Me dijeron que había muerto a las tres y veinte. Precisaron el minuto. Agradecí la exactitud.
No recuerdo nada especial a esa hora. Un café tibio. Un correo sin responder.
Asistí a mi entierro por curiosidad. Poca gente. Bien.
Escuché frases correctas. Ninguna mentira grave.
Al volver a casa noté que el espejo devolvía la imagen con un leve retraso.
Parpadeé. Parpadeó después.
No era inquietante.
Solo educado.
Como quien deja salir primero al que ya no existe.
@Joaquín M. Floriano.
Derechos reservados.

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