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Amistad Ordinal

domingo, 25 de enero de 2026

Hay amistades que se rompen por una herencia y otras que se deterioran por una hoja de Excel. Las primeras suelen acabar en silencios familiares; las segundas, en ruedas de prensa. Aristóteles, que desconfiaba de las pasiones desordenadas y de las cuentas mal explicadas, habría encontrado en el actual reparto financiero entre Comunidades Autónomas un laboratorio perfecto para su teoría de la amistad aplicada al poder.

 


El Gobierno propone un sistema basado en la ordinalidad, palabra solemne que viene a decir que quien más pone, más recibe. En abstracto suena razonable. En concreto, no tanto. Porque si la amistad, decía el filósofo griego, consiste en querer el bien del otro, cuesta entender cómo ese bien puede repartirse igual cuando algunos parten siempre desde abajo. Extremadura, que aporta poco porque puede poco, queda condenada a recibir poco porque aporta poco. La solidaridad territorial, esa vieja amistad cívica entre regiones, desaparece. Alguien ha decidido prescindir de ella, en nombre de una justicia aritmética que siempre sonríe a los mismos.

Según el propio Junqueras, artífice del reparto, “es un buen modelo en el que nadie pierde y en el que todo el mundo gana”. Y lo dice de forma reiterada, como si así tuviera propiedades curativas. Pero la experiencia enseña que cuando hay que insistir mucho en que todos ganan, suele ser porque alguien ya está perdiendo.

En medio del debate aparece la figura del amigo solícito, ese que asegura que todo va bien. Un diputado socialista extremeño en el Congreso sostiene que la región gana con el nuevo reparto. Lo dice con entusiasmo y disciplina, virtudes muy apreciadas cuando se vive cerca del pesebre institucional. Frente a él, otros dirigentes del mismo partido, con menos necesidad de aplauso interno y más conciencia de territorio, advierten de lo contrario: Extremadura pierde. Se trata de una discrepancia vital entre quienes viven cómodamente en el ecosistema institucional y quienes ya no necesitan la política para seguir viviendo. Los primeros aplauden; los segundos escuchan el enfado silencioso de quienes sienten que se les pide lealtad mientras se les recorta el futuro.

 


Aristóteles distinguía entre amistades de utilidad y amistades de carácter. Las primeras funcionan mientras convienen. Las segundas, cuando hay respeto mutuo. En esta negociación, Cataluña aparece como el amigo fuerte que impone las reglas, poco dado a la solidaridad y cuyo principal interlocutor, Oriol Junqueras, nunca ha destacado por su afecto hacia Extremadura ni hacia los extremeños, retratados desde su entorno como lastre o como periferia prescindible. Con ese antecedente se hace muy difícil construir amistad con quien te tolera, pero no te estima.

La paradoja es evidente: se invoca la igualdad mientras se consolida la desigualdad; se habla de cohesión mientras se premia al más fuerte; se pide lealtad mientras se reparte según conveniencia. Al final, Aristóteles vuelve a tener razón. Sin reciprocidad ni decencia moral, no hay amistad política, solo contabilidad. Y las cuentas, por sí solas, nunca han construido una amistad duradera ni un proyecto común.

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