Top Social

Pasado, presente y futuro. Realidad de todos los días.

Santos Inocentes

domingo, 28 de diciembre de 2025

Hoy celebramos el día de los Santos Inocentes. La conmemoración de los hechos sucedidos a principios de la Era Cristiana, supongo conocidos por todos, y protagonizados, según se recoge en el relato bíblico del Evangelio de San Mateo, por Herodes I el Grande.

 
Es cierto que puede haber dudas sobre la veracidad de los hechos, (ningún historiador de la época los menciona) en base al antiguo principio “testis unus testis nullus”, o lo que es lo mismo: “un sólo testimonio no sirve”; y que, incluso, se hubiera exagerado sobre el número real de inocentes, teniendo en cuenta la población existente en aquella época, en la pequeña localidad de Belén. En cualquier caso, estaríamos ante un pasaje cargado de simbolismo. Y, si se quiere, ante una alegoría de la mesianidad regia de Jesús a la que se opondrían los poderes terrenales.

Desgraciadamente, la cruda realidad se impone y se encarga de superar con creces cualquier supuesta “ficción”, multiplicando exponencialmente sus trágicas consecuencias. Hoy, siguen existiendo Herodes modernos (en mayor proporción, si cabe) empeñados en sesgar el futuro de niños y jóvenes. Desalmados Herodes contemporáneos, ávidos de poder, que impiden que para otros brille la estrella de la esperanza. Y siguen existiendo multitud de Santos Inocentes que sufren las consecuencias del mal: bebés, objeto de mercado; niños convertidos en escudos humanos o reclutados como soldados en guerras inútiles e interminables; Santos Inocentes sometidos a esclavitud sexual y laboral, víctimas de maltratos físicos y emocionales. Santos Inocentes a quienes la vida borró la sonrisa de su cara, cambiándola por llanto, por dolor, por miedo. También por muerte. Santos Inocentes que privados de sus propios sueños, son obligados a emprender un viaje, su viaje, a ninguna parte.
 
Esta es la fiesta que deberíamos de celebrar. Reconocer el gran fallo moral de nuestro tiempo, nuestra falta de humanidad. Y gritar por ellos. Y darles por fin voz y esperanza, a esos benditos y “reales” Santos Inocentes.

 



El voto que bota

sábado, 27 de diciembre de 2025
Hay palabras que, cuando se analizan de cerca, explican mejor una elección que cien tertulias. Votar y Botar son ejemplos de ello. El Diccionario de la Lengua Española, ofrece varias acepciones que conviene releer después de pasar por la urna.
 

Según la edición de 2022, “votar” presenta cuatro acepciones principales. La primera es conocida: “Dar el voto o expresar un dictamen en una elección”. La segunda remite a lo divino: “hacer voto a Dios o a los santos”, o prometer algo a cambio de una gracia o milagro. La tercera, hoy en desuso, consiste en “echar juramentos”, aquel sonoro “¡Voto a Dios!” que tanto aliviaba el enfado o la sorpresa. Y la cuarta, más burocrática, “aprobar algo por votación”. En un mismo término, por tanto, conviven: democracia, fe, enfado y trámite.

Más exuberante resulta el verbo “botar”, y bastante menos complaciente. El mismo diccionario le concede quince acepciones, que bien podrían agruparse en cuatro. La primera, “arrojar, tirar, echar fuera a alguien o algo”: Botaron al trabajador, al entrenador o al alcalde. La segunda, “echar un barco al agua, con ceremonia, padrinos y discursos que prometen travesías gloriosas”. La tercera, “lanzar una pelota contra el suelo para que rebote”. Y la cuarta, “orientar el timón, corregir la deriva y encaminar la proa hacia el rumbo deseado”.

En las pasadas elecciones autonómicas, los extremeños hemos votado. Y también hemos botado. Votado con papeleta y urna. Botado con cansancio, hartazgo y con una paciencia que llevaba años pidiendo la baja laboral. Se ha botado a unos y se ha advertido a otros. Más por agotamiento que por entusiasmo, que es quizá la forma más amarga de botadura democrática.

Porque votar ya no es siempre elegir: a veces es desalojar. No se vota tanto a favor de algo como en contra de alguien. Se deposita el voto con la misma delicadeza con la que se deja una carta de despido sobre la mesa: sin aspavientos, pero con determinación. Y luego se espera, no un milagro -la segunda acepción- sino, al menos, que no empeore el panorama.

Algunos interpretan los resultados como simples rebotes de pelota, confiando en que el electorado vuelva dócilmente a la mano que lo lanzó contra el suelo. Otros creen que el barco botado navegará solo, ignorando que los barcos sin rumbo acaban chocando contra el primer escollo. Y no faltan quienes confunden la expulsión con una anécdota, como si botar fuera un error semántico y no un mensaje político bastante claro.

