La señora Arencibia tenía la puntualidad de quien espera, no de quien llega.
Salía los domingos vestida siempre igual: falda oscura, zapatos bajos, un abrigo ligero incluso en verano. En la mano derecha llevaba un bolso pequeño; en la izquierda, nada. No era temprano ni tarde: algunos vecinos decían que la veían pasar después de misa. Otros, antes.
Vivía sola en el tercer piso de un edificio antiguo, sin ascensor, y no recibía visitas. Saludaba con cortesía al pasar. Nadie recordaba haberla visto apurada.
Los domingos recorría las mismas calles, siempre el mismo trayecto. Giraba en la esquina de la panadería cerrada, cruzaba la plaza y continuaba hasta el final del paseo arbolado. Allí se sentaba en uno de los bancos, siempre el mismo, el tercero contando desde la farola. Permanecía quieta con la espalda recta y el bolso sobre el regazo. Luego se levantaba y regresaba por donde había venido.
Nunca entraba en tiendas. No hablaba con nadie. Con el tiempo su presencia fue volviéndose parte del domingo, reconocible como las persianas a medio bajar o el ruido de la misa que termina sin que nadie la haya escuchado desde la calle. Al principio hubo alguna mirada curiosa desde los portales. Después dejó de notarse, por aquello de que las cosas que no cambian terminan volviéndose invisibles.
Un invierno, alguien reparó en que la señora Arencibia había faltado dos domingos seguidos. El tercero volvió a aparecer, igual que siempre, aunque caminaba un poco más despacio. Nadie comentó nada; los domingos siguientes continuaron.
Con el paso del tiempo, la señora Arencibia empezó a envejecer de una forma extraña. No de golpe, sino por zonas. Las manos primero. Después la espalda. El rostro tardó más. Aun así, la rutina no se alteró: la salida a la misma hora, el banco, el paseo de vuelta.
Un vecino recién llegado al edificio preguntó una vez por ella. Quiso saber si necesitaba algo, si alguien la esperaba en algún sitio. Nadie supo qué responderle.
Un domingo lluvioso, la señora Arencibia llegó al banco y no se sentó. Permaneció de pie, mirando el suelo. Pasaron varios minutos. Luego regresó a casa. Al domingo siguiente volvió a sentarse. Como si nada.
Los años hicieron su trabajo. Una mañana de entre semana, el portero encontró una nota bajo la puerta del tercero. La señora Arencibia no había bajado a recoger el pan desde hacía días. Avisaron a un familiar lejano, cuyo nombre nadie reconocía. El piso fue abierto con cuidado. Sin escándalo. Sin prisa.
La noticia circuló sin urgencia. Murió en su casa, dijeron.
Durante algún tiempo, los domingos parecieron incompletos. El banco seguía allí. El recorrido también.
Un mes después, el banco fue ocupado por otros. Primero por una pareja joven. Luego por un hombre con un perro. Nadie se sentaba exactamente en el mismo sitio.
El familiar regresó una sola vez para vaciar el piso. Sacó cajas, muebles, bolsas de ropa. Nadie preguntó qué haría con las cosas. Tampoco qué había sido de la señora Arencibia antes de llegar allí.
En una de las cajas había sobres sin abrir, calendarios antiguos con los domingos marcados, siempre el mismo. No había cartas recientes. Tampoco fotografías familiares. Solo una libreta pequeña, sin fechas, donde aparecía repetida una frase, escrita con la misma letra firme durante años:
"Hoy tampoco".
El familiar cerró la libreta y la dejó dentro de la caja. En el fondo, debajo de los calendarios, había un billete de tren sin usar. El papel estaba amarillo y el pliegue, deshecho. La fecha era un domingo.
Pasaron los meses. Los domingos recuperaron su ritmo habitual. A veces, algún vecino pensaba en la señora Arencibia y en su paseo. La pregunta era siempre la misma -¿adónde iba?- y siempre quedaba sin respuesta.
Ahora que ya no estaba, el banco parecía un poco más largo.
@Joaquín M. Floriano.
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