El primer día apareció un charco pequeño, casi educado, justo donde el pasillo se estrecha antes de llegar al dormitorio del fondo. Marta lo vio al levantarse, lo esquivó con cierta torpeza y fue a buscar la fregona pensando que habría dejado mal cerrada alguna ventana. No recordaba lluvia aquella noche, pero tampoco le dio importancia. Secó el suelo y siguió con su rutina.
Al día siguiente, el charco volvió a estar allí. Un poco más grande.
El pasillo era largo y estrecho, con baldosas claras y paredes demasiado blancas para una casa antigua. Al fondo estaba el cuarto que nadie usaba desde hacía años. Antes había sido el de su padre. Después, simplemente, quedó ahí. La puerta seguía cerrada, pero no con llave. Nunca con llave.
Marta llamó al fontanero esa misma mañana. Revisó cañerías, miró el baño, golpeó con los nudillos algunas baldosas y negó con la cabeza.
-No hay fuga -dijo-. A veces el agua aparece donde no debería. Cosas de casas viejas.
Ella aceptó la explicación con un gesto cansado. No tenía energía para discutir con un hombre que ya estaba guardando las herramientas. Cuando cerró la puerta, el pasillo estaba seco. Impecable.
Esa noche soñó con un sonido.
No era exactamente agua, pensó al despertar, sino algo parecido. Un murmullo constante, bajo, como si alguien respirara despacio detrás de una pared demasiado fina. Se levantó para ir al baño y volvió a encontrar el charco. Esta vez le mojó las zapatillas.
Durante los días siguientes, el agua empezó a avanzar. No de golpe, no de forma dramática. Avanzaba con una paciencia obstinada, casi incómoda, como si supiera exactamente hasta dónde quería llegar. Marta colocó toallas, luego un cubo. Después dejó de secar por las noches. Total, por la mañana volvería a estar allí.
Llamó a su hermana.
-Es absurdo -le dijo-. No hay ninguna fuga.
-¿Y el cuarto de papá? -preguntó su hermana, después de un silencio.
Marta apretó el teléfono.
-No tiene nada que ver.
Colgó antes de que la conversación se desviara hacia donde siempre acababa desviándose. Hacía años que ambas habían aprendido a no insistir demasiado. La casa era suya. El pasillo, también.
El agua no olía mal. Tampoco estaba fría. Era agua limpia, transparente, como si acabara de salir de un grifo invisible.
Marta empezó a notar, sin embargo, que al pisarla le recorría una sensación extraña por las piernas. No desagradable. Más bien reconocible. Como un recuerdo que no terminaba de tomar forma.
Una tarde, al volver del trabajo, encontró la puerta del cuarto del fondo entreabierta. No estaba segura de haberla dejado así. Dudó un segundo antes de empujarla del todo.
El cuarto seguía casi igual que la última vez. La cama estrecha, la mesilla, el armario que nunca se había atrevido a vaciar. El aire era distinto. Más denso. Más húmedo. El suelo estaba seco, pero al fondo, junto a la pared, había una mancha oscura, como si la humedad naciera allí y no en el pasillo.
Cerró la puerta con cuidado.
Aquella noche el sonido volvió. Más claro. Marta se despertó sobresaltada, convencida de que alguien estaba duchándose en mitad de la casa. Caminó por el pasillo a oscuras. El agua le cubría ya los pies. No encendió la luz. Avanzó despacio, guiándose por el ruido.
Venía del cuarto.
Apoyó la mano en la puerta cerrada. Al otro lado, el murmullo se detuvo.
-No es nada -murmuró, sin demasiada convicción.
No abrió.
A partir de entonces empezó a evitar el pasillo. Usaba el baño pequeño, junto al salón, dormía en el sofá algunas noches y entraba y salía con cuidado de no mirar demasiado hacia el fondo. El agua seguía avanzando. No invadía otras estancias. Respetaba los límites del pasillo como si obedeciera a una norma que solo ella desconocía.
Su hermana volvió a llamar.
-Deberías vender la casa -dijo-. No tiene sentido seguir ahí sola.
Marta miró el agua, ya a media altura del tobillo.
-Aún no.
No supo explicar por qué lo decía, pero lo dijo con una seguridad que no esperaba.
Una tarde decidió abrir el armario del cuarto. Lo hizo de una vez, sin prepararse. Dentro estaban las camisas de su padre, colgadas y ordenadas, aunque nadie las había tocado en años. Al fondo, en el suelo, había una caja de cartón húmeda. La abrió.
Dentro encontró fotos antiguas, algunas cartas, un cuaderno.
El cuaderno estaba empapado. Las hojas se deshacían al tocarlas. Aun así, pudo leer algunas frases sueltas. Nombres. Fechas. Y, repetida varias veces, siempre con la misma letra insegura, una frase breve:
“No supe decirlo”.
Cerró la caja y la dejó donde estaba.
Esa noche no durmió. Permaneció escuchando. El sonido del agua ya no era un murmullo. Era un fluir continuo, abierto, como si algo hubiera cedido por fin.
Se levantó y caminó por el pasillo sin encender la luz. El agua le llegaba a los gemelos.
Abrió la puerta del cuarto.
El suelo estaba cubierto. No había muebles flotando ni nada espectacular. Solo agua, tranquila, ocupándolo todo.
En el centro de la habitación, de pie, estaba su padre.
No parecía sorprendido. Tampoco triste. La miró como la había mirado siempre cuando no encontraba las palabras adecuadas.
Marta no gritó. Tampoco lloró. Dio un paso dentro del cuarto y el agua le cubrió las rodillas.
-Lo sé.
No supo si lo dijo él o si lo pensó ella.
Avanzó otro paso. El agua estaba templada. Reconocible.
Entonces lo entendió.
El agua no estaba entrando en la casa. Estaba saliendo. Era lo que se había quedado dentro durante años: las palabras no dichas, las tardes en silencio, las explicaciones aplazadas hasta volverse imposibles.
Cuando el agua le llegó al pecho, el pasillo quedó vacío. Seco. Como si nunca hubiera pasado nada.
A la mañana siguiente, la casa estaba en silencio. No había charcos. No había humedad.
Marta despertó en su cama, con la sensación de haber dormido profundamente por primera vez en mucho tiempo.
La puerta del cuarto del fondo estaba abierta.
Dentro no había agua. Tampoco muebles. Ni armario. Ni cama.
Solo una habitación vacía, recién pintada, que olía levemente a algo limpio y antiguo.
Marta cerró la puerta sin prisa.
No volvió a llamar al fontanero. Tampoco a su hermana.
Desde entonces, cuando camina por el pasillo, escucha a veces un sonido leve, casi imperceptible.
No viene del fondo.
Viene de ella.
Y ya no intenta secarlo.

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