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Ni siquiera en casa

sábado, 21 de febrero de 2026

Hay un banco torcido en mi calle que casi siempre está ocupado por la misma persona. No pide. No molesta. No reclama atención. Se limita a estar ahí con esa dignidad mínima y esa discreción que, paradójicamente, resulta incómoda.

 

La gente pasa a su lado con esa educación moderna que consiste en no mirar. Algunos, incluso, corrigen ligeramente su trayectoria. No por miedo, tampoco por desprecio explícito. Es algo más refinado. Una forma educada de convertir a alguien en invisible sin tener que reconocerlo. La negación silenciosa del otro.

Hace unos días, alguien dejó una bolsa con ropa junto al contenedor. La persona del banco la observó sin moverse. No hubo gesto alguno, ni de interés ni de desprecio. Solo una aceptación tranquila. Como si supiera que todo lo que llega desde el mundo de los otros es provisional.

Con relación a la noticia publicada en este periódico el pasado sábado, sobre el acoso mantenido durante años a una madre y su hijo vulnerables en un pueblo cerca de Alcalá de Henares, lo que estremece no es solo el delito. Es la costumbre. Ir a su casa después de una fiesta. Insultarles. Orinar en su puerta. Pintar su fachada. Reírse de ellos. Y, un día, cruzar una línea más y arrojar gasolina para ver arder el miedo. Después, marcharse, dormir y volver el fin de semana siguiente. Treinta años así.

Durante tres décadas, esa familia vivió en su propia casa como si fuera un banco en mitad de la calle.

Uno acepta, con resignación, que la intemperie pertenece al mundo exterior. El banco, la acera, la mirada ajena. Pero la casa es otra cosa. El último territorio.  El lugar donde uno debería poder bajar la guardia sin miedo a que alguien golpee la puerta por diversión. Sin embargo, para ellos, ni siquiera las paredes sirvieron de frontera. La intemperie no estaba fuera. Estaba en los demás. Ni siquiera dentro de sus propias paredes pudieron dejar de ser un espectáculo. Ahí está el verdadero fracaso.

Hemos aprendido a tolerar estas cosas con una facilidad alarmante. Primero como anécdota. Luego como paisaje. Finalmente, como normalidad. Nadie se considera cruel, pero la crueldad prospera gracias a millones de pequeñas indiferencias: dejamos de mirar, de sentir y, por último, de reconocer.

La persona del banco y esa familia comparten algo más que la vulnerabilidad. Comparten el lugar que les hemos asignado sin decirlo en voz alta. Son recordatorios incómodos de que la vida no siempre se comporta con justicia. Y eso resulta insoportable para una sociedad que ha hecho del bienestar una obligación moral.

Por eso apartamos la mirada. Por eso convertimos al otro en paisaje.

Un día, el banco seguirá ahí, igual de torcido, pero la persona que lo ocupaba ya no estará. Nadie recordará su cara, ni su nombre, ni siquiera sentirá su ausencia. Y en algún lugar, alguien seguirá viviendo en su propia casa como si todavía estuviera sentado en un banco en mitad de la calle.



 

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