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Sin huella

sábado, 20 de junio de 2026

Solo quedaba tierra compacta donde siempre había comenzado el sendero, sin huellas, sin esa ligera hendidura que deja el paso continuado de los años. Fue Matías quien lo señaló, sin alzar demasiado la voz, sin insistir. Los demás miraron. Miraron otro rato. Nadie lo contradijo, pero tampoco nadie supo precisar desde cuándo.


 

El sendero bajaba al valle, eso lo sabían todos sin necesidad de mapa ni discusión: se descendía durante un buen tramo entre encinas dispersas y el terreno se abría más abajo, con agua en invierno y un hilo persistente incluso en los meses secos. Algunos tenían allí parcelas pequeñas; otros simplemente caminaban porque el camino existía y la tarde lo permitía. Era parte del paisaje de la misma manera en que lo era el muro bajo de piedra junto al que comenzaba, o la última casa del pueblo, cuya fachada sur había servido siempre como referencia antes de tomar la pendiente.

Esa mañana, el acceso había desaparecido como si la tierra nunca hubiera sido removida.

Al principio intentaron reconstruir el trayecto de memoria. Cada cual avanzó por donde recordaba, sin acuerdo previo, confiando en que el cuerpo sabría lo que la vista ya no encontraba. Uno sostenía que el camino se inclinaba hacia la derecha desde el inicio; otro, que descendía recto los primeros metros antes de doblar. Las versiones no eran incompatibles, solo imprecisas, y esa imprecisión fue peor que cualquier contradicción: no había nada que rebatir. Dieron unos pasos. La hierba baja cubría una tierra sin dirección y a los pocos metros se detuvieron sin que nadie lo propusiera, mirando hacia abajo con esa expresión de quien ha olvidado en mitad de una frase de qué estaba hablando.

Las encinas seguían allí, pero en una distribución diferente, y el terreno no se abría al fondo. Del hilo de agua que algunos recordaban con cierta precisión no había rastro.

Volvieron al pueblo callados.

Esa tarde el asunto se instaló en las conversaciones despacio, sin que nadie lo invitara, y para la hora de cenar ya estaba en todas. Los detalles eran concretos, a veces sorprendentemente coincidentes entre personas que no habían hablado entre sí. Había una curva antes del claro. Un tramo con piedras sueltas que chirriaban bajo las botas. Alguien mencionó un árbol partido por un rayo, años atrás, cuyo tronco había servido de orientación. Los recuerdos se apilaban con la solidez de las cosas indudables, pero ninguno encontraba correspondencia cuando alguien volvía a mirar la ladera.

Al día siguiente bajaron con herramientas. La idea era sencilla: abrir de nuevo lo que había sido, marcar el inicio, despejar lo que la maleza hubiera podido cubrir. Trabajaron varias horas bajo un sol sin clemencia y construyeron algo que se parecía a un camino. No el antiguo, pero sí una dirección sostenida, una línea visible que al final de la tarde tenía ya la apariencia modesta de un trayecto posible. Cuando la luz fue insuficiente para seguir, guardaron las herramientas y subieron.

Por la mañana, la tierra estaba como siempre. Del trabajo de la víspera no había rastro.

Nadie habló del sendero durante días. Cuando retomaron la tarea, lo hicieron con más materiales y menos palabras.

Un tercer intento se organizó con mayor cuidado. Clavaron estacas y marcaron árboles; alguien dibujó un plano aproximado. Trabajaron dos jornadas seguidas y el sendero resultante tenía una continuidad que parecía más firme, más convincente. Algunos se animaron a descender un buen tramo, más de lo que habían bajado hasta entonces. No llegaron al valle. Se detuvieron antes de alcanzar la zona de las parcelas: los pies dejaron de saber adónde ir y ninguno supo decir en qué momento exacto había ocurrido.

A la mañana siguiente, las estacas habían desaparecido y los árboles no mostraban marcas.

Fue entonces cuando alguien dijo lo que hasta ese momento había circulado sin palabras: ¿y si no había camino? No como una acusación, sino con la cautela de quien prueba una idea que preferiría no aceptar. El silencio que siguió duró más de lo habitual. Nadie bajo la vista. Alguien respondió que todos lo habían usado. Eso creemos, dijo otro. La frase se quedó sin réplica.

Los días siguientes, el asunto fue cediendo terreno. El trabajo continuó, y con él las rutinas de siempre.

Los que antes describían tramos con precisión empezaban a dudar en mitad de la frase, a añadir un “creo” donde antes no había vacilación. Los detalles más nítidos -la curva, las piedras, el árbol partido- iban perdiendo consistencia, como ocurre con los sueños que parecen sólidos al despertar y se deshacen si uno tarda demasiado en anotarlos.

Matías tardó más que los demás. Llevaba toda la vida en el pueblo y guardaba el recuerdo de haber bajado al valle de niño con su padre, en verano, cuando el agua llegaba más arriba que en los otros años. Recordaba el calor en las piedras y el olor a tierra seca, la pendiente que parecía más larga de abajo que de arriba y más corta en el recuerdo que al hacerla. Una tarde intentó reconstruir el trayecto en voz alta, con el cuidado con que se arma un argumento importante, y se detuvo a mitad sin que nada cediera de repente, simplemente porque ya no había dónde apoyar la frase siguiente.

-No me acuerdo -dijo.

Esa noche varios soñaron con el camino. Con el trayecto mismo, no con el valle: con la sensación de avanzar por una senda que los pies reconocían sin que los ojos tuvieran que buscar nada. Al despertar, la nitidez del sueño se deshacía antes de poder asirse a ella y quedaba solo el movimiento: los pies en la tierra, la sombra adelante.

Pasaron semanas. El sendero dejó de mencionarse, no porque nadie lo decidiera, sino porque ya nadie volvió a nombrarlo. El espacio junto al muro de piedra se integró en el paisaje como si allí nunca hubiera empezado nada. Un día alguien preguntó cómo se bajaba al valle, sin preámbulo, sin bajar la voz. La pregunta generó una pausa. Vacía, no incómoda.

-No se baja -respondió otro.

La respuesta se aceptó sin discusión.

El valle siguió existiendo; eso no se cuestionó nunca. Se veía a lo lejos en los días claros, más bajo, ligeramente más oscuro que la ladera.

A veces, cuando la luz de la tarde caía en cierto ángulo, algunos creían distinguir una línea tenue en la ladera. Duraba poco, lo que tarda un parpadeo. Nadie la señalaba. La luz cambiaba y la ladera volvía a ser solo ladera.

Solo en raras ocasiones, al pasar junto al muro bajo, alguien reducía el paso. No llegaba a detenerse, ni volvía la vista hacia la ladera. Solo ese gesto breve, casi involuntario, como si el cuerpo conservara el recuerdo de un comienzo del que ya no quedaba el resto.


@Joaquín M. Floriano.
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