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La costumbre del después

sábado, 7 de febrero de 2026

Llueve varios días seguidos y, de pronto, descubrimos que el agua cae cuesta abajo. Los tragantes se atragantan, los arroyos recuerdan su oficio y las calles vuelven a ser lo que fueron antes del asfalto: cauces con nombre olvidado. Entonces aparece la liturgia. Aviso especial. Plan activado. Comparecencia urgente. España entera entra en alerta, pendiente del siguiente sobresalto.

 


 La escena no es nueva. Lo nuevo es seguir fingiendo sorpresa.

No recordamos haber visto llover así, ni tanto tiempo; tampoco haber sentido un viento capaz de arrancar árboles, tejados o expectativas. Resulta, pues, inevitable reconocer que el desastre natural golpea con fuerza. Pero no actúa solo, tiene como cómplice la desidia acumulada durante años. 

Nuestra tierra no es de riadas bíblicas ni de inundaciones relámpago como las del Levante. Aquí el agua no arrasa ciudades enteras, pero sí entra en garajes, corta carreteras secundarias, inutiliza infraestructuras y deja al descubierto una verdad incómoda: no prevenimos nada. Solo reaccionamos.

Con el fuego ocurre algo parecido. Cada verano, los montes arden como si nadie hubiera previsto el calor, el viento o el abandono del campo. Se despliegan medios, se apagan llamas que crecieron durante meses de inacción y se aplaude el esfuerzo. Después, con las primeras lluvias, llega el olvido. Hasta el próximo incendio.

Las tragedias que nos conmocionan no nacen solo de la lluvia ni del fuego, sino del abandono previo: cauces sin limpiar, montes sin desbrozar, pasos soterrados mal diseñados, permisividad para construir en cauces naturales, obras provisionales que se quedaron definitivas, falta alarmante de mantenimiento, o el clásico “vamos a hacerlo así”, que sale más barato. El agua y el fuego tienen su peligro, pero más lo tiene la desidia acumulada y certificada con sellos oficiales. 

Preferimos el después. Actuar después. Explicar después. Prometer inversiones después. Siempre después del susto, del corte de suministro, del accidente o del trágico titular. Antes, casi nunca. Porque anticipar no da fotos, no inaugura nada ni permite discursos solemnes. Mantener, revisar y prever es una tarea silenciosa que no luce en campaña.

Vivimos instalados en la excepción permanente. Todo se gestiona como emergencia, nunca como rutina bien hecha. Se cierran colegios por precaución, se cortan carreteras por riesgo y se suspenden servicios como si ahí se agotara toda la capacidad de respuesta pública. No es poco, pero tampoco es suficiente. Es apagar luces cuando ya huele a quemado.

Prevenir no consiste en declarar alertas, sino en evitar que sean necesarias: limpiar antes de que llueva, cuidar el monte antes de que arda, revisar nuestras presas antes de que colapsen, mantener vías ferroviarias y carreteras antes de lamentarlo. En definitiva, invertir antes de que duela. 

Quizá el mayor peligro no esté en la lluvia, el fuego o el viento, sino en aceptar que siempre lleguemos cuando el problema ya se ha manifestado. Una sociedad que solo actúa después, incluso frente a fenómenos sin precedentes como los de ahora, convierte la excepción en costumbre. Y acaba aprendiendo y pagando demasiado tarde, mal y siempre más caro.




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