Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

El Rellano

viernes, 27 de febrero de 2026

La vecina del tercero dejó de sacar la basura un lunes. Nadie preguntó. En el rellano empezó a oler a humedad vieja, pero el administrador habló del calor y cerró la ventana.

 

  

 

Una noche escuché pasos sobre mi techo. Lentos. Como si probaran el suelo.

Al día siguiente, el ascensor se detuvo en mi planta. Bajó un hombre que no había visto antes. 

Sonrió con cortesía cansada y me sostuvo la puerta.

Traía tierra bajo las uñas.

Cuando salí, el ascensor subió solo. No marcaba ningún número.

Desde entonces, cada madrugada arrastran algo pesado arriba. La basura sigue sin aparecer. Y el buzón del tercero está lleno.

Ni siquiera en casa

sábado, 21 de febrero de 2026

Hay un banco torcido en mi calle que casi siempre está ocupado por la misma persona. No pide. No molesta. No reclama atención. Se limita a estar ahí con esa dignidad mínima y esa discreción que, paradójicamente, resulta incómoda.

 

La gente pasa a su lado con esa educación moderna que consiste en no mirar. Algunos, incluso, corrigen ligeramente su trayectoria. No por miedo, tampoco por desprecio explícito. Es algo más refinado. Una forma educada de convertir a alguien en invisible sin tener que reconocerlo. La negación silenciosa del otro.

Hace unos días, alguien dejó una bolsa con ropa junto al contenedor. La persona del banco la observó sin moverse. No hubo gesto alguno, ni de interés ni de desprecio. Solo una aceptación tranquila. Como si supiera que todo lo que llega desde el mundo de los otros es provisional.

Con relación a la noticia publicada en este periódico el pasado sábado, sobre el acoso mantenido durante años a una madre y su hijo vulnerables en un pueblo cerca de Alcalá de Henares, lo que estremece no es solo el delito. Es la costumbre. Ir a su casa después de una fiesta. Insultarles. Orinar en su puerta. Pintar su fachada. Reírse de ellos. Y, un día, cruzar una línea más y arrojar gasolina para ver arder el miedo. Después, marcharse, dormir y volver el fin de semana siguiente. Treinta años así.

Durante tres décadas, esa familia vivió en su propia casa como si fuera un banco en mitad de la calle.

Uno acepta, con resignación, que la intemperie pertenece al mundo exterior. El banco, la acera, la mirada ajena. Pero la casa es otra cosa. El último territorio.  El lugar donde uno debería poder bajar la guardia sin miedo a que alguien golpee la puerta por diversión. Sin embargo, para ellos, ni siquiera las paredes sirvieron de frontera. La intemperie no estaba fuera. Estaba en los demás. Ni siquiera dentro de sus propias paredes pudieron dejar de ser un espectáculo. Ahí está el verdadero fracaso.

Hemos aprendido a tolerar estas cosas con una facilidad alarmante. Primero como anécdota. Luego como paisaje. Finalmente, como normalidad. Nadie se considera cruel, pero la crueldad prospera gracias a millones de pequeñas indiferencias: dejamos de mirar, de sentir y, por último, de reconocer.

La persona del banco y esa familia comparten algo más que la vulnerabilidad. Comparten el lugar que les hemos asignado sin decirlo en voz alta. Son recordatorios incómodos de que la vida no siempre se comporta con justicia. Y eso resulta insoportable para una sociedad que ha hecho del bienestar una obligación moral.

Por eso apartamos la mirada. Por eso convertimos al otro en paisaje.

Un día, el banco seguirá ahí, igual de torcido, pero la persona que lo ocupaba ya no estará. Nadie recordará su cara, ni su nombre, ni siquiera sentirá su ausencia. Y en algún lugar, alguien seguirá viviendo en su propia casa como si todavía estuviera sentado en un banco en mitad de la calle.



 

Y aun así

domingo, 15 de febrero de 2026

El café de la mañana siempre se enfría antes de que Ana recuerde beberlo. No es por descuido ni es una manía consciente. Es una forma de permanecer suspendida, como si el tiempo en la cocina avanzara con más cautela que en el resto del mundo. Se sienta frente a la mesa, apoya el móvil boca abajo, como si quisiera impedir que el mundo la alcance, y fija la vista en la pared, en la grieta fina que nace cerca del interruptor y sube en diagonal hasta perderse detrás del mueble alto, que nadie ha decidido arreglar. La grieta no es reciente. Tampoco es lo bastante grave como para obligar a una reparación urgente. Existe en ese territorio ambiguo de lo que podría arreglarse, pero no hoy. Dice que algún día la tapará, pero lleva más de tres años diciéndolo. A veces piensa que ya forma parte de la casa.

