Conocí a un hombre en mi antiguo barrio que bajaba cada mañana al bar de referencia, con un periódico doblado bajo el brazo y una paciencia que hoy parece de otra época. Pedía café solo, dejaba las gafas junto al cenicero y discutía con cualquiera que estuviera dispuesto a perder diez minutos hablando del mundo, del Gobierno, del precio de la fruta o del último penalti del domingo. Nunca levantaba la voz. En aquellos años todavía existía gente que discutía para entenderse y no para vencer. Y eso, ahora que lo pienso, era ya una forma de educación sentimental.
Un día apareció fascinado con el teletexto. Corría 1988 y Televisión Española acababa de estrenarlo. Lo mencionaba como quien descubre un prodigio pequeño y doméstico. Recuerdo aquellas páginas negras, las letras rígidas y los colores construidos a base de mosaicos electrónicos. Todo era lento, muy lento. Pero había algo hermoso en aquella lentitud. Uno pulsaba un número y debía esperar. La información todavía exigía paciencia. Hoy las noticias llegan incluso antes de que ocurran. Entonces existía un pequeño silencio entre la pregunta y la respuesta.
En este mismo día, además del aniversario del teletexto, también coinciden otras dos celebraciones discretas que casi nadie atiende: el Día Internacional de la Luz, promovido por la UNESCO, y el Día Internacional de la Convivencia en Paz, impulsado por Naciones Unidas. Dicho así suena a cartel de jornadas municipales con café aguado y sillas de plástico, pero quizá ambas fechas esconden algo más serio de lo que aparentan.
Porque la luz no sirve únicamente para ver. También sirve para reconocer al que está enfrente. Y convivir, en el fondo, consiste en aceptar que el otro exista incluso cuando no se parece a nosotros. Parece una obviedad; sin embargo, basta entrar en cualquier red social o escuchar cinco minutos de debate político para comprobar que seguimos suspendiendo en lo elemental.
En mayo de 1865, España abolió oficialmente los Estatutos de Limpieza de Sangre, aquella vieja maquinaria moral que clasificaba a las personas según sus apellidos, sus antepasados o sus orígenes religiosos. Durante siglos hubo ciudadanos obligados a demostrar que descendían de cristianos viejos para poder estudiar o aspirar a determinados cargos. El prejuicio tenía formularios, sellos y funcionarios. La intolerancia, cuando se organiza bien, siempre acaba pareciendo burocracia.
A veces creemos que hemos avanzado mucho porque cambiaron las herramientas. Ya no existen aquellas leyes y el teletexto terminó convertido en una reliquia doméstica, como los teléfonos con disco o las mantas eléctricas. Sin embargo, persiste una tentación muy parecida: reducir al otro a una etiqueta rápida. Antes se vigilaba la sangre. Ahora basta el acento o la opinión equivocada.
Quizá por eso recuerdo tanto a aquel hombre del periódico doblado. Discutía de política con media ciudad y luego se despedía igual que había llegado, con una calma casi absurda para estos tiempos. Y uno empieza a sospechar que convivir consiste, sobre todo, en no apagar constantemente la luz de los demás.
@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

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