Conviene recordar que el diccionario no engaña. Las palabras avisan. Votar y botar no son errores ortográficos: son consecuencias. Y cuando la ciudadanía utiliza ambos verbos en la misma frase electoral, no lo hace por descuido lingüístico, sino por precisión cívica.

La pregunta final no es si los extremeños sabían lo que hacían. La incógnita es otra, más inquietante: los políticos -los votados y los botados- ¿han entendido algo?
 
 


 

No es difícil

viernes, 19 de diciembre de 2025

No es difícil manejar una pistola; lo difícil es manejar un azadón para labrar la tierra. Ni es difícil robar a un semejante; lo es madrugar cada día para llegar al trabajo. Ni quemar contenedores; lo es retirar la basura cada noche.

 

 

 

No es difícil encerrarse en la universidad para protestar por algo; lo es encerrarse media vida hasta sacar una carrera. Ni rociar con gasolina un coche; lo es llenar el depósito de gasolina. Ni arrancar un adoquín para usarlo como arma; lo es ser un magnífico albañil que pavimente la calle. Ni es difícil herir a una persona; lo es atender a los heridos. Ni destrozar el escaparate de un comercio; lo es arriesgar tu patrimonio para crear ese comercio y dar trabajo a tus vecinos. Ni forzar la cerradura para vivir en la casa de otro; lo es pagar una hipoteca. Ni insultar a quien no opina como tú; lo es pensar que, tal vez, puedas ser tú quien se equivoca. Ni exigir que no te impidan hablar; lo es saber cuándo procede el silencio. Ni exigir nuevos derechos; lo es cumplir con los deberes. Y no es difícil pedir más libertad cuando ya se tiene la libertad de pedirla. Lo difícil fue conseguir la libertad cuando la libertad no estaba.


Y algún día —ya lo veréis— seremos nosotros los alzados. Nosotros. Los sumisos. Los callados. Los pagafantas. Los madrugadores. Los mansos. Los que queremos la paz. Los de las dificultades diarias. Los que sostenemos la Hacienda Pública. Los que no vivimos de enredar. Los que no vivimos de enfrentar. Los que somos lo que somos gracias a nuestros mayores. Los del esfuerzo personal. Los silenciosos.

Nosotros tomaremos las calles algún día. Y entonces, vosotros no seréis nada.

Texto de Juan Manuel Jimenez Muñoz (Médico y escritor malagueño).



La baguette electoral

sábado, 13 de diciembre de 2025

Uno entra en una panadería de cualquier pueblo extremeño y descubre que allí late el verdadero pulso democrático del país. No porque entre hogazas y molletes se discuta sobre pactos postelectorales, sino porque la panadera -oráculo vestida con delantal- pregunta, con la naturalidad de quien pide la hora: “¿Y usted, en las elecciones, cómo quiere la baguette: más o menos cocida?”. Y uno queda desarmado ante la sabiduría popular que convierte la política en masa madre y los programas electorales en migas con secreto.

 

 

Extremadura vive otro de esos comicios que parecen repetirse más que el ajo en mal guiso. Y no porque la región sea especialmente electoral, sino porque los partidos, incapaces de hacer pan con sus propias harinas, regresan a las urnas cada vez que sus alianzas se desmontan como rosquillas mal horneadas. Lo fascinante es que, mientras los dirigentes se marean en los despachos calculando mayorías que duran lo que un bollo en recreo, la ciudadanía afronta la cuestión con un estoicismo admirable: “Pues habrá que votar otra vez, qué le vamos a hacer”. Ese fatalismo tranquilo, tan extremeño, que convierte el caos en rutina.

Pero lo sustancial no es la votación en sí, sino el vértigo institucional que provoca en Madrid, donde algunos líderes observan Extremadura como quien mira una olla exprés sin válvula: saben que puede estallar en cualquier momento, pero nadie se atreve a levantar la tapa. Porque lo que ocurra aquí, en esta tierra heroica de encinas y silencios, puede trastocar la coreografía nacional. Y el vértigo, en política, es contagioso.

La campaña, como todas las anteriores, llega plagada de promesas que huelen más a rebanada recién tostada que a realidad. Desde bajar impuestos y subir la autoestima del votante, hasta crear empleos, que siempre aparecen mágicamente la semana previa al voto, o edificar viviendas por el noble arte de birlibirloque. Mientras tanto, los candidatos pasean por los mercados besando bebés que no quieren ser besados y estrechando manos que preferirían seguir sujetando la compra del día.

 


Es en ese teatro donde la metáfora panadera cobra todo su sentido: el elector extremeño no vota por ideología, sino por textura. Quiere gobiernos crujientes por fuera y tiernos por dentro, que no se desmiguen al primer acuerdo incómodo ni acaben abrasados por la impaciencia de salir del horno antes de estar en su punto. Así que, visto lo visto, no descartemos que muchos opten por lo único que nunca defrauda: el pan de siempre, el de tahona, y que la política siga medio cruda.