 


Luis entra descalzo, arrastrando un poco los pies, todavía a medio camino entre el sueño y el día. Lleva el pelo revuelto y la camiseta torcida sobre el hombro. No se hablan de inmediato. Comparten el silencio como se comparte una manta: sin ceremonia. Él abre la ventana y el aire frío entra sin pedir permiso, trayendo consigo los ruidos dispersos de la calle, un motor lejano, una persiana que sube, y por un momento todo parece normal. Demasiado normal, quizá.

- ¿Dormiste? -pregunta él, sin mirarla.

La pregunta llega sin intención, casi como una comprobación rutinaria.

Ana asiente con un gesto suave, casi convincente. No es exactamente una mentira, pero tampoco la verdad completa. Dormir ya no significa lo mismo que antes.

Luis consulta el móvil, revisa el correo, frunce el ceño un instante y vuelve a guardarlo. Ana observa ese gesto como si fuera nuevo, como si no lo hubiera visto cientos de veces. Se pregunta cuándo empezó a fijarse tanto en esas cosas pequeñas. Tal vez nunca hubo un momento exacto, o quizá las cosas no cambian, solo dejan de ser visibles de la misma forma. O quizá fue cuando lo importante dejó de decirse en voz alta.

- Hoy llego tarde -dice él.

- Vale -contesta Ana.

No hay reproche. Tampoco alivio. Solo una frase que cae en medio de la cocina y se queda ahí, ocupando espacio. Un espacio donde antes ocurrían otras cosas que ninguno de los dos nombra ya.

Ana por fin prueba el café. Está frío. Hace una mueca, pero sigue bebiéndolo. Antes lo calentaba de nuevo. Ahora no. A veces piensa que se ha acostumbrado demasiado a aceptar lo que no es ideal. Luego se corrige: no es resignación, es continuidad. Todos lo hacemos, solo que no solemos admitirlo.

Luis se inclina y la besa en la cabeza antes de salir. Es un gesto rápido, automático, pero no vacío. Ella cierra los ojos un segundo más de lo necesario. No quiere que ese momento termine. No porque sea extraordinario, sino porque aún es reconocible. Él lo nota, aunque no dice nada. Apenas se trata de un momento en el que ocurre algo que ninguno de los dos examina, aunque ambos lo perciben.

Después, la puerta se cierra y sus pasos se alejan por la escalera con una claridad que Ana no recordaba haber escuchado antes, como si el edificio entero se hubiera vuelto más sensible a las separaciones.

Permanece sentada un momento más, observando la cocina con una atención nueva, como si acabara de entrar en ella por primera vez y algo en la disposición de los objetos hubiera cambiado durante la noche. Recoge la taza, limpia la mesa y al levantar la vista vuelve a mirar la grieta de la pared. No la odia. Tampoco la ignora. Está ahí, como tantas otras cosas que no se rompen del todo, pero tampoco están bien.

Se acerca lo suficiente como para ver sus pequeñas bifurcaciones, líneas secundarias que no recuerda haber visto antes, aunque tampoco puede asegurar que no estuvieran ahí desde el principio. Tiene el impulso de tocarla, pero no lo hace, porque entiende de manera inexplicable que la grieta no pertenece del todo a la pared, o al menos no únicamente a la pared.

Recuerda el primer día que entraron al piso, la manera en que Luis caminaba delante de ella, señalando los espacios con una seguridad que entonces le parecía indiscutible, como si el futuro fuera una extensión natural del presente y bastara con nombrarlo para que adquiriera forma.

Antes de salir, Ana deja una nota sobre la mesa: “No olvides comer”.

No es un recordatorio necesario. Lo escribe porque eso la tranquiliza. Es su manera de seguir cuidando algo que aún importa, una forma de preservar un gesto que todavía existe, aunque ya no esté sostenido por las mismas certezas.

Ana se pone el abrigo y, antes de apagar la luz, mira la cocina por última vez, consciente de que no es el lugar lo que ha cambiado, sino la forma en que ella lo habita, como si algo se hubiera desplazado ligeramente fuera de su alcance sin romperse del todo.

