La escena es conocida. Barra de bar, café, zumo o cerveza temprana y televisión encendida sin sonido. El camarero limpia vasos con un gesto automático y alguien comenta la última ocurrencia política como quien comenta el tiempo por decir algo. Nadie responde. No porque falte opinión, sino porque ya no merece el esfuerzo. La política sigue hablando, pero el público ha dejado de escuchar. Y eso es más grave que cualquier insulto parlamentario.
La barra del bar es uno de los últimos parlamentos sinceros que quedan en este país. No hay escaños, pero sí codos apoyados. No hay micrófonos, pero sobra oído crítico. Y, sobre todo, no hay paciencia para discursos largos. Allí la política entra de refilón, como entra el ruido de la calle, y casi siempre sale igual: con un gesto de cansancio y un comentario irónico.
La conversación política se ha convertido en un monólogo cansino. Los dirigentes hablan entre ellos, para ellos y por ellos. Se interrumpen, se acusan, se repiten. Todo suena igual. Da lo mismo el tema: presupuestos, pactos, investiduras, crisis, trapicheos o chanchullos varios. El tono es idéntico, la indignación prefabricada y el argumento intercambiable.
En la barra, mientras tanto, la vida sigue. El cliente paga más por lo mismo y ya nadie espera soluciones; a lo sumo, no empeorar más su situación. Ese descenso de expectativas es el verdadero termómetro democrático. No hay enfado, que sería saludable. Hay desinterés. Y el desinterés es una derrota silenciosa.
La política ha confundido comunicación con saturación. Hay declaraciones para todo, incluso para nada. Se opina antes de pensar y se rectifica sin rubor. El resultado es un lenguaje gastado que ya no significa nada. Palabras grandes usadas para asuntos pequeños y silencios prolongados para problemas enormes. Se habla mucho y se dice poco. Y cuando se dice algo relevante, llega tarde o se diluye en el ruido general.
En lugares como Extremadura este fenómeno se percibe con mayor claridad. Aquí las consecuencias son concretas. Menos inversión, menos servicios, menos oportunidades. Pero el discurso sigue siendo igual de genérico y abstracto. La política no conecta porque no pisa suelo, porque no baja a la barra ni escucha lo que allí se repite cada día.
Porque allí se habla de lo concreto, de lo que no llega, de lo que se fue y de lo que probablemente no volverá. Del hijo que trabaja fuera, del pueblo que envejece, del tren eterno de los sueños, de la espera del médico, del cierre de otro comercio, de los bajos sueldos y pensiones o de esa vivienda convertida en tierra prometida. Por eso la política chirría cuando intenta colarse con consignas prefabricadas y palabras aprendidas de memoria.
La barra es testigo mudo de promesas incumplidas y debates que no llegan a nada.
"El problema no es que la gente no entienda la política. Es que la política ha dejado de interesarse por entender a la gente".
Y así nos va.
Con otra mirada - Columnista.


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