse hasta desaparecer. Hubo bodas y entierros, y temporadas largas en que no parecía ocurrir nada.
Julián seguía encendiendo velas.
Una mañana de invierno, Tomás faltó a misa. Su ausencia se notó antes de que alguien la nombrara. Murió esa misma noche. El médico habló de un proceso rápido, sin dolor, y nadie discutió el diagnóstico.
El entierro reunió a los pocos vecinos que aún conservaban memoria suficiente para recordar el pueblo de otra manera. No eran muchos: apenas una docena de rostros en los que el tiempo había trabajado sin reservas. Julián preparó la iglesia antes de que llegara nadie. Colocó las flores, extendió la tela oscura sobre el atril y encendió las velas una por una, de izquierda a derecha, como siempre lo había hecho.
Esa misma tarde murió la señora Elvira.
Había sido una de las más viejas del pueblo. De niña, decía, ya había visto a Julián en la iglesia. En los últimos años hablaba poco, pero cuando lo hacía lo mencionaba sin énfasis, sin el tono de quien refiere algo extraño.
Con su muerte desapareció el último testigo capaz de recordar un tiempo anterior a Julián.
El pueblo no lo comentó. Esas cosas no se comentan.
Esa noche la iglesia permaneció abierta más tiempo de lo habitual. No había misa, y aun así algunos vecinos pasaron frente a la puerta y vieron la luz encendida. No era la de siempre: tenía una cualidad más contenida, menos interesada en iluminar.
Clara se detuvo en el umbral con la sensación imprecisa de que tal vez no le correspondía cruzarlo. No supo por qué entró.
El silencio dentro era más denso que de costumbre.
Julián estaba de pie frente al altar. No llevaba la ropa habitual; vestía de forma sencilla, casi neutra, y durante un instante Clara pensó que, de cruzárselo fuera de allí, tal vez no lo reconocería. Algo en su rostro había cambiado: no había arrugas nuevas ni signos claros de envejecimiento, sino una fijación nueva, como si por fin hubiera adoptado una edad concreta. Tenía la quietud de quien ha dejado de esperar algo.
Se acercó unos pasos.
- ¿Todo bien?
Julián no se volvió.
- Ya no queda nadie.
No parecía hablarle a ella.
Clara miró alrededor.
- ¿Nadie?
- Nadie que me recuerde de antes.
Entonces se giró. Clara lo miró un instante. Y dijo, sin saber por qué lo decía:
- Yo te recuerdo.
Julián sostuvo la mirada. Asintió una sola ve, despacio, con el gesto de quien acepta algo que no cambia nada.
- Tú eres de ahora -dijo-. No es lo mismo.
Caminó hasta uno de los bancos y se sentó con el peso de alguien que lleva demasiado tiempo de pie.
- Pensé que tardaríais más.
Clara no entendió la frase, ni sintió la necesidad de hacerlo. El silencio se acomodó entre los dos, y lo dejó estar.
Cuando volvió a mirarlo, Julián ya no estaba. No hubo ruido ni puerta. Solo el banco vacío y las velas siguiendo su curso.
Clara salió sin prisa.
A la mañana siguiente, alguien preguntó por el sacristán, con una curiosidad leve, casi administrativa.
- ¿Quién?
La respuesta fue inmediata. Natural. Nadie recordaba haber tenido sacristán. La iglesia estaba limpia, las velas encendidas, pero no había nombre que atribuirle.
Clara volvió esa tarde. Se quedó allí unos minutos tratando de fijar una idea que se le escapaba sin resistencia. Luego salió.
Al cruzar la puerta, tuvo la sensación -breve, pero nítida- de haber olvidado algo importante.
No supo qué.
Aunque eso, pensó sin saber exactamente a qué se refería, tampoco cambiaba nada.
@Joaquín M. Floriano.
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