Cierra la puerta con cuidado, como si en el piso quedara alguien dormido. Mientras baja las escaleras, piensa que quizá la vida no se desmorona de golpe, sino en detalles mínimos: cafés fríos, frases cortas, besos rápidos.

Al salir a la calle, el aire frío le toca la cara y, por un instante, tiene la certeza de que hay grietas que no anuncian el final de nada, sino el comienzo silencioso de una forma distinta de permanecer.

Y aun así, piensa, mientras empieza a caminar sin volver la vista atrás, todavía hay algo que merece ser sostenido. No sabe cuánto durará, pero sigue ahí. Y eso es suficiente. 


Cortesía Final

jueves, 12 de febrero de 2026

Me dijeron que había muerto a las tres y veinte. Precisaron el minuto. Agradecí la exactitud.

 


No recuerdo nada especial a esa hora. Un café tibio. Un correo sin responder.

Asistí a mi entierro por curiosidad. Poca gente. Bien.

Escuché frases correctas. Ninguna mentira grave.

Al volver a casa noté que el espejo devolvía la imagen con un leve retraso.

Parpadeé. Parpadeó después.

No era inquietante.

Solo educado.

Como quien deja salir primero al que ya no existe.


La costumbre del después

sábado, 7 de febrero de 2026

Llueve varios días seguidos y, de pronto, descubrimos que el agua cae cuesta abajo. Los tragantes se atragantan, los arroyos recuerdan su oficio y las calles vuelven a ser lo que fueron antes del asfalto: cauces con nombre olvidado. Entonces aparece la liturgia. Aviso especial. Plan activado. Comparecencia urgente. España entera entra en alerta, pendiente del siguiente sobresalto.

 


 La escena no es nueva. Lo nuevo es seguir fingiendo sorpresa.

No recordamos haber visto llover así, ni tanto tiempo; tampoco haber sentido un viento capaz de arrancar árboles, tejados o expectativas. Resulta, pues, inevitable reconocer que el desastre natural golpea con fuerza. Pero no actúa solo, tiene como cómplice la desidia acumulada durante años. 

Nuestra tierra no es de riadas bíblicas ni de inundaciones relámpago como las del Levante. Aquí el agua no arrasa ciudades enteras, pero sí entra en garajes, corta carreteras secundarias, inutiliza infraestructuras y deja al descubierto una verdad incómoda: no prevenimos nada. Solo reaccionamos.

Con el fuego ocurre algo parecido. Cada verano, los montes arden como si nadie hubiera previsto el calor, el viento o el abandono del campo. Se despliegan medios, se apagan llamas que crecieron durante meses de inacción y se aplaude el esfuerzo. Después, con las primeras lluvias, llega el olvido. Hasta el próximo incendio.

Las tragedias que nos conmocionan no nacen solo de la lluvia ni del fuego, sino del abandono previo: cauces sin limpiar, montes sin desbrozar, pasos soterrados mal diseñados, permisividad para construir en cauces naturales, obras provisionales que se quedaron definitivas, falta alarmante de mantenimiento, o el clásico “vamos a hacerlo así”, que sale más barato. El agua y el fuego tienen su peligro, pero más lo tiene la desidia acumulada y certificada con sellos oficiales. 

Preferimos el después. Actuar después. Explicar después. Prometer inversiones después. Siempre después del susto, del corte de suministro, del accidente o del trágico titular. Antes, casi nunca. Porque anticipar no da fotos, no inaugura nada ni permite discursos solemnes. Mantener, revisar y prever es una tarea silenciosa que no luce en campaña.

Vivimos instalados en la excepción permanente. Todo se gestiona como emergencia, nunca como rutina bien hecha. Se cierran colegios por precaución, se cortan carreteras por riesgo y se suspenden servicios como si ahí se agotara toda la capacidad de respuesta pública. No es poco, pero tampoco es suficiente. Es apagar luces cuando ya huele a quemado.

Prevenir no consiste en declarar alertas, sino en evitar que sean necesarias: limpiar antes de que llueva, cuidar el monte antes de que arda, revisar nuestras presas antes de que colapsen, mantener vías ferroviarias y carreteras antes de lamentarlo. En definitiva, invertir antes de que duela. 

Quizá el mayor peligro no esté en la lluvia, el fuego o el viento, sino en aceptar que siempre lleguemos cuando el problema ya se ha manifestado. Una sociedad que solo actúa después, incluso frente a fenómenos sin precedentes como los de ahora, convierte la excepción en costumbre. Y acaba aprendiendo y pagando demasiado tarde, mal y siempre más caro.




La sombra

martes, 3 de febrero de 2026

El día que regresó al pueblo, el ciprés seguía allí. Había crecido, eso sí, como crecen las cosas que no necesitan permiso: recto, oscuro, ligeramente inclinado hacia el norte, como si escuchara una voz que nadie más oía. Desde la carretera, su sombra parecía una aguja clavada en la tierra, señalando un límite que no se marcaba con cercas ni planos, sino con presencia silenciosa y constante.

 


No volvía por nostalgia. Volvía por un trámite.

La herencia consistía en una franja de terreno junto al cementerio, demasiado pequeña para venderse, demasiado incómoda para ignorarla. Un resto. Algo que había quedado fuera de los repartos sensatos. El notario, con una cortesía automática, le explicó que debía delimitarla antes de decidir qué hacer con ella. Nadie parecía interesado en ese pedazo de tierra que olía a resina y humedad antigua.

El ciprés marcaba el límite. O eso decía el plano.

Creció escuchando que aquel árbol había sido plantado el mismo año que el primer muerto del cementerio nuevo, cuando trasladaron las tumbas desde la colina. Decían que sus raíces habían aprendido pronto el camino hacia abajo. Nadie lo afirmaba con certeza, pero todos hablaban del ciprés con una mezcla de respeto y cautela, como si no fuera del todo vegetal.

Caminó hasta allí al atardecer. El sol descendía despacio y la sombra del ciprés se alargaba sobre la tierra irregular, cruzando la verja oxidada y avanzando como una mancha de tinta. Entonces observó algo extraño: la sombra no se comportaba como las demás. No seguía exactamente el movimiento del sol. Parecía detenerse en un punto preciso, siempre el mismo, como si existiera un borde que no podía traspasar.

Recordó una escena olvidada. Él, niño, jugando cerca del cementerio. Una advertencia seca de su madre: no cruces ahí. No hubo gesto, ni señal. Solo esa frase y una urgencia inexplicable en la voz, como si supiera que explicar más habría sido peligroso.

Volvió al día siguiente con una cinta métrica. Midió el terreno según el plano. Todo coincidía, excepto un tramo de apenas dos metros, justo donde la sombra se detenía. El papel decía que era suyo. El suelo, no.

La sensación no era miedo. Era otra cosa. Una resistencia muda, como cuando se empuja una puerta que ha sido cerrada desde dentro.

Regresó varias veces. A distintas horas. En distintos días. Siempre lo mismo. La sombra avanzaba hasta ese punto exacto y se detenía, incluso cuando el sol ya estaba bajo, incluso cuando las demás sombras se estiraban sin pudor sobre las lápidas.

Empezó a notar cambios pequeños en sí mismo. Un cansancio que no se justificaba. Sueños fragmentarios, llenos de espacios sin luz, como habitaciones olvidadas. Pensó en irse, dejar el asunto en manos de un gestor. Pero algo lo retenía. No curiosidad. No del todo. Tal vez responsabilidad. O la vaga certeza de que aquel límite no había sido trazado para impedir el paso a cualquiera, sino a él.

Una tarde, sin decidirlo del todo, dio un paso más allá del borde de la sombra.

El aire cambió. No la temperatura, sino la densidad. Como si el silencio tuviera peso. No vio nada distinto. Pero supo, con una claridad que no necesitó explicación, que había entrado en un lugar donde las cosas no terminaban de morir.

No permaneció mucho tiempo. Dio un paso atrás y la sensación se disipó de inmediato. La sombra volvió a cerrarse, obediente, como si aceptara el gesto.

Esa noche entendió el sentido del terreno heredado. 

No era una posesión. Era una custodia. Alguien debía asegurarse de que nadie, por error o ambición, cruzara donde no correspondía.

A la mañana siguiente firmó la renuncia. Donó el terreno al municipio con una cláusula extraña que nadie leyó con atención. Se marchó sin despedirse, como quien abandona una tarea cumplida.

El ciprés sigue allí. Creciendo. Alargando su sombra cada tarde hasta el mismo punto exacto. Y aunque nadie habla de ello, todos evitan ese lugar sin saber por qué.

Porque hay límites que no se trazan con cercas ni escrituras. Hay fronteras que existen solo para recordarnos que no todo lo heredado debe ser usado. Algunas cosas, simplemente, deben ser vigiladas desde este lado de la sombra. 

©Joaquín M. Floriano