Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

La constante de Cipolla

sábado, 11 de julio de 2026

Hay teorías que necesitan ecuaciones diferenciales y otras que se comprenden haciendo cola en un supermercado. Veamos: siempre hay quien bloquea el paso con el carro atravesado en diagonal, quien discute por tres céntimos mientras veinte personas esperan detrás o quien, convencido de hacer un favor, acaba complicándole la vida a todo el mundo, incluida la suya. No es maldad. Tampoco torpeza pasajera. Es otra cosa.

 


El economista italiano Carlo M. Cipolla dedicó unas páginas memorables a esa materia que llamamos “estupidez”. Lo hizo con el humor seco de quien sabe que las verdades más incómodas admiten mejor una sonrisa que un tratado. Su tesis era sencilla, pero inquietante: “existe una proporción constante de personas estúpidas, invariable en cualquier sociedad y en cualquier época. Da igual el nivel económico, la profesión, el prestigio o los títulos que cuelguen de una pared. La distribución permanece obstinadamente estable”.

Lo brillante no era la clasificación entre inteligentes, incautos, malvados y estúpidos, sino la definición del último grupo. El "estúpido" no es quien sabe poco. Tampoco quien se equivoca. Es quien provoca un perjuicio a los demás sin obtener beneficio alguno para sí mismo. A veces, incluso, termina saliendo perjudicado. Esa ausencia de lógica lo convierte en imprevisible y, por tanto, en peligroso.

Llegados a este punto, resulta inevitable mirar hacia la política española. No por afición al castigo, sino porque pocas actividades ofrecen un escaparate tan generoso del comportamiento humano. Hay comparecencias parlamentarias que parecen escritas para desesperar a los taquígrafos. Declaraciones que contradicen sin rubor las de cuarenta y ocho horas antes. Explicaciones que cambian según sople el viento demoscópico. Y justificaciones capaces de convertir cualquier rectificación en un supuesto ejercicio de coherencia.

Es entonces cuando la teoría de Cipolla deja de parecer una simple curiosidad académica. Porque la política tampoco escapa a esa clasificación. Están quienes construyen acuerdos beneficiosos para todos, aunque apenas ocupen titulares. Están los incautos, sacrificados en nombre de causas que otros capitalizan. También los malvados, expertos en convertir el interés general en una escalera hacia el beneficio propio. Nada que la historia no haya conocido ya.

Lo desconcertante aparece cuando una decisión termina perjudicando al adversario, al ciudadano, a la institución y al propio autor de la ocurrencia. Quizá por eso el ya interminable episodio de las llamadas "cloacas" resulta tan difícil de descifrar. Cuesta descubrir quién gana realmente con determinadas maniobras cuando todos parecen salir perdiendo, incluidos quienes las impulsan o las amparan. Hay momentos en los que resulta difícil discernir si asistimos a una sofisticada estrategia o a una demostración práctica de la teoría de Cipolla.

Tal vez Cipolla no pretendía explicar la política. Quizá solo hablaba de la condición humana. Porque esa constante no habita únicamente en los parlamentos. También aparece en una comunidad de vecinos, en la reunión de padres del colegio, en la cola del banco o en ese conductor que, para ahorrarse cinco segundos, bloquea una rotonda durante cinco minutos.

Y ahí reside, probablemente, la mayor ironía. Casi todos leemos a Cipolla convencidos de reconocer a los "estúpidos" que nos rodean. Lo verdaderamente inquietante es que ellos hacen exactamente lo mismo.

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
 

 
Envía tu comentario
Publicar un comentario