Si José Luis Cuerda levantara hoy la cabeza y decidiera rodar una segunda parte de “Amanece, que no es poco”, apenas tendría que buscar los escenarios: bastaría con trasladar la cámara hasta Ceuta. Allí encontraría, sin necesidad de guion, una situación digna de su surrealismo: la entrada de más de 80.000 personas desde Marruecos en apenas dos días, servicios públicos desbordados, problemas de seguridad, sanidad y convivencia y una ciudad que lleva semanas preguntándose qué ha ocurrido, quién lo sabía y por qué hay tantas versiones contradictorias.
En el pueblo de Cuerda, los invasores llegan camuflados y los vecinos se lo toman con una naturalidad conmovedora. Un labrador intelectual se cruza con ellos y pregunta: “¿Cómo va la invasión?” “Ahí, tirandillo; ya se sabe que las cosas de palacio…”, contestan. Y cada cual sigue con lo suyo. Si aquello era absurdo, lo de Ceuta tendría que hacernos reír, si no fuera porque aquí, lejos de la ficción, hay personas reales sufriendo.
También está el maestro. En la película, los invasores ocupan el aula y él intenta explicar a los niños que aquello supone “una falta absoluta de libertad y la mayor violencia contra el espíritu”; incluso llegan a cambiar los planes de estudio. En Ceuta, la realidad ha obligado también a reescribirlo todo: espacios de acogida, servicios sociales, dispositivos policiales, servicios públicos, atención sanitaria y hasta la vida cotidiana de una ciudad que, de repente, ha tenido que aprender a vivir bajo una presión extraordinaria.
Y entonces aparece el alcalde de Cuerda, que procura mantener el orden dentro de aquel “sindiós” con una solemnidad admirable. En Ceuta también hay un alcalde-presidente, pero con menos margen para la fantasía. Aquí no puede convocar elecciones para decidir quién se queda y quién se marcha. Ni puede esperar, como en la película, a que los electores zanjen el disparate.
Porque en “Amanece, que no es poco”, las elecciones sirven para elegir alcalde, cura, maestro, prostituta, seis adúlteras o “marimacho en periodo de pruebas”. Hasta la Guardia Civil pierde las suyas frente a la Policía Secreta, aunque unos y otros sean prácticamente los mismos. En Ceuta, mientras tanto, nadie pide cambiar de uniforme. Piden respuestas coherentes.
En el pueblo de Cuerda hay estudiantes de Eton, meteorólogos belgas, disidentes de los coros del ejército ruso y extranjeros de toda clase. Llegan, participan en aquel disparate y nadie parece preguntarse demasiado qué hacen allí. En Ceuta tampoco han faltado expertos, políticos, organizaciones y toda suerte de visitantes llegados de fuera para posar ante las cámaras, hacer declaraciones insustanciales y soltar sus mendacidades. Cada cual con la suya, pero ninguna capaz de explicar verazmente lo ocurrido.
Cuerda entendía que el absurdo funciona mejor cuando los personajes lo viven con absoluta normalidad. Ahí está el peligro real: normalizar que una frontera se desborde, que una ciudad siga aguantando lo que aguanta, que miles de personas queden atrapadas en un limbo administrativo, mientras las responsabilidades se diluyen siempre entre despachos.
Lo verdaderamente absurdo sería que termináramos aceptándolo como normal. En la película, después de todo, amanece. En Ceuta también. Pero convendría que esta vez amaneciera algo más que el día.
@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.

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