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El encanto perdido

sábado, 18 de abril de 2026

Hay lugares que no se olvidan, aunque uno se empeñe. A mí me ocurre con la plaza de San Jorge. No sé si recordarla o pedirle disculpas cada vez que paso por allí.


 

Porque uno la conoció de otra manera.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que bastaba una guitarra, un poco de ganas y cuatro voces sin demasiada vergüenza para llenar aquella plaza de vida. Nos sentábamos en corro, sin plan, sin reloj, a cantar lo que saliera y a hablar de todo y de nada. Con esa sensación de que el mundo quedaba lejos. No hacía falta nada más. Y luego estaba el jardín de Cristina de Ulloa, medio escondido, con ese aire entre íntimo y tranquilo que lo convertía en un lugar casi obligatorio cuando uno quería impresionar o simplemente quedarse un rato en silencio.

Arriba, el mirador: abierto, libre, sin horarios y sin consumo mínimo.

Y a un lado, las tiendas. Ocho. Pequeñas, distintas, vivas. El cobre de Guadalupe, el mimbre de Baños, la cerámica de Arroyo, la orfebrería de Ceclavín. Y aquel hombre, inclinado sobre su trabajo, tejiendo mantas sin prisa. Aquello no era solo comercio. Era identidad.

Después llegaron las decisiones. Las de despacho.

Se cerró el paso. Se desalojaron los locales. Se decidió que todo aquello debía transformarse en una cafetería. Se perdió el mirador. Se perdió el acceso. Y lo que era un rincón abierto empezó a parecer un espacio prestado.

La cosa no salió bien. La cafetería duró lo que duran las decisiones que no nacen del sentido común. Cerró en pandemia, sí, pero ya venía herida. Informes, pleitos y responsabilidades cruzadas. Y mientras tanto, la plaza esperando. Como esas casas viejas donde alguien dejó de vivir sin avisar.

Ahora se hunde una cubierta. Se apuntala lo que queda. Se cierra el jardín. Y se anuncia una cesión a otra fundación, con cifras que suenan bien sobre el papel. Nuevos usos. Nombres serios. Muy institucional.

Pero uno no puede evitar pensar, a riesgo de equivocarse, que llevamos años jugando a un extraño “ni contigo ni sin ti” con ese bello rincón. Ni es lo que fue, ni ha llegado a ser lo que prometieron. Ni es espacio público, ni ha funcionado como negocio. Ni tiene vida, ni se le espera a corto plazo. Ni es de todos, ni ha servido a nadie.

Y en medio de todo eso, Cáceres ha perdido algo que no se mide en inversiones.

Se han perdido pequeños trabajos. Se ha perdido un pequeño mercado de identidad. Se ha perdido un mirador que no necesitaba camareros. Se ha cerrado un jardín que no pedía entrada. Se han perdido aseos públicos. Se ha perdido, en fin, un trozo de ciudad que no estorbaba a nadie.

Quizá lo más triste no sea el derrumbe reciente. Eso tiene arreglo técnico.

Lo preocupante es lo otro: que lo que se vino abajo hace años no era una cubierta. Era el sentido común. Y eso, por desgracia, no hay andamio que lo sostenga. 

@Joaquín M. Floriano.
Con otra mirada - Columnista.
Derechos reservados.
 

 


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