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La claridad del fondo

viernes, 10 de abril de 2026

La librería de la calle San Martín nunca cerraba del todo. Irene bajaba la verja a la hora acostumbrada, giraba dos veces la llave y apagaba las luces, pero siempre quedaba una claridad mínima al fondo, como si alguna lámpara olvidada insistiera en seguir encendida. Nadie se lo había dicho nunca, pero ella lo sabía, y en más de una ocasión, al cruzar la acera de enfrente, había tenido la impresión incómoda de que alguien se quedaba dentro, leyendo.

 


Aquella noche regresó porque había olvidado el móvil. La niebla había bajado temprano y desdibujaba los contornos de la calle; la persiana metálica parecía más vieja de lo que era y, al levantarla, el sonido le resultó extraño, como si perteneciera a otro local. Dudó un segundo antes de entrar, retenida por algo difícil de nombrar.

Dentro, el aire estaba tibio. No había luces encendidas, aunque los lomos de los libros, las mesas y el mostrador se distinguían sin dificultad. Avanzó despacio, tanteando un recorrido que conocía de memoria, hasta que, al fondo, en la sección de saldos, algo crujió con una cadencia que no le sonó de nada.

- ¿Hay alguien?

No alzó demasiado la voz, como si temiera interrumpir algo que no le correspondía.

Nadie respondió. Sin embargo, el sonido volvió a repetirse, más leve esta vez, con ese matiz casi deliberado de quien procura no ser oído. Irene se detuvo y pensó en los gatos que a veces se colaban por la ventana del patio, aunque enseguida descartó la idea: aquello no sonaba igual.

Al acercarse, vio el libro. Estaba abierto sobre la mesa, justo en el centro, como si alguien lo hubiera dejado allí esperándola. No recordaba haberlo visto antes. La cubierta no tenía título. Al pasar la mano por el papel, notó una ligera tibieza impropia de una habitación cerrada.

Leyó la primera línea.

"Hoy he vuelto a la librería. Irene no me ha visto".

Sonrió por puro reflejo, pensando en algún cliente con pretensiones literarias. Aun así, siguió leyendo.

"Se mueve igual que antes, con ese cuidado que tenía cuando ordenaba mis cosas para que no parecieran tocadas. Aún cree que no me di cuenta".

El gesto se le quedó suspendido. Cerró el libro de golpe, aunque no llegó a soltarlo. Se quedó unos segundos con la palma apoyada en la cubierta, como si necesitara comprobar que seguía allí.

- Esto no tiene gracia.

Volvió a abrirlo.

"Ha venido esta noche. Ha olvidado el móvil, como tantas veces antes de que yo desapareciera. Siempre tan distraída cuando quería no pensar".

Irene levantó la cabeza y miró entre los pasillos. La librería estaba inmóvil, pero en ella había una presencia difusa, sin lugar preciso.

Pasó la página.

"Si sigue leyendo, llegará a lo importante. Pero no sé si quiero que lo recuerde".

Notó un latido irregular en la garganta, aunque aun así continuó.

"Yo no me fui. Eso es lo primero que tendría que aceptar. Nadie se va sin más. Siempre queda algo que lo sujeta".

Las palabras tenían un leve brillo, como si hubieran sido trazadas con algo que aún no terminaba de secarse.

Un roce a su espalda, apenas un suspiro, la hizo girarse. Entre las estanterías creyó percibir un movimiento, no una figura nítida, sino algo más impreciso, una falta de luz que se retiraba.

- ¿Quién está ahí?

El silencio que siguió ya no era el habitual del local, sino otro más atento, como si aguardara.

Volvió al libro.

"Se lo expliqué aquella tarde, pero no quiso escuchar. Dijo que no era asunto suyo, que cada uno carga con lo que puede. Y yo no podía".

Irene sintió un frío repentino en las manos. Recordaba vagamente una discusión, una voz elevada, una puerta cerrándose con demasiada fuerza, aunque los detalles no terminaban de encajar.

"Discutimos junto a la escalera del altillo. Ella quería cerrar. Yo quería quedarme. No por los libros. Por otra cosa que nunca le dije".

Levantó la vista hacia la barandilla oscura.

"Fue un empujón torpe. Ni siquiera sé si lo recuerda, o si prefiere no hacerlo. Hay cosas que uno hace y después no puede volver a colocar en ningún sitio".

Subió una presión incómoda desde el estómago hasta la garganta.

"No bajó. Pensó que me había ido dando un portazo. Siempre fui así, dijo después. Incómodo. Alguien a quien era fácil no echar de menos".

Irene cerró los ojos un momento.

"Cuando por fin decidió mirar, ya era tarde. Me encontró al pie de la escalera, pero no llamó a nadie. Se sentó a mi lado. Y se quedó en silencio".

La librería crujió, algo que se asentaba en las vigas del techo.

"Después hizo lo que mejor sabía hacer. Ordenar. Colocó cada cosa en su sitio. A mí también".

Un golpe seco resonó en el techo del altillo. Irene alzó la cabeza, sin moverse.

"Desde entonces, sigo aquí. No en un lugar concreto. En todos. En cada libro que toca, en cada historia que prefiere no terminar".

La última línea ocupaba media página.

"Si hoy ha vuelto es porque, por fin, está dispuesta a leer hasta el final".

Irene notó la humedad en el rostro sin recordar cuándo había empezado a llorar. Cerró el libro con cuidado.

- Empiezo a recordarlo.

Subió los escalones del altillo apoyando la mano en la pared. Cada paso despertaba algo antiguo, apenas reconocido, que ella no quiso nombrar todavía. Arriba, entre cajas de libros sin catalogar, el polvo dibujaba formas irregulares que parecían alterarse con su presencia. Se quedó un momento largo, más de lo necesario, como si el cuerpo supiera que bajar supondría aceptar algo que subir todavía no exigía del todo.

No había nada visible. Ningún rastro concreto.

- No supe qué hacer entonces.

Cuando bajó, la librería había recuperado su aspecto habitual. El libro seguía sobre la mesa. Irene lo colocó en una estantería cualquiera, sin buscar una sección precisa.

Al salir, la niebla comenzaba a disiparse. Cerró la verja, giró la llave y, antes de marcharse, miró el interior a través del cristal.

La claridad del fondo seguía allí.

Esta vez no apartó la mirada.

@Joaquín M. Floriano